Game Over

El dulce sabor del arsénico

El pasado miércoles los mercados financieros nos daban, o más bien le daban a algunos, una alegría. El Bono español recortaba 21 puntos y quedaba al cierre en el 4,29% de interés, y la prima de riesgo descendía hasta los 304 puntos básicos, llegando a situarse puntualmente por debajo de los 300. Por su parte el IBEX se apuntaba una subida del 3,26%, hasta 8.289,30 puntos. En resumen, asistíamos a la tradicional fiesta privada de los mercados que la propaganda de Génova, ayudada por sus periodistas amigos, quiso hacer extensiva a los atribulados ciudadanos para ayudar a digerir una EPA que se preveía demoledora. En esta breve algarabía algunos vieron el fin de la sequía financiera, la vuelta del dinero y el definitivo alejamiento de la sombra del rescate. Según decían, los inversores parecían haber borrado a España de la lista negra, lo cual anticipaba el principio del fin de la crisis. Sin embargo, los ciudadanos no vieron el confeti sino 6.202.700 parados. Una cifra mucho peor que inaceptable. La economía real seguía sin tocar fondo.

Como moscas a la miel

Detrás de tan 'extraordinarias' noticias, además de un Japón que seguía devaluando el yen a todo trapo y una Alemania a las puertas de la recesión –cuestiones ambas que hicieron cambiar mucho dinero de destino–, estaba la renuncia táctica de AngelaMerkel a poner orden en las cuentas de los países desmadrados, una vez visto que de esta no salíamos ni mediando un milagro. Tal renuncia se hizo explícita con la ampliación de los plazos de reducción del déficit, aliviando la presión sobre nuestra clase dirigente y proporcionando más cerillas a esta tropa de pirómanos que ocupan nuestras instituciones.

Con la elecciones federales alemanas a la vuelta de la esquina, el desplome de las economías de los países del Sur de Europa, sumado a las señales de agotamiento de China y el enfriamiento de EE.UU., estaba pasando factura a los teutones. Y quieren –ahora sí– aflojar el nudo para ver si la cosa se anima. Pero sólo el tiempo que Berlín necesite para celebrar elecciones y cambiar de planes. Alemania no ha visto en estos años el menor propósito de enmienda en los políticos griegos, italianos y españoles. Y como es lógico, ha vuelto la mirada hacia donde solía; es decir, hacia el Este. "Ellos verán lo que hacen", es la frase que en Berlín empezó a circular sotto voce tan pronto se conocieron las nuevas reformas anunciadas por el Gobierno.

Lo había advertido alto y claro la canciller alemana días antes: “Los [gobiernos] europeos sólo son capaces de encontrar soluciones comunes cuando están al borde del abismo, pero tan pronto como las presiones se alivian, quieren seguir su propio camino […] Tenemos que estar preparados para aceptar que Europa tiene la última palabra en ciertas áreas. De otra manera,no seremos capaces de continuar construyendo Europa". La literalidad de lo dicho, con ser inquietante, no es lo peor. Lo preocupante es la lectura entre líneas. La paciencia y los recursos de Alemania se agotan. Y, de seguir así, antes de que los países del Sur se vean en la tesitura de tener que salir del euro, podrían ser los germanos los que decidieran abandonarlo. Simple cuestión de coste-beneficio. Nada personal, sólo negocios.

En España, la esperanza es lo primero que se pierde

Pese a todo, nuestros políticos siguen en el apaño y la francachela. Así han aguantando los cinco años largos que llevamos de crisis. Tiempo durante el cual –hay que reconocerles el mérito– han dejado casi intactas las mostrencas estructuras administrativas del Estado y comunidades autónomas, le han hecho la peineta a Merkel cada vez que se ha dado la vuelta y, en un alarde de audacia, han recolocado en los vericuetos del entramado público a los compañeros que salieron mal parados con los recortes.

No es ya que en España nadie dimita o que de los casi 400 políticos imputados en procesos judiciales ninguno haya pisado la cárcel, sino que hay una ley no escrita que prohíbe dejar a los camaradas, familiares y amigos en el paro, y también meter mano a los bancos y demás vacas sagradas de nuestra ficticia economía. “O todos o ninguno” es la consigna escrita con tinta invisible al pie de los logotipos de los partidos y también de la Corona. Lo cual, en un país cuya deuda desprovista de maquillaje supera el 112% del PIB y el desempleo se asoma al 28%, demuestra que el problema no es ideológico. Y tampoco de credo económico. El Régimen funciona bajo sus propias leyes; reglas perversas e incompatibles con la libertad y la prosperidad económica. La única salida es desmontarlo. Pero, como problema añadido, hacerlo pasa por la abdicación de su regio caudillo, quien, por la gracia de Franco, no sólo reina sino que manda y mucho en el actual establishment.

El paradigma de la Bolsa y la economía financiera, que muchas veces obedecen a razones globales ajenas a nuestras miserias, no puede ocultar la realidad. La descomposición es de tal calibre que en los tribunales se amontonan 1.661 casos de corrupción, política y financiera (casos por fuerza entre sí emparentados), muchos de los cuales sufren retrasos injustificables, por más que el CGPJ alegue falta de medios personales y materiales o lentitud por parte de la Policía y los expertos de Hacienda.

Sobresueldos en negro, donaciones no declaradas, dineros evadidos y ocultos en paraísos fiscales, tráfico de influencias, subvenciones arbitrarias, uso de información privilegiada, negocios mezclados con política, espionaje, chantaje, corrupción al por mayor, delincuencia e impunidad. Esta es la esencia, la sustancia de la España política, frente a la cual, métanselo en la cabeza, no hay economía que aguante, carambola milagrosa ni presidente que valga. Nuestro futuro como nación, como sociedad y como individuos depende de nuestra capacidad para instaurar los principios democráticos con todas sus garantías; sin atajos, sin delirios y ojalá que sin violencia. Principios cuya virtud, más allá de su belleza retórica, es impedir el abuso de poder, el caciquismo, la corrupción y el secuestro de las instituciones. Mientras sigamos privados de estos principios, desconfíen de todos aquellos que alientan polémicas finalistas y cargan el peso de la prueba sobre un nombre, dos o cuatro. Porque si la regeneración les trae sin cuidado, ¿a qué o a quiénes sirven entonces?

Por favor, no pregunten quién va a poner el cascabel al gato. Pónganselo ustedes mismos con cada una de sus decisiones y actos. No permitan que les polaricen, manipulen y amedrenten. Usen su voz en la calle, en los foros físicos o virtuales y también su voto para detener esta locura. La solución a nuestra crisis pasa por alcanzar la Democracia. Lo que alumbró la Transición de 1978 es una farsa. 


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