Game Over

La democracia ha muerto, ¡viva la democracia!

Allá por el año 1886, Valentí Almirall retrataba así a la clase política española: “Unos y otros tienen más o menos desvergüenza, más o menos verborrea; unos y otros han logrado hacer una fortuna más o menos considerable, sin haberse dedicado en ningún momento a un trabajo útil y honradamente productivo”. ¿Sorprendente? No, en absoluto. Basta con echar una breve mirada al pasado para comprobar cuanta similitud hay entre los males que afligían a la España de 1898 y la del presente. Aquella de los caciques, los irreconciliables cantonalistas, demócratas, revolucionarios e integristas. La que se consolaba eligiendo entre Cánovas o Sagasta; Galdós o Pereda; Frascuelo o Lagartijo y cuya desazón describió magníficamente Burell como una depresión, enervamiento, una extinción de todo aliento, que alcanza tanto a Don Quijote como a Sancho. Y esta otra de 2012, que ha de elegir entre PP o PSOE, los programas basura o las tertulias teledirigidas, Ronaldo o Messi. La de los nacionalismos desbocados, la izquierda sectaria y la derecha estatista y centralista. Ambas españas tienen entre sí inquietantes paralelismos.

No es casualidad

A pesar de que las formas han cambiado, incluso podría decirse que hoy sigue siendo en parte vigente la encendida denuncia que Joaquín Costa hizo contra el establishment patrio en Oligarquía y caciquismo (1901). Ensayo que le supuso ser catalogado de antisistema, tal y como les sucede a día de hoy a quienes desde las inmediaciones del poder se atreven a hacer criticas muy severas y salirse del guión establecido. De hecho, estos años atrás, quienes se han aventurado a denunciar los abusos e ineficiencias del modelo político-económico y territorial español surgido de la Transición, absteniéndose de templar gaitas o hacer causa en favor de unos u otros, han sido tachados de antisistema. Y ahora que sus peores pronósticos se han cumplido milimétricamente –no podía ser de otra manera–, la clase política cierra filas e impone la ley de la mordaza y también un optimismo forzado, voluntarista y casi macabro. Un cerrojazo que también se produjo a finales del siglo XIX, generando tal sufrimiento que Silvela, en un artículo anónimo (quizá para no parecer tan vehemente como Costa), se preguntaba “¿Hasta cuándo, varones ilustres, seréis de corazón duro?”. Y terminaba afirmando, en referencia al estado de postración del país, que “donde quiera que se ponga el tacto, no se encuentra pulso”. Demasiadas similitudes con el momento presente como para pasarlas por alto.

Sin intelectuales

Sin embargo, todo es susceptible de empeorar. Y si bien nuestros antepasados tuvieron una intelectualidad más o menos representativa y beligerante, hoy ésta brilla por su ausencia o, en caso de existir, se ha vuelto servil, cuando no ciega y muda: invisible. De tal suerte que los mensajes de cordura sólo pueden fluir desde la sociedad. Pero sucumben ante el ruido de unos medios de información que, abrumados por el peso de sus deudas, deambulan de un lado a otro del espectro político, vendiendo sus servicios al mejor postor y pasando si es preciso en un santiamén de la apología y el elogio a la crítica destructiva y el pataleo y viceversa. Eso sí, en el trasiego se cuidan mucho de que no se deslice ni un sólo análisis serio y honesto, evitando que se produzca la más pequeña fisura por donde pueda penetrar un soplo de aire fresco o el más leve destello de luz. Porque una cosa es dar guerra en pos de los favores perdidos y otra muy distinta poner en cuestión al sistema en su conjunto. Con las cosas de comer no se juega.  

¿Reformas? ¿Qué reformas?

Ahora que nuevamente hemos tocado fondo como nación, las almas más candorosas y, también, las más interesadas, podrán consolarse con el deprimente logro de que Europa se vea en la tesitura de refinanciar nuestra deuda ante la inminente suspensión de pagos del Reino de España. Que lo disfruten, ya que es lo máximo a lo que podemos aspirar.

Lo único que preocupa a la clase dirigente es salvar el sistema financiero, pilar fundamental del actual modelo político-económico, donde se amontonan, además de las hipotecas de los españoles, las deudas mil millonarias de las grandes empresas, los pufos de estos caciques posmodernos amantes del lucro fácil y los agujeros dejados por los pelotazos de la clase política. Una vez se cierre este capítulo y el “rescate total” por fin salga a escena, la prioridad será que no parezca un rescate; es decir, que este desastre sin paliativos no sea percibido como una catástrofe.

Entretanto llega ese momento, Angela Merkel, tan germánica ella; es decir, tan coherente, se desgañita exigiendo reformas a nuestro gobierno. “¿Reformas?, ¿qué reformas?”, parecen contestarle con desdén desde Madrid. Y ahí siguen los padres de la patria, donde solían. Sin moverse un ápice. Avaros con sus gobernados y solícitos con la superestructura del Estado y esa economía adosada y elitista, que ha vivido de las rentas y las prebendas desde tiempo inmemorial.

A esta forma de gobernar tan cool nuestros políticos lo llaman pragmatismo. Pero no es más que el mismo servilismo decimonónico de siempre. El cual, en combinación con una democracia de plástico, ha podrido al Estado y convertido a la nación española en una caricatura. Y hasta que esta pobre democracia nuestra no dé un enorme salto de calidad, seguiremos varados en el tiempo y los calendarios y los relojes sólo servirán para desgranar las penas. Una vez más, España se encuentra en grave peligro de quedar rezagada. No una década como estiman los más optimistas sino varias.

Soluciones sencillas

¿Soluciones? Muy sencillas. Las ya sabidas. Esto es, muy a grosso modo: dinamitar el poder absoluto de los grandes partidos políticos, auténticas factorías de malhechores, oportunistas y tiralevitas, de tal forma que el político profesional quede reducido a la mínima expresión; instaurar una democracia digna de tal apelativo, avanzada y propia de los tiempos que vivimos. Y por último, lo que más irrita a la clase política en general, devolver las competencias a los ciudadanos y apostar por un sistema de libre entrada. Porque no se engañen, el problema no es centralizar o descentralizar el poder sino que éste, en la práctica, siga siendo hermético, tal y como viene sucediendo desde hace demasiado tiempo. No se trata de cambiar España sino las reglas de juego.

Esta apertura democrática que muchas voces ya demandan no se basa en “artificios e inventos”, como don Mariano los califica constantemente de forma peyorativa, pasándose por el arco del triunfo sin rubor alguno a decenas de eminentes intelectuales, investigadores y estudiosos, muchos de ellos extranjeros. Muy al contrario, los artificios e inventos son precisamente los que han dado forma al actual modelo político. Un engendro perverso sin solución de continuidad que urge cambiar si queremos, de una vez por todas, modernizar España y dejar atrás esta crisis que dura ya mucho más de cinco años, diría que más de cien.  


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