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Cuando las élites son el problema

El 4 de mayo de 1979 Margaret Thatcher (1925-2013 Londres), tras ganar el Partido Conservador las elecciones por mayoría absoluta, se convirtió en la primera mujer en la historia del Reino Unido en ocupar el cargo de primer ministro. Ese mismo día fue llamada a Buckingham Palace para formar gobierno. Después, frente al 10 de Downing Street, rodeada de cámaras y periodistas, citó una oración atribuida a San Francisco de Asís: "Allí donde haya discordia, llevemos armonía […] Donde haya error, llevemos la verdad. Donde haya dudas, llevemos la fe. Y donde haya desesperación, llevemos la esperanza."1

Durante la campaña electoral, Margaret había pronunciado su primer enérgico discurso en Cardiff, en el que propuso un regreso platónico a la forma original, a los viejos principios

Antes, el 16 de abril, durante la campaña electoral, Margaret había pronunciado su primer enérgico discurso en Cardiff, en el que propuso un regreso platónico a la forma original, a los viejos principios de los que, en su opinión, los británicos equivocadamente se habían apartado: “En el mundo de la política he aprendido algo que aquí en Gales nacen sabiendo: si tienes un mensaje, predícalo. Yo soy una política convencida. Los profetas del Viejo Testamento no decían ‘Hermanos, quiero consenso’, sino ‘éstas son mi fe y mi visión, y creo en ellas apasionadamente. Si tú también crees, sígueme […] Desechemos el derrotismo. Bajo los estandartes gemelos del derecho y la libertad, un nuevo y emocionante futuro convoca al pueblo británico.”2

Gracias a discursos como este Margaret Thatcher llegó al gobierno a finales de la década de 1970, en un momento en el que el Reino Unido se encontraba al borde del colapso. La economía mostraba alarmantes síntomas de agotamiento y, pese a ello, el sector público seguía creciendo de manera descontrolada a costa del sector privado. Los órganos locales de gobierno, capturados por las élites políticas y los sindicatos, eran inasequibles a los controles financieros y la gestión de las empresas y servicios públicos era peor que deficiente: ruinosa. Por primera vez en su historia el número de desempleados había superado los tres millones, la industria se desmoronaba a una velocidad vertiginosa y la inflación estaba en el 10% y alcanzaba picos del 18%. En definitiva, el país se iba al garete atrapado en una maraña de intereses colectivos que se habían bunkerizado en las Administraciones Públicas.

La regeneración exige sacrificios y, por supuesto, turbulencias

Siempre que se alude a la figura de Margaret Thatcher de pronto nos vemos atrapados en un debate ideológico. Sin embargo, no se trata de dirimir si Thatcher estaba en lo cierto en sus propuestas económicas, políticas y casi filosóficas. Cada cual tendrá su propio juicio al respecto. La cuestión es otra mucho más trascendente. Como apuntaba el escritor británico Jonathan Coe (Birmingham, 1961), la clave está en que Margaret Thatcher, le gustara a uno o no, tenía una visión clara y genuina de cómo transformar el Reino Unido. Cuestión fundamental que un progresista como Coe, que nunca sintió demasiada simpatía hacia la dama de hierro, señaló acertadamente.

Hay ocasiones en la historia en las que una sociedad necesita renunciar a la política del corto plazo y arriesgarse a una transformación profunda, a un cambio radical capaz de romper con las poderosas y seculares inercias

Y es que hay ocasiones en la historia en las que una sociedad necesita renunciar a la política del corto plazo y arriesgarse a una transformación profunda, a un cambio radical capaz de romper con las poderosas y seculares inercias que la atenazan. Ese fue el mandato que los votantes británicos dieron a Margaret Thatcher en 1979, sin saber a ciencia cierta los costes y beneficios que la irreductible determinación de aquella hija de un tendero les acarrearía. Todos intuían que de esa situación tan endiablada no saldrían de la mano de la dama de hierro sin sacrificios, pero el instinto de supervivencia y, sobre todo, la ilusión pesaron más que el miedo.

De forma muy parecida, 32 años después, el 20 de noviembre de 2011 los españoles, tan preocupados como los votantes británicos lo estuvieron en su día, decidieron dar a Mariano Rajoy un poder casi absoluto. Tampoco le dijeron a este registrador de la propiedad erigido en líder político por la gracia de Aznar lo que debía hacer ni cómo debía hacerlo. Porque, tal y como explicara Pericles en su Discurso fúnebre, no es obligación del ciudadano de a pie “hacer política” sino juzgarla. Sin embargo, lo que sí descontaba la mayoría es que el nuevo gobierno cogería el toro por los cuernos y acometería de una vez para siempre las reformas imprescindibles o sucumbiría en el intento.

Políticos bidimensionales en un mundo en tres dimensiones

Si Rajoy hubiese sido un político serio, de altura, habría aprovechado su prolongada estancia en la oposición para preparar con antelación ­–tal y como Thatcher hizo en su día­– un minucioso plan de reformas a la altura del envite. Plan que, de haber existido, sin duda habría generado tensiones enormes en el corto plazo. Pero también impagables beneficios a largo plazo. Desgraciadamente, Mariano Rajoy no es Margaret Thatcher, sino más bien su negación: un político que piensa que gobernar consiste en no generar turbulencias. En definitiva, un ser bidimensional que parece creer que la Tierra no es esférica sino plana.

Con todo, lo peor es que Rajoy no es más que un personaje menor en un universo casi infinito de mediocridades, donde, quien más, quien menos, todos huyen de los principios. Así se explicaría el lánguido clame elegido por Ciudadanos para hacer campaña: “el cambio sensato”, eslogan a medio camino entre lo mojigato y lo lampedusiano. Y también que su tronante himno regenerador haya devenido súbitamente en un chapurreo de regulaciones ridículas, en la confusión entre ideas y edades y en reformas tributarias que, lejos de cuestionar los límites de las Administraciones Públicas, son fieles a la idea dominante de que todo lo que uno posee puede, llegado el caso, pertenecer al Estado si así lo creen oportuno los infalibles burócratas.

Todos los agentes políticos parecen sospechosamente dispuestos a mantener vigentes unas reglas del juego que a todas luces ya no nos sirven

Y qué decir de Podemos, que ha devenido en desencanto precisamente por traicionar esa fe de que es posible girar al país 180 grados, aunque sea hacia el lado equivocado. El caso es que todos los agentes políticos parecen sospechosamente dispuestos a mantener vigentes unas reglas del juego que a todas luces ya no nos sirven, como si sus salvoconductos hacia el edén de la España política dependieran de la obediencia al orden establecido. Ante este panorama atonal, la pregunta que cabe hacer es la siguiente: ¿realmente la inanidad de la España política, la vieja y la “nueva”, es fiel reflejo de la pisque del populacho?

¿Quiénes no dan la talla?

Es una práctica habitual en nuestras élites políticas argumentar que gobernar en España es mucho más difícil que en cualquier otro país de Europa. La razón que esgrimen es el pésimo material humano que constituye la base de la sociedad española. Según ellos, ocurre que aquí, como la inteligencia del pueblo es bastante precaria, hay que hilar muy fino, tanto que no hay manera de zurcir los rotos sin que el paño institucional se haga jirones. Así que han decidido vivir confortablemente instalados en ese “gobernar al gusto de todos y todas”, inmersos en la búsqueda perenne de un marco para un consenso o un consenso para un marco; tanto monta, monta tanto. Al fin y al cabo, para ellos la política no es un compromiso sino una forma de ganarse la vida.

Sin embargo, cualquiera que conozca el Reino Unido o, al menos, esté bien informado, sabrá que en lo que respecta a su base social no hay grandes diferencias con España. Los populosos barrios británicos no están poblados por seres virtuosos, cultos y extraordinariamente sensibles. Es más, en no pocos casos diríase que el español llano es en comparación un bendito. Así pues, si la diferencia no está en la base social es lógico deducir que ha de estar en las alturas.

Desincentivar mediante multas y penas de cárcel que circulemos a 200 kilómetros por hora no nos hace mejores conductores. Como tampoco criminalizar el fraude nos convertirá en entusiastas contribuyentes

Respecto a ese otro mito de la falta de civismo, cierto es que en Reino Unido la ley ha sido tradicionalmente más severa y rigurosa que en España. Pero, cuidado, la ley por sí misma no forma mejores ciudadanos. De hecho, en cuanto cruzan el Estrecho, muchos británicos tiran para el monte. Y es que desincentivar mediante multas y penas de cárcel que circulemos a 200 kilómetros por hora no nos hace mejores conductores. Como tampoco criminalizar el fraude nos convertirá en entusiastas contribuyentes. La regeneración política es otra cosa muy distinta y requiere alicientes mucho más consistentes. Como apuntaba Juan Manuel Blanco en este mismo medio, sólo la fuerza de las ideas, la convicción, la generosidad, los principios, serán capaces de romper el fatídico círculo vicioso, generar esa voluntad que mueve montañas, que impulsa a muchos ciudadanos a actuar de forma desinteresada y altruista en pos de aquello que consideran justo y conveniente. Todo lo demás son apaños; es decir, las élites poniendo sobre el tablero nuevas piezas con muy poco recorrido.

1 Thatcher. M.: El camino hacia el poder. Op. cit., pp. 412-413

2 Thatcher. M.: Los años de Downing Street. Op. cit., p. 26


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