Game Over

La economía tomada

El teléfono sonó por dos veces y sin tomarse la molestia de disculparse con quien estaba reunido, el directivo pulsó rápidamente el botón del interfono. La voz de una mujer, que brotó nítida del altavoz, le informaba que al otro lado de la línea tenía a la espera a un alto cargo político. “Pásemelo”, ordenó al instante el ejecutivo. Una vez desconectó el altavoz y se acercó el auricular al oído, la persona que estaba al otro lado del hilo telefónico empezó a hablar de manera atropellada y en un tono tan elevado que sus palabras reverberaron por todo el despacho. El directivo frunció el ceño. Y nervioso, se dedicó a golpear rítmicamente con las yemas de los dedos la superficie de la mesa. Súbitamente interrumpió a su interlocutor y le espetó: “Escucha fulano, sabemos lo que pasa. Estamos al tanto. Sé que no es cosa tuya. Pero esto no es lo que hablamos. No es lo acordado. Y habrá que ponerle remedio”. Y sin dejar margen a la interrupción, las excusas o los lamentos, continuó imperativo: “Tú lo que vas a hacer es lo siguiente”. Y en un tono a medio camino entre la complacencia y la amenaza, le transmitió una serie de instrucciones claras y concisas. Luego, el teléfono enmudeció durante unos breves instantes. Y al poco la voz volvió a sonar en el auricular, esta vez ininteligible. El ejecutivo escuchó satisfecho, asintió con la cabeza, se despidió de su interlocutor cariñosamente, como si hablara a un pariente cercano, y colgó. Volviéndose hacia Elicio, que era con quien estaba reunido, esbozó una sonrisa, casi una mueca. Y encogiéndose de hombros a modo de disculpa sentenció: “Estos capullos de los políticos se ahogan en un vaso de agua”.

Elicio y los extractores de rentas

Elicio (que es el nombre ficticio de un personaje real), a quien conocí hace ya bastantes años, era un agente libre, uno de tantos, que vivía principalmente de asesorar a grandes compañías. Antes se movía y trabajaba en otros ambientes más abiertos y dinámicos. Pero la regulación excesiva e interesada de las administraciones públicas le obligó a cambiar el rumbo y a maniobrar para acceder a los reducidos entornos en los que, desde hace tiempo, se concentra el flujo de dinero de una economía cada vez más cerrada.

Elicio combinaba a la perfección inteligencia y prudencia. Y si bien era razonablemente ambicioso, nunca pecó de avaricioso. Sabía perfectamente cuál era su lugar en la pirámide de los grandes negocios y jamás tentó a la suerte. Se limitaba a hacer su trabajo con la mayor eficacia y discreción posibles. Cumplía religiosamente con la hipoteca, pagaba los estudios de sus hijos en el extranjero y proporcionaba una vida digna a su familia. Su forma de ser, tan reservada y ajena a los lujos superfluos y a la ostentación, hizo de él una persona muy del agrado de un determinado tipo de alto ejecutivo, al que le complace, y mucho, que quienes le sirven no olviden, por más que se les trate con familiaridad y camaradería, cuál es su sitio en el escalafón. Y quizá por eso, tras años de leal servicio, Juan tuvo la suerte, o la desgracia, de terminar siendo testigo privilegiado y mudo de los lazos familiares entre las grandes compañías y los políticos.

Elicio nunca me dijo el nombre de la persona que llamó aquel día. Y habría sido una pérdida de tiempo tratar de sonsacárselo. Pero, en pago a nuestra amistad de tantos años, sí dejó muy claro que era un “pez muy gordo”. Quién sabe si un concejal, un consejero de alguna comunidad autónoma o incluso el alcalde de una ciudad principal o un miembro destacado del Gobierno. También me aseguró con pesar, pues Elicio era pese a todo persona íntegra, que aquello no era algo excepcional sino recurrente, cotidiano. Y ya entonces andaba el hombre preocupado porque la situación, de un tiempo a esa parte, había degenerado mucho. De tal suerte que detrás de cada gran negocio, de cualquier operación en la que mediara alguna administración pública, la corrupción era omnipresente. Y los repartos de favores, dinero y privilegios habían alcanzando cotas desconocidas. Para él, insostenibles.

La deserción y el viaje

No hace mucho, aprovechando el privilegio de compartir mesa y mantel con un par de altos directivos, Elicio cometió su primer error en muchos años; la primera imprudencia. Tras escuchar un buen rato la turbia conversación de sus compañeros de mesa, jalonada de sarcasmos y cinismo, Elicio tomó la palabra y les dijo: “¿No os dais cuenta de que así no es posible seguir, que esto se viene abajo?”. Y tras observar la estupefacción de los dos hombres que tenía en frente, se preguntó si había dicho realmente aquellas palabras en voz alta o si habían sido sólo pensamientos ruidosos. Sea como fuere, aquel día fue el final del principio para Elicio. 

Hoy, con sus hijos ya mayores y sus vidas hechas en el extranjero, Elicio, a pesar de que cree que eso que llaman crisis económica podría terminar cualquier día de estos, ha decidido también hacer las maletas y probar suerte en otra parte. Pues, para él, la otra crisis, la de las instituciones, la de la corrupción y el control de la riqueza, no terminará nunca. Dice que hacer fortuna en España sólo es posible si se está dentro de ese círculo vicioso en el que interactúan los políticos, los grandes empresarios y banqueros y los colectivos organizados, dentro de los cuales están, entre otros, los sindicatos. Fuera de ahí sólo hay incertidumbre. Y eso, según él, no va a cambiar. España es una economía tomada. Un Estado-pastel que se reparten unos pocos. Y cuando todo va bien, hay migajas para el resto. Y cuando no, nada. Eso es todo.


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