Game Over

Ellos, los demócratas

Según informaban en este medio el pasado miércoles 5 de junio Antonio Maqueda y Manme Guerra, el Gobierno no quiere ni de broma una autoridad fiscal independiente, tal y como demanda Bruselas. Negativa que justificaba un ministro con las siguientes palabras: “Se están poniendo muy pesados con esta entidad. Realmente lo que quieren es un controlador de carácter tecnócrata, y eso roza lo antidemocrático”.

Con la Iglesia se toparon los funcionarios europeos. ¿Un organismo independiente que controle a la casta? ¿Pero qué disparate es ese? Al anónimo ministro poco le faltó para calificar a los ocurrentes burócratas de fascistas, por ignorar que en España lo que manda es el selecto club de “nosotros, los demócratas”; o sea, el binomio políticos y establishment. ¿Fiscalizarlos a ellos? Sólo faltaba.

El santo y seña del selecto club de los farsantes

Sería misión imposible encontrar entre las decenas de miles de políticos que nos han colonizado en las últimas décadas uno sólo que, sintiéndose acorralado y a falta de mejores argumentos, no haya zanjado alguna cuestión espinosa con la frase “nosotros, los demócratas”; ese santo y seña del Régimen que corta en seco cualquier intento de escrutinio a los hacedores de favores.

Así es, en España mantener una actitud crítica y oponerse al ejercicio arbitrario del poder choca siempre contra ese muro de cinismo construido con esas tres palabras lapidarias: “nosotros-los-demócratas”. Y cada vez que los padres de la patria pulsan ese botón del pánico, el nivel de amenaza se dispara, hasta el punto de que insistir en cuestionar el modelo político y la verdadera naturaleza de sus instituciones conlleva, como primera providencia, la expulsión inapelable del mundo de lo políticamente correcto; ese paraíso, siempre a salvo de las crisis, donde las prebendas fluyen como un maná inagotable.

Cooperadores necesarios

Ante la amenaza de la exclusión, los primeros en claudicar al grito de ¡tonto el último! fueron los intelectuales. Hoy, cómodamente instalados a una distancia prudencial del peligro, divagan sobre cuestiones finalistas o se enzarzan en falsos debates. Cualquier cosa antes que chamuscarse los dedos denunciando que, tal y como sucedía en tiempos de Franco, los españoles seguimos sin ser dueños de nuestro destino.

Como virtuosas bailarinas del Ballet del Teatro Bolshói, las ‘grandes’ plumas del periodismo y el análisis político, salvo honrosas excepciones, pasan de puntillas sobre la farsa democrática española. De ahí que la última orden cursada de que, aun cuando sea para bien, al Rey ni mentarlo, ha sido cumplida a pies juntillas. Y a la ‘bunkerización’ del Régimen se suma con gran entusiasmo el catenaccio de los grandes grupos informativos, a la espera del rescate prometido. Es la ley del silencio que, como todos sabemos, es una de las tres patas de esta democracia de plástico.

Nuestros intelectuales y cronistas poco o nada se parecen a aquellos personajes que, ataviados con un traje viejo y raído, muchas veces prematura mortaja, pero con el porte erguido característico de los hombres libres, usaban su afilada pluma para denunciar y combatir los excesos del poder, tomaban el pulso al país y contaban siempre algo nuevo, revelador, en ocasiones subversivo.

Muy al contrario, el cronista de nuestros días vive en urbanizaciones valladas, con jardín y piscina, es avaro y pesetero y sólo mueve su pluma por dinero. Y gustoso, se deja agasajar por el poder, con el que, además de compartir mesa con mantel de hilo fino y cubertería de plata, a menudo coopera adornando con filigranas literarias sus mentiras.

La farsa democrática

Cualquiera de los personajes que hoy día dicen representar al pueblo español, los que fingen que gobiernan, los que mandan en la trastienda o los que sólo aprietan el botón de su escaño para votar al dictado de su jefe de filas, no son demócratas, no pueden serlo. ¿Cómo podrían ser merecedores de tal calificativo quienes sostienen un modelo político inviable, finiquitado, en el que brillan por su ausencia la igualdad ante la Ley, la separación de poderes y la representación directa? ¿Cómo pueden arrogarse el título de demócratas aquellos que conculcan los principios sagrados de la democracia clásica, con premeditación y alevosía, a cambio de un sobre con dinero? Al igual que no se puede aborrecer a los animales y declararse amante de la naturaleza, no se puede sentir aversión hacia la libertad del ciudadano común y presumir de demócrata.

Es evidente, incontestable, que quien se apropia de los más altos símbolos del Estado y convierte las instituciones en lugares opacos y corruptos, en meros instrumentos de esa economía cerrada del enriquecimiento ilícito que nos ha conducido a esta crisis, y no deja ni un solo organismo, por insignificante que sea, al margen de sus manejos, de demócrata no tiene nada. Increíble que a estas alturas haya que estar denunciando lo obvio.

Nunca antes fue más pertinente el refrán “dime de qué presumes y te diré de qué careces”. En efecto, en boca de quienes expulsan de las instituciones a la sociedad civil española, “nosotros los demócratas” resulta una frase irritante y dolorosa; un insulto a la inteligencia individual y colectiva. Sin embargo, y pese a ser cierto que la democracia no atraviesa su mejor momento en ninguna parte del mundo, en Europa ahora ya saben qué “demócratas” son estos. Y a lo mejor no les gusta y, aunque sólo sea por guardar las formas, protestan.

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Querido lector, el próximo jueves 13 de junio a las 19.30, tendrá lugar en el Centro Riojano, Calle de Serrano 25, la presentación del libro CATARSIS. Se vislumbra el final del Régimen, a la que está usted invitado. Intervendrán en el acto, además de los autores (Juan Manuel Blanco y un servidor), D. Pedro López Arriba, presidente del Centro Riojano, D. Jesús Cacho, periodista y director de Vozpopuli.com, y Jesús Espino, subdirector editorial de AKAL Ediciones.


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