Game Over

Yo desconfío, tú desconfías, él desconfía

No hace mucho, en un despacho de un elegante barrio madrileño, dos hombres entrados en años, a la sazón vecinos y conocidos de un pueblo manchego, comparecían ante un notario para formalizar la escritura de compraventa de un pequeño terreno. Momentos antes de firmar, uno de ellos levantó la mirada del papel y casi pensando en voz alta dijo: “Hay que ver cómo han cambiado las cosas, Francisco. Antes habría bastado con que tú y yo nos diéramos un apretón de manos. Y hoy, para que nuestra palabra tenga valor, hemos de juntarnos con un extraño”. Incapaz de entender el reproche, el notario, bastante más joven que ellos, arqueó las cejas e, impaciente, se limitó a mirar su reloj.

Sirva esta anécdota real como la vida misma para poner de relieve, si se prefiere de forma un tanto exagerada, cómo, en el transcurso de unas pocas décadas, una burocracia infernal y una tropa de “personajes extraños” ha pasado a interponerse entre los ciudadanos y sus decisiones.

Y los burócratas le pusieron puertas al campo

En cuestión de unas pocas décadas, el Estado y sus prolíficas administraciones no sólo se han convertido en el convidado de piedra de nuestras azarosas vidas, el gorrón que todos los días se sienta a comer a nuestra mesa, sino que también nos amedrentan mediante un bombardeo incesante de advertencias, convirtiendo, si es preciso, cualquier actividad cotidiana en una potencial amenaza. A los ojos de estos burócratas, que se llaman inmerecidamente a sí mismos políticos, cosas habituales como conducir o comer se han vuelto casi de la noche al día en extraordinariamente peligrosas. Y sus consejos paternalistas han dado paso a un control creciente mediante el que – ¿no será esto lo que de verdad importa? – vacían nuestros bolsillos. Incluso Internet, antaño red prodigiosa de la relación y el acceso al conocimiento, es presentada como un nido de piratas, pederastas, estafadores y psicópatas. Paso previo a su toma de control por los burócratas.

Para el legislador, poco importa si el entorno es físico o virtual: todo es susceptible de ser regulado. De hecho, a cuenta del “peligro ecológico”, se le ha puesto, literalmente, puertas al campo. Y alambradas con pinchos.

España como una jaula de grillos

Ahora, con la crisis económica, esa mayoría laboriosa y ajena al activismo – la mayoría silenciosa – se va dando cuenta de que, además de ser pobres, no controlan sus vidas. Pero aún no terminan de asociar el efecto con la causa. Y, en consecuencia, el problema más grave no es que haya aumentado de manera exponencial el recelo hacia la clase dirigente, sino que la desconfianza se propaga imparable, de arriba abajo, y corrompe los círculos más íntimos de las personas. Para colmo de males, en este río revuelto pescan los vendedores de conspiraciones, una suerte de iluminados que van desde los que creen que todos los males tienen un único origen, como los atentados de Atocha, pasando por aquellos que están convencidos de que un puñado de banqueros puede gobernar el mundo, hasta llegar a quienes apuestan por sublevarse e instaurar un nuevo orden, en apariencia más democrático pero cuyo fin es la vuelta al totalitarismo.

España es como una jaula de grillos, en la que cada cual tiene una brújula que señala un Norte distinto. El ciudadano medio recibe todos los días un sinfín de estímulos negativos frente a los que sólo encuentra ideas reduccionistas que simplifican los problemas de manera tramposa para así poder ofrecerle soluciones equivocadas. Todo lo cual, sumado a que la individualidad ha sido sacrificada en favor del formalismo burocrático, hace que lo irracional primer sobre lo racional. El ciudadano sabe qué es lo que en el fondo no funciona, pero está atado de pies y manos e infectado de ideas absurdas. Y, por lo tanto, no encuentra la solución o, en su defecto, no puede apoyar las ideas que debería. Y la frustración le lleva de vuelta al principio: tener que delegar en extraños.

En España, el despropósito ha llegado a tal extremo que ya flota en el ambiente un cierto aroma a neurosis colectiva. Y esta es la peor noticia de todas. Porque cuando la sociedad se desquicia, el individuo, en la parte que le toca, deja de confiar en sí mismo. Y si algo podemos dar por cierto es que sin confianza no hay crisis que se resuelva.

Twitter: @BenegasJ


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