Game Over

El fracaso de la economía

Vista la triunfalista comparecencia del presidente del Gobierno de este viernes pasado, asusta comprobar que para él la crisis institucional y la crisis económica siguen siendo cosas distintas, como si las relaciones económicas se desarrollaran en un mundo aparte, aséptico, al que no afectan la arbitrariedad legislativa, la corrupción estructural y los problemas de índole política.

Cierto es que llevamos ya siete años de crisis económica. Pero también, y sobre todo, padecemos una crisis política e institucional profunda. Sin embargo, curiosamente hasta hace poco la correspondencia entre ambas crisis había pasado inadvertida porque quienes debían identificarla se habían dedicado, y aún se dedican, a separar la causa del efecto, amparándose en almibaradas teorías maximalistas que solo atienden al hecho económico. Circunstancia esta que viene bien aprovechar para hablar de esa corriente llamada neo-institucionalismo, y que pone de relieve la importancia de la organización institucional en el desempeño de los países y el rendimiento de las sociedades.

La crisis española y la pertinencia del neo-institucionalismo

El neo-institucionalismo estudió a fondo la crisis económica e institucional iberoamericana de los años 90 del pasado siglo. Y extrajo valiosas conclusiones (más nos valdría haber tomado nota de ellas). Pero sus primeros pasos se remontan a finales del siglo XIX, en la escuela histórica alemana de economía, con Gustav von Schmoller como principal exponente (1838-1917). Mucho tiempo después, Douglass Cecil North (1920, Cambridge), Premio Nobel de Economía en 1993, dotó al Neo-institucionalismo de técnicas cuantitativas con las que explicar los cambios económicos e institucionales.

Hasta hoy, la cerrazón de ortodoxos y heterodoxos; de tecnócratas herméticos e ideólogos exaltados, y el empeño por silenciar cualquier pensamiento que pudiera colocarles en la picota, ha mantenido al neo-institucionalismo alejado del conocimiento mayoritario, quizá porque resulta muy incómodo para las clases dirigentes, pues, aunque sea académicamente, las señala con el dedo.

Así es, el neo-institucionalismo es una forma distinta, si se quiere complementaria, de analizar la economía. Y pone de relieve la correspondencia que existe entre la prosperidad y la calidad institucional de los países. Lo cual debería interesar y mucho en España: nación tradicionalmente cegada por las cuestiones finalistas y, al mismo tiempo, desentendida de sus problemas seculares, que hunden sus raíces en un marco institucional francamente mejorable.

La Primera Guerra Mundial y el cruce de caminos

Volviendo a los orígenes del neo-institucionalismo, la Primera Guerra Mundial, que partió en dos la Historia, haciendo que el siglo XIX y el XX se correspondieran con dos periodos por completo distintos, puso punto y final a la influencia de la escuela histórica alemana. Pero la IGM no solo supuso la liquidación de Alemania como potencia económica, política e intelectual durante casi una década, sino que trajo consigo nuevos problemas económicos irresolubles para el viejo historicismo: la inflación y la hiperinflación, retos para los que los economistas neoclásicos estaban mucho mejor pertrechados.

Así, la segunda década del siglo XX fue un cruce de caminos. Y cada cual tomó el suyo. Por un lado, en Europa la teoría económica quedaba en manos de los economistas neoclásicos, como John Maynard Keynes (1883-1946). De otro estaban los marxistas, que abordaban el reto de la revolución rusa. Y por último, el institucionalismo económico prosiguió su evolución en los Estados Unidos. Sin embargo, este institucionalismo norteamericano, aunque hasta entonces había sido análogo y contemporáneo al historicismo alemán, no devino en su continuación. Lejos de mantenerse fiel al conservadurismo teutón, y pese a rechazar el socialismo, tuvo un sesgo progresista, sin duda influenciado por la crisis de 1929.

Ya por aquel entonces, el institucionalismo no era antagónico a la escuela neoclásica, pero nunca aceptó la idea de “equilibrio general”, de ese mercado eficiente por sí mismo o del planificador omnisciente e infalible. Y además  incorporó otras ciencias sociales al análisis económico. Y es que para el institucionalismo, el proceso histórico era importante. Y, por lo tanto, los factores políticos y antropológicos de cada sociedad debían ser estudiados. Así, el marco institucional de un país; es decir, su organización, sus costumbres y sus leyes (el incumplimiento o no discrecional de éstas, las relaciones clientelares, la corrupción… ¿les suena?), condicionaban la economía y afectaban a la prosperidad de las personas. En resumen, los institucionalistas formularon la pregunta con la que casi un siglo más tarde Daron Acemoglu y James A. Robinson titularían su exitoso libro Por qué fracasan los países (Deusto, 2012).   

Más tarde vendría la distinción entre instituciones, organizaciones formales y organizaciones informales. El mercado dejaba de ser una sopa uniforme y sin brumos, los Estados pasaban a ser poderosos agentes que podían distorsionarlo. Y las instituciones, su calidad e integridad, eran críticas, ya que de ellas dependían los incentivos que condicionaban las interacciones entre individuos. Así, los marcos institucionales podían incentivar comportamientos por completo distintos, lo cual explicaba en gran medida las diferencias en el rendimiento entre sociedades a priori similares. Y también, y en última instancia, por qué individuos competentes y moralmente solventes progresaban en unos países y en otros fracasaban.

Ni inmovilismo ni revoluciones: instituciones solventes

Para comprender la pertinencia del Neo-institucionalismo, basta con preguntarse por qué las medidas de austeridad impuestas a Grecia por la UE, el FMI y Alemania no están dando los frutos esperados. Y también, en sentido contrario, cuáles son las razones de fondo de la enésima suspensión de pagos de la República Argentina. País al que, en mayo de 2012, el Premio Nobel de economía, Paul Krugman ponía como ejemplo de éxito en un artículo enThe New York TimestituladoDown Argentina Way, en el cual defendía a capa y espada unas recetas económicas antagonistas a las aplicadas en Grecia.

¿Quién está equivocado?, ¿la troika y los llamados ‘austericidas’ o los Krugman del mundo? Y la respuesta es que ambos lo están. Sin embargo, su equivocación no está en sus doctrinas económicas sino en haber ignorado el marco institucional de Grecia y Argentina; sus ineficiencias y singularidades culturales, de tal suerte que, una vez las recetas económicas cayeron dentro de la órbita institucional de estos países, fueron masticadas y escupidas por su clase dirigente.

Otro tanto cabría decir de la teoría monetaria moderna, muy popular gracias a internet, si es que agún día es aplicada. Porque si bien aporta un enfoque interesante sobre el origen del dinero, en el que se prima el papel del Estado en lugar de un origen puramente privado, no parece que los problemas institucionales que aquejan a medio mundo vayan a resolverse mediante la emisión de más y más dinero.

De vuelta a España, hay que preguntarse si nuestros problemas se resolverán por la vía de cuestionables reformas económicas o mediante experimentos ‘revolucionarios’ que se nos presentan como bálsamos milagrosos. Respecto a lo primero, vistos los antecedentes y conocidas nuestras graves deficiencias institucionales, no parece que vayamos a dar un salto cualitativo importante y menos aún que nuestros fallos estructurales no vuelvan a jugarnos pronto una mala pasada. En cuanto a lo segundo, no tiene mucho sentido dar saltos mortales cuando en realidad, debido a que carecemos de una democracia formal con todos sus aditamentos, nuestra capacidad de crear riqueza está extraordinariamente limitada. Y resulta ridículo pretender inventar la pólvora sin antes haber descubierto el fuego.


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