Game Over

El final de la crisis

El 8 de septiembre de 1839 Hector Berlioz (La Côte-Saint-André, 1803) concluyó la ardua tarea de componer una de sus obras más impetuosas y románticas, Romeo y Julieta. Para esta partitura, la fuente de inspiración del compositor francés fue la lectura de Hamlet y, por supuesto, Romeo y Julieta, ambas obras firmadas por el dramaturgo inglés William Shakespeare. Así relataba el propio Berlioz su experiencia: “Shakespeare, cayendo sobre mí repentinamente… reconocí el significado de la grandeza, la belleza, la verdad dramática”. De esta forma, Shakespeare y Berlioz, el primero, con la fuerza de la palabra, y el segundo, mediante la emoción de la música, cooperan para despertar la inteligencia y la emotividad, de tal forma que ambas emerjan en nosotros como un sólo rasgo que nos haga plenamente conscientes del gran drama humano, aquel en el que todos, desde el más sensible e intuitivo hasta el más necio, somos no ya espectadores sino actores.

El catalizador de la inteligencia

Esta capacidad de los genios creadores, de combinar en su justa medida razón y poesía, es lo que al resto nos conmueve y nos abre los ojos. Y una vez lúcidos, reconocemos en ese drama universal, tan magistralmente recreado, nuestro particular drama personal. De ahí que la emoción nos sobrecoja. Gracias a la empatía del artista, del genio creador, de repente todo cobra sentido. Causa y consecuencia se asocian. La falta por omisión se une a la injusticia y a la pérdida de la libertad; el egoísmo, a la avaricia y al empobrecimiento; la hipocresía, a la cobardía y a la tragedia como horizonte; y la corrupción moral, ingrediente imprescindible en cualquier drama que se precie, a la ineficiencia y a la opresión de los Estados. Y entonces surge en nosotros como individuos un deseo irrefrenable por ser mejores y rebelarnos contra la mediocridad.

De esta forma, las certeras visiones de estos prohombres –en las que, además de la poesía, abundan reflexión y razón–, unidas a su habilidad para transmitir su mensaje con una claridad y una fuerza arrolladoras, nos han agitado en los momentos decisivos, elevándonos por encima de la adversidad. Estos hombres y mujeres singulares (que no son sólo artistas, sino también filósofos y políticos) nos han permitido salir airosos, incluso, cuando la tragedia se ha consumado. Y de ello da fe el terrible siglo XX, en el que, a pesar de que la barbarie humana superó lo imaginable, se impuso a la postre la esperanza. Esperanza que en este nuevo siglo, al haber quedado huérfanos de genios y poetas, parece desvanecerse.

Sectarismo y desmemoria

Ahora, quizá en el peor momento de todos, débiles y enrabietados por una crisis que nos somete, según creemos, a un castigo excesivo, lejos de reconocer y ensalzar cualquier vestigio de talento, nos volvemos más obtusos que de costumbre. Y como nadie es capaz de conmovernos, nos encerramos en nosotros mismos, sólo dispuestos a compartir pequeñas porciones de realidad con aquellos que piensan como nosotros. Esta cortedad de miras, que suele degenerar en el sectarismo, es una afección en la que el ciudadano común constantemente recae y a la que ya aludía hace más de un siglo Isidoro Fernández Florez (Fernanflor): “Malos días son estos para los diarios y los redactores de ellos. Su culpa fue sin embargo la de todos. Cuántos lectores suyos hoy en España son sus lectores no por mejorar su juicio, sino por recrearse viendo sobre el papel, impreso con mayor elocuencia, su propio sentir: que el público sólo ama su opinión y sólo a ella escucha y favorece, y de cualquier otra murmura y se aparta; de donde viene a resultar que para un diario combatir las preocupaciones y afrontar a la masa es decrecer en recursos y morir.”

Y ahora que algunas voces vuelven a hablar de brotes verdes, de esas tímidas señales que auguran la anhelada salida a la crisis, corremos el peligro de olvidar que el origen de este desastre fue político, no económico (causa y consecuencia). Desastre que se ha visto agravado por unas democracia meramente formales, incapaces de controlar las fuerzas centrífugas de los intereses creados. Y en las cuales ha proliferado el pensamiento obtuso y mediocre, cuyo gen egoísta, tan contagioso, ha terminado por producir enormes destrozos. De hecho, seguimos sin comprender que el valor de la democracia no es adjudicar a cada ciudadano un voto, sino ser el único sistema político capaz, primero, de alumbrar sociedades abiertas, y depués, salvaguardarlas; entornos propicios para que el genioprolifere y, lo que es más importante, donde el talento se propaga libremente. Lo cual permite a las sociedades más afortunadas recrear una idea de nación que es, además de racionalmente conveniente, emocionalmente contagiosa.

Del desencanto al encanto

En conclusión, aún en el caso de que creyéramos dejar atrás la crisis económica, queda pendiente la principal tarea: dar aliento a esa idea de España con la que hasta el más necio se ilusione y se vea compelido a esforzarse. Y en este sentido es obligado decir que, quizá, para cuadrar las cuentas baste con ese pobrísimo discurso del no hay más remedio con el que cualquier felonía puede ser justificada, pero para transformar cualquier país en una nación moderna y eficiente, son imprescindibles el genio, el talento y la poesía. Sólo con estos ingredientes se podrá obrar el milagro de transformar el desencanto en encanto. Milagro que al fin y al cabo no sería tal, pues el desencanto no es más que una forma irónica, melancólica y aguerrida de la esperanza.


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