Game Over

Sin gobierno se vive mejor

Existe en España, de forma mucho más acusada que en otros países, un desdoblamiento de la realidad que da lugar a dos órdenes muy distintos: el de la realidad política y el de la realidad apolítica. Y aunque, en efecto, son realidades distintas y la primera condiciona a la segunda, de esta relación de sometimiento surge una tercera realidad que perfectamente podríamos llamar “realidad virtual”. Una realidad que, pese a su virtualidad, resulta inapelable, obligatoria, y da lugar a una comprensión de las cosas, de los sucesos, muy limitada donde el raciocinio está sometido a un orden lógico artificial lleno de líneas rojas. Pero es la inevitable narración de esa realidad virtual en forma de noticias y crónicas la que al cabo consideramos vigente, y sobre la que, de una forma u otra, todos terminamos discutiendo y tomando posición.

Hemos asumido que todos los riesgos a los que nos enfrentamos como sociedad están asociados a la imposibilidad de constituir un gobierno

Esto explicaría la facilidad con la que hemos asumido que todos los riesgos a los que nos enfrentamos como sociedad estén asociados a la imposibilidad de constituir un gobierno y que, por ejemplo, espinosos asuntos como la viabilidad del sistema de pensiones, problema ignorado durante más de tres décadas, ahora se supedite a una supuesta investidura; o se afirme que las inversiones privadas van a aumentar o disminuir de forma significativa en función de si hay o no un presidente del gobierno sancionado por el Rey y por las Cortes; o que también se diga que generaremos más o menos empleo según si el ejecutivo deja de ser un ejecutivo en funciones o no. Y así otros muchos asuntos, como cumplir el compromiso de déficit evitando la sanción de la UE, o, por el contrario, incumplirlo y que la sanción se produzca, asunto que según dicen también quedaría resuelto con una investidura, aunque durante lustros el déficit no haya hecho otra cosa que aumentar con presidentes perfectamente investidos. En definitiva, para esa realidad virtual que llega hasta nosotros a todas horas en forma de noticias, crónicas y análisis, la solución de prácticamente todos los problemas que en España llevan sin resolverse décadas pasa por una investidura... y ya está.

Por si no bastara con todos los milagros que el simple hecho de investir a alguien de presidente se producirían, se añade todavía más presión cuantificando en 1.000 millones de euros mensuales el coste económico que supone para España la ausencia de un gobierno en plenas funciones, ni 500 ni 2.000 sino 1.000 millones redondos. Y también se alude a los graves problemas que afrontarán las administraciones autonómicas si se prorrogan los actuales presupuestos porque, según parece, los gobiernos regionales recibirían 4.000 millones menos para atender sus compromisos. Además, se aduce que hasta que no haya un gobierno como tal el Estado no podrá generar nuevo empleo público ni licitar obra pública ni repartir subvenciones a pequeñas empresas, cooperativas, asociaciones, ONG y un sin fin de grupos de interés, grandes y pequeños. En definitiva, no tener un gobierno con plenas facultades nos aboca a la catástrofe, al colapso… Y es que cuando el oficialismo se pone catastrofista, hasta los profetas más terribles palidecen.

A día de hoy no sabemos cuáles son los propósitos de ese posible gobierno, sólo conocemos vaguedades, declaraciones de intenciones, promesas huecas e indefinidas

Sin embargo, que la incertidumbre se disipe no depende de una mera investidura sino del enfoque político que ese futurible gobierno pudiera adoptar. Y es desde el conocimiento exacto de este enfoque cómo se puede valorar la conveniencia o no de una investidura: sólo así podríamos afirmar que los costes de no tener gobierno serán mayores que los costes que supondrá tener un ejecutivo muy débil, sometido a los vaivenes de una aritmética parlamentaria endiablada donde lo de menos es el interés general. Ocurre, además, que a día de hoy no sabemos cuáles son los propósitos de ese posible gobierno, sólo conocemos vaguedades, declaraciones de intenciones, promesas huecas e indefinidas. De hecho, ni siquiera sabemos algo tan elemental como cuáles son sus verdaderos propósitos en materia tributaria, aunque nos temamos lo peor. Tampoco conocemos qué rumbo que tomará en materia de legislación laboral, ni cómo se propone garantizar el sistema de pensiones, ni siquiera sabemos si subirá las cotizaciones de forma generalizada o serán los autónomos los que paguen los cristales rotos de la imprevisión.

Por si estos fueran pocos motivos para la incertidumbre post gobierno, la experiencia nos dice que nuestros políticos tienden a gobernar de forma extraordinariamente opaca y discrecional, mucho más allá de lo que se considera aceptable en otros países, y que en todo caso distraen al respetable con alguna que otra regalía que, por lo demás, el propio público paga de su propio bolsillo. Por lo que desde el punto de vista de la realidad apolítica, la que no se somete al debate partidista, no tener gobierno quizá podría no ser tan perjudicial como nos quieren hacer creer. Cierto es que si el nuestro fuera, en lo político, un país serio, carecer de gobierno no sería la situación ideal. Pero visto el percal, tal vez sea el mal menor. Al fin y al cabo, la única certeza es que el día en que se constituya un gobierno, lo primero que hará será aumentar los ingresos tributarios. Pero para todo lo demás, seguiremos igual, del mañana nada sabremos y el oro no será más que polvo a nuestros pies.

Para el ciudadano corriente que no aspire a grandes prebendas, quizá este periodo de un gobierno en funciones termine por ser el de mayor certidumbre

Cuando un sistema político tiende a la opacidad, cuando carece de controles eficaces para fiscalizar la acción de los gobernantes de tal forma que estos pueden actuar de forma discrecional y servir a sus propios intereses, la incertidumbre se convierte en algo consustancial al modelo político, no una novedad que trae bajo el brazo bloqueo alguno. Al fin y al cabo, nadie conoce el enfoque de la política que seguirá un presidente o de qué forma abordará un determinado problema, porque sus decisiones no están sujetas a un plan, a unos compromisos conocidos, ni siquiera –a la hora de la verdad- a un sesgo ideológico o a determinadas convicciones, sino al simple cálculo político, a lo que convenga en cada caso al gobernante. Por eso esta incertidumbre de la certidumbre, que para la gran mayoría resulta mucho más perjudicial que la actual, es muy apreciada para los grupos de presión. Pues esa calculada indefinición del gobernante, del político, constituye una zona de sombra donde los grupos de intereses pueden maniobrar y sacar tajada, en beneficio propio o… mutuo. De hecho, podría decirse que en España la verdadera incertidumbre empieza con cada nueva investidura, cuando un jefe de partido cualquiera es nombrado presidente y controla todos los resortes del poder. Por eso, para el ciudadano corriente que no aspire a grandes prebendas, quizá este periodo de un gobierno en funciones termine por ser el de mayor certidumbre que haya conocido jamás.


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