Game Over

La dictadura de los partidos

Zygmunt Bauman (Poznań, Polonia, 1925), premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en 2010, afirmaba al respecto del movimiento de “los indignados” que “El 15-M es emocional, le falta pensamiento”. Una observación, a mi juicio, acertada, pero cuya aplicación se queda muy corta y debería hacerse extensiva a una gran mayoría de ciudadanos que son presa de los sentimientos más primarios, como la simpatía o la antipatía, la afinidad o el antagonismo, la envidia o la arrogancia. Lo cual les convierte en seres fácilmente manipulables y al servicio, aún sin saberlo, de los intereses políticos. De no ser por ello, hace tiempo la inmensa mayoría habría identificado el modelo político y el poder absoluto que éste otorga a los partidos como el más grave de nuestros problemas. Y antes que demandar más Estado, pedir elecciones anticipadas, defender la educación pública y tachar al capitalismo de sistema insostenible y depredador, lucharían por la reforma de esta democracia de partidos.

Sin democracia interna no hay Democracia, y punto

Carentes de democracia interna, herméticos y jerarquizados –incluso con cargos de carácter hereditario–, los partidos se han convertido en los oligopolios de la “cosa pública”; es decir, en amos y señores de esta España oficial que condiciona fatalmente a la España real. Son los partidos y no las personas (los electores) los verdaderos dueños de las comunidades autónomas y sus instituciones, las mismas que hoy se resisten ferozmente a contener el gasto y el despilfarro. Los que dan lugar a las oligarquías regionales y corruptas que fragmentan el mercado, detraen las rentas, malversan el dinero público y llegan, incluso, al extremo de amenazar la unidad del Estado. Jamás existieron organizaciones tan extensas y capilares, capaces de desarrollar una red comercial y clientelar tan basta y profunda que llega a cualquier pueblo y municipio de España. Ni la mayor transnacional dispone de una red comercial equiparable.

Partidos políticos y hombres de Estado son incompatibles

Dentro del actual modelo de partidos, aún cuando el profesional de la política llega a lo más alto (lo cual requiere de décadas de dedicación exclusiva), la fidelidad a los suyos prevalece por encima, incluso, de los intereses de la propia nación a la que jura o promete servir. Pues fue el partido quien le incluyó en la lista y sufragó sus necesidades materiales mientras se entregaba en cuerpo y alma a la causa. Por lo tanto, los escaños, cargos y mandatos pertenecen tanto o más al partido que a quien supuestamente los recibe de manos de un pueblo formalmente soberano. Y cuando su carrera termina, también es el partido quien facilita al político profesional un retiro adecuado, bien mediante cargos en instituciones o fundaciones creadas al efecto, bien moviendo los hilos para proveer un sillón de consejero en alguna relevante empresa o bien proporcionando un escaño en ese cementerio de elefantes que es el Parlamento Europeo o cualquier otra institución internacional. ¿Cuántos hombres o mujeres podrían sobreponerse a una dependencia tan extraordinaria y mantenerse firmes en sus principios?

No hay contrapoder

Por si fuera poco, es en los partidos donde se prima a unos periodistas sobre otros, a unos medios en detrimento de otros, mediante el pago en especie con filtraciones, exclusivas y, también, por la vía de las subvenciones directas y la publicidad institucional, verdaderos subsidios encubiertos que han podrido a la prensa. De ahí que en los medios de comunicación sólo haya lugar para las polémicas de interés partidista o intrapartidsta. Y los salvoconductos para acceder a las tertulias políticas radiofónicas y televisivas sean tan caros de conseguir. En consecuencia, no existe ningún contrapoder (salvo, claro está, en Internet) que denuncie los excesos y fallas del modelo en su conjunto.

La paradoja de los partidos reformándose a sí mismos

Por eso, nada más echar a andar esta legislatura, todo se vino abajo a cuenta de las elecciones andaluzas. Y por más que numerosos antecedentes avisaran de que la política del corto plazo –es decir, el cálculo político– se impondría de nuevo, pocos pensaron que, por deferencia al amigo, al compañero de armas y al PP de Andalucía, Mariano Rajoy fuera capaz de echar el freno de mano y dejar al país colgando del precipicio hasta que transcurrieran las elecciones andaluzas, perdiendo así un tiempo precioso. Incluso ahora, vistos los PGE para 2013, que el Gobierno aún no haya solicitado el rescate obedece a cuestiones relacionadas con el coste político y no con el coste económico ni el interés general.

Sin embargo, y volviendo a nuestra propensión a lo emocional, no debemos caer en el error de culpar a un puñado de nombres propios. Hacerlo circunscribe el problema a personajes menores que no son más que peones de un modelo perverso. La cuestión de fondo trasciende las predecibles decisiones de los políticos profesionales. Y mientras no se produzcan cambios radicales en el propio modelo, el sistema seguirá proveyendo personajes cuya incapacidad para tomar las decisiones correctas, más allá de las limitaciones de sus dotes personales o su catadura moral, obedece a las compulsiones de un sistema cerrado, cuyos principales baluartes son los partidos políticos. Y si bien, como dijo Tocqueville, los partidos son un mal inherente a los gobiernos libres, en nuestro caso ese mal ha ido demasiado lejos.


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