Game Over

El derecho a la violencia

El 9 de diciembre de 2013, con motivo del bicentenario de la muerte de Georg Büchner (Goddelau, 1813), en una universidad española tuvo lugar la mesa redonda titulada '¡Paz a las chozas! ¡Guerra a los palacios!', en la que se proyectó el documental del mismo nombre y, a continuación, ponentes de diferentes universidades revindicaron la vigencia del dramaturgo alemán. El texto que figuraba en la invitación al acto era toda una declaración de intenciones: "La vigencia del legado de este joven revolucionario, doctor en medicina y escritor debiera estar a la orden del día, puesto que nuestra situación de crisis en todos los ámbitos exigiría una respuesta como la que él puso en marcha en su época..."

El Estado agresor

Pese a que a priori conmemorar a Georg Büchner era obligado, el enfoque, tal y como profetizaba el texto introductorio de la invitación, fue más político que literario. Y pronto cristalizó la primera idea que marcaría el rumbo de la jornada: los Estados capitalistas (es decir, las democracias occidentales) estaban castigando a los ciudadanos con altas dosis de violencia. Una violencia diversificada, cuyo espectro abarcaba desde la represión de quienes se manifestaban en la calle, hasta esa otra violencia soterrada que hoy muchos, no necesariamente de izquierdas, apellidan "económica", y que tiene en los desahucios, la estafa a los pequeños ahorradores, las reducciones de salarios, el desempleo masivo y los recortes en prestaciones sociales sus principales exponentes.

Sin embargo, respecto a España, nada se dijo de ese colectivismo de Estado, unas veces larvado e informal y otras explícito y formal, que ha sido sin duda una de las causas principales de la corrupción del sistema, pues gracias a éste, en los días de vino y rosas, el dinero público dejó de tener dueño, se despilfarró y robó a manos llenas y la corrupción se convirtió en una pandemia y en la esencia del régimen. Hasta que en 2007 nos cerraron el grifo y despertamos... ¿o quizá no?

¡No hay revolución sin violencia!

Según avanzaba la jornada, y ya establecida la violencia del Estado, o mejor dicho, de las oligarquías, como un hecho indiscutible, empezó a insinuarse, siempre a colación de Brüchner, que, para poner fin a tantas agresiones,los ciudadanos estaban compelidos a proyectar su propia violencia, la cual, al estar moralmente justificada, no solo debería ser entendida como una herramienta imprescindible con la que construir un orden nuevo, sino también como un recurso legítimo. Así lo escribió el joven Büchner en uno de sus muchos momentos de agitación: "Si en nuestra época hay algo que puede ayudarnos, ese algo es la violencia". De esta forma, idea a idea, palabra a palabra, el atormentado dramaturgo alemán se convertía en un globo aerostático con el que el principio revolucionario de la legítima defensa, es decir, la legítima violencia, era elevado a la categoría de justicia social.

Dogma revolucionario contra humanidad

Sin embargo, paradójicamente, en la obraLa muerte de Danton, es el propio Brüchner quien nos advierte de la incompatibilidad entre humanidad y revolución. Así, su protagonista, Danton, un revolucionario corrupto y atormentado por la sangre derramada, descubre angustiado que lejos de construir un nuevo orden está contribuyendo a destruir todo cuanto le rodeaba, lo que le lleva a cuestionar el puritanismo, la frialdad y la crueldad de la utopía revolucionaria simbolizada en la figura de Robespierre.

Esta actitud crítica, y, al mismo tiempo, su renuncia a combatir el dogma revolucionario, le conducirá a la guillotina en un momento en que la revolución se ha deshumanizado hasta tal punto que los ciudadanos del París de 1794 claman enfebrecidos:

"Ustedes nos dijeron que matásemos a los aristócratas, porque eran lobos. Lo hicimos, los colgamos de la farola. Nos dijeron que Veto [Louis XVI] se comía nuestro pan, y lo matamos. Ustedes nos dijeron que los girondinos nos hacían pasar hambre, y los guillotinamos. Pero ustedes han despojado a todos los muertos. Nosotros, en cambio, continuamos descalzos, como en el pasado. Queremos arrancarles la piel de los muslos para hacernos calzones; queremos sacarles la grasa para que nuestra sopa tenga mejor sabor. ¡Muerte a todo aquel que no tenga huecos en su ropa! ¡Muerte a todos los que saben leer y escribir! ¡Muerte! ¡Muerte! ¡Muerte a quien emigra! Miren, ahí va un aristócrata: tiene un pañuelo. ¡A la guillotina!"

Violencia e hipocresía

Siendo así las cosas, no se entiende que los büchnerianos de hoy (antes marxistas), y todos cuantos les siguen, se sientan agraviados al ser tildados de violentos, ya que lejos de descartar la violencia, cuando menos especulan sobre su conveniencia y elaboran mensajes llenos de peligrosas aristas. Y aunque es verdad que, a pesar del ruido mediático, la inmensa mayoría de las personas que hoy se manifiestan lo hacen de manera cívica (de otra forma, con la cantidad de manifestaciones celebradas desde que afloró la crisis, España estaría ya arrasada), caen sobre ellas, como gotas de una lluvia persistente que cala hasta los huesos, mensajes de agitación y violencia travestidos de racionalidad y justicia.

Y el ciudadano común, que ya empieza a mostrarse bastante más que irritado ante tanta corrupción e inmovilismo, podría emular a Victor Hugo, que, como explicaba Magris, si bien renegaba del Terror, lo aceptó como el aldabonazo final de esa violencia secular que, precisamente, lo había engendrado. Así, en uno de los poemas de Victor Hugo, la cabeza cortada de Luis XVI reprocha a sus antepasados que hayan sido ellos quienes han construido, con su recalcitrante injusticia y latrocinio, la máquina que le ha decapitado. Simbología sobre la que deberían reflexionar muy seriamente, para evitar males mayores, nuestros políticos, que solo parecen estar interesados en seguir porfiando por cargos y prebendas.

La violencia y la caverna

En cualquier caso, después de tanto tiempo consintiendo tropelías e ignorando que la libertad y la prosperidad demandaban horas extra que, tan enfrascados como estábamos en nuestros propios asuntos, no quisimos dedicar, ¿seremos ahora tan inconscientes como para creer que España mejorará con un breve y colosal cataclismo?

Lamentablemente, en contra del dogma imperante, las revoluciones violentas no han hecho progresar a la humanidad. La Francia revolucionaria solo empezó a ver la luz cuando, después de su baño de sangre y tras décadas de guerras y dictaduras, el progreso tecnológico y económico cambió el orden social de manera informal. Después vendría el verdadero cambio político empujado por las nuevas generaciones, que penetraron en los entresijos del sistema, ocuparon puestos relevantes y, paso a paso, cambiaron las reglas del juego. Quizá sea hora de promover este proceso, en vez de apostar por una conmoción que, al final, solo sustituirá a la actual élite por otra bastante más expeditiva.

¡Oh, sí!, una plaza abarrotada donde ruedan las cabezas a centenares puede resultar una solución muy tentadora. Sin embargo, pese a que se le imprima una pátina de erudición, la violencia ni siquiera alcanza a ser la más burda, torpe y primitiva de las herramientas. No sirve para construir nada, ni viejo ni nuevo. Es, a lo sumo, una medida desesperada, inseparable de la calamidad. No es la salida sino la entrada a la caverna. Y, por supuesto, no dignifica al ser humano sino que lo envilece.


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