Game Over

Dos españoles solos ante el peligro

El pasado domingo en este mismo diario, Mario Moratalla informaba oportunamente de la situación desesperada en la que se encuentran Guillermo Casado y Álvaro Lasso, presidente y director de Proibérica, S.A. respectivamente, y a la sazón pequeños empresarios españoles en Paraguay, los cuales, víctimas colaterales de las refriegas políticas que recurrentemente tienen lugar en el país guaraní, se encuentran a día de hoy retenidos, desprovistos de sus pasaportes y a expensas de que la Fiscalía consiga que sean condenados a hasta 10 años de prisión por un delito que no han cometido, utilizando para tal fin documentación falsa que, al parecer, proporcionó el Ministerio del Interior paraguayo, cuyo máximo responsable es Carmelo Caballero.

Las historia, explicada al detalle en la noticia de referencia antes citada, no es sólo la crónica de una rocambolesca historia con todas las trazas de una conspiración política, consecuencia de la guerra descarnada por el poder que tiene lugar en Paraguay, sino ejemplo palmario del desamparo en el que se encuentran muchos modestos emprendedores españoles, que, arriesgándolo todo o casi todo, deciden probar suerte en el exterior.

Todo el apoyo del Estado para unos, el desamparo absoluto para otros

A diferencia de los nombres ilustres del IBEX 35, Guillermo Casado y Álvaro Lasso nunca tuvieron asiento reservado en avión oficial alguno, ni fueron invitados a hacer las Américas con todos los gastos pagados por el gobierno español de turno. Compraron el billete de avión con dinero de su propio bolsillo y, con un equipaje en el que las ideas pesaban mucho más que los enseres, aterrizaron en Paraguay dispuestos a hacer empresa.

Cierto es que el hecho de que los grandes del IBEX 35 cuenten con el apoyo incondicional del gobierno para abrir nuevos mercados en el exterior o sacarles las castañas del fuego cuando las cosas se tuercen, no es en sí censurable, siempre y cuando no haya turbios negociados de por medio en los que lo público y lo privado se entremezclen de manera obscena. De hecho, en un mundo donde la influencia de una nación se estima en gran medida en función de la fortaleza de sus empresas transnacionales, se entiende hasta cierto punto que el Ministerio de Asuntos Exteriores y las más altas magistraturas del Estado ayuden en todo cuanto esté en su mano para que las compañías españolas de renombre amplíen sus horizontes y lleven a buen puerto sus proyectos. Pero esa, como ya digo, no es la cuestión.

La discrepancia, o si se prefiere la denuncia, es a cuenta de la desidia que no pocos embajadores españoles demuestran cuando el empresario en apuros no tiene un nombre ilustre y, en consecuencia, no cabe esperar de él agasajos, saraos o fiestas a las que asistir de rigurosa etiqueta para codearse con la flor y nata de los negocios y la política. Ese trasiego tan agradable y glamuroso, que tanto gusta a un perfil concreto de embajador, está fuera del alcance de miles de emprendedores españoles que andan desperdigados por el mundo sin más cobertura que su ingenio, muchas veces en lugares donde la inseguridad jurídica, tal cual es el caso presente, puede convertir su sueño en pesadilla.

No hay empresario grande o pequeño. Todos son necesarios

Al igual que sucede con nuestro mercado interior, en el que son las pequeñas y medianas empresas, amén de las microempresas y autónomos, quienes generan la mayor parte de la riqueza y los puestos de trabajo, es ese discreto ejército de modestos empresarios al que pertenecen Guillermo Casado y Álvaro Lasso el que abre mercados más allá de nuestras fronteras. Y resulta alucinante que cuando crecer en el exterior es crítico para la supervivencia de España, estos emprendedores, que con sangre, sudor y lágrimas acumulan el know-how del que se beneficiarán aquellos que lleguen después, se encuentren por completo desamparados, y sus familias con el corazón en un puño.

Las instituciones españolas, y quienes en ellas hacen carrera, siguen sin entender que la marca de una nación no se escribe con las iniciales de los grandes nombres sino con una multitud de nombres pequeños. Crecer dentro y fuera de nuestras fronteras, y en consecuencia mitigar el empobrecimiento que esta severa crisis ha traído consigo, sólo será posible si a esa tarea titánica pueden concurrir sin restricciones y en igualdad de condiciones miles de agentes, para que, tras el inexorable proceso de prueba y error, sean los mejores los que alcancen el éxito y muestren el camino al resto.

Por más que hubiesen sido acusados de asesinato, de haber sido ciudadanos norteamericanos, británicos, franceses o, incluso, italianos, es seguro que hoy Guillermo, Álvaro y sus respectivos familiares habrían estado asistidos por el servicio exterior y serían mucho más optimistas respecto al desenlace de esta historia. Pero desgraciadamente no lo son: son españoles. Que tenga que ser precisamente un paraguayo de bien, el abogado Juan Ernesto Villamayor, antiguo miembro de la Convención Nacional Constituyente, quien más empeño esté poniendo para que se haga justicia demuestra hasta qué punto hemos tocado fondo.  

Ésta y no otra es la verdadera Marca España, la que personajes sin escrúpulos, en este caso un puñado de políticos de Paraguay, pisotean impunemente con la indiferencia de nuestras instituciones. Más le valdría a nuestro ministro de Asuntos Exteriores, el incontinente José Manuel García-Margallo, no generar tanto titular gratuito opinando alegremente sobre cualquier polémica interna y hacer su trabajo, que para eso le pagamos los españoles, incluidos Guillermo Casado y Álvaro Lasso. 


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