Game Over

La gran estafa griega y la decadencia democrática

Podría decirse que todo o casi todo está ya escrito sobre la crisis griega. Y las soluciones es seguro están ahí, enterradas en multitud de escritos. Desgraciadamente, los análisis racionales apenas pueden sobreponerse al ruido de una demagogia atronadora, cuyo guion viene a relatar que asistimos a una lucha encarnizada entre Democracia y Capitalismo; un enfrentamiento decisivo entre las fuerzas del Bien y del Mal.

Desde que la crisis financiera global estalló, la coartada del capitalismo depredador no ha dejado de prosperar

En efecto, desde que la crisis financiera global estalló, haciendo aflorar los excesos de numerosos estados de bienestar que eran, y siguen siendo, extraordinariamente ineficientes, la coartada del capitalismo depredador no ha dejado de prosperar. Gracias a ella engrosan su cartera de clientes los Tsipras, Varufakis, Mijaloliakos, Le Pen, Iglesias y Maduros de este mundo. Marxistas, ultra nacionalistas y neonazis juntos defendiendo la Democracia. Vivir para ver.

Democracia y Estado de bienestar no son lo mismo

Transcurridos siete años desde el colapso financiero global, lejos de haber aprendido a pensar, el fraude intelectual es de tal magnitud que va a ser muy difícil que la cordura prevalezca, aunque sea en su mínima expresión, entre otras razones, porque desgraciadamente la razón aconseja sacrificios que nadie del espectro político está dispuesto a propiciar, ni el ciudadano llano a asumir. Y es que, además del boyante crony capitalism, aquí todos, nobles y plebeyos, quieren su parte del botín, bien sea en forma de puesto de libre designación, de subvención, de subsidio, de prestaciones universales o de empleos en la Administración.

Así, según los estados han ido aumentando su control sobre el Producto Interior Bruto, pari passu los grupos de presión se han multiplicado. De hecho, hoy podría decirse que no hay grupo de interés, por minoritario que sea, que no se haya constituido en organización informal con el fin de ejercer presión en las instancias políticas. Y aunque se da la circunstancia de que el ciudadano se ve obligado a financiar con su dinero a quienes persiguen fines que claramente le perjudican, prefiere ignorarlo, porque a su vez calcula equivocadamente que los costes que ha de soportar son menores que los beneficios que consigue para sí.

Poco a poco ha germinado entre nosotros la equivocada convención de que Democracia y Estado de bienestar son lo mismo

De esta forma, poco a poco, ha germinado entre nosotros la equivocada convención de que Democracia y Estado de bienestar son lo mismo. Y que si el maná deja de brotar, o si hay que poner en cuarentena determinados derechos porque no los podemos pagar, o si los privilegios y prebendas de los que se benefician inmerecidamente infinidad de individuos pueden desaparecer, es porque la democracia está en peligro.

Ya no se trata de dar de comer al hambriento o proporcionar cobijo a quien carece de él, ni siquiera de asegurar una vida digna a los más viejos. El Estado que hoy conocemos no está orientado a la solidaridad. Muy al contrario, está diseñado para proporcionar innumerables beneficios y prebendas de carácter universal que en muchos casos las personas podrían y deberían obtener por sus propios medios. Así, lo que hoy se entiende por solidaridad no es más que un fraude colosal del que todos pretenden beneficiarse. Ya advirtió Bastiat que el Estado es esa gran ficción en la que todo el mundo se esfuerza en vivir a expensas de todo el mundo.

El fin de la responsabilidad

Si para algo va a servir el referéndum griego es para marcar el momento exacto en el que la responsabilidad dejó de existir en el sur de Europa, pasando a ser un nebuloso concepto moral inseparable de la culpa que convenientemente se adjudica a un tercero, preferiblemente un ente impersonal. Es por ello que para el estatista y el colectivista de hoy (¿acaso no son ya uno?), los mercados financieros, los especuladores, los ricos..., son representados como portentosas inteligencias artificiales al servicio del mal, y se les atribuye capacidades conspirativas increíbles. Incluso, se criminaliza a toda una nación por negarse a sufragar indefinidamente los desafueros crónicos de sociedades como la griega.

Es esta mentalidad, esta subcultura de lento declinar, lo que está convirtiendo a la democracia en una farsa

Lo dicho, transcurridos más de siete años del colapso global de 2008, cada vez son más los que defienden, unos de manera disimulada y otros con el fanatismo del yihadista, un Estado ilimitado en el que toda contingencia humana, toda demanda social revindicada por un grupito de presión, entre dentro de su jurisdicción. Y es esta mentalidad, esta subcultura de lento declinar, y no el engorroso cumplimiento de nuestras obligaciones, materiales y de las otras, ni tampoco el Capitalismo, lo que está convirtiendo a la democracia en una farsa.


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