Game Over

La década negra, la crisis y el resplandor en el túnel

“No estamos ante una burbuja [inmobiliaria], pero estamos en una demanda muy poderosa que se mantiene, aunque se está moderando en el tiempo”. De esta forma tajante, el 25 de junio de 2003, el entonces Ministro de Economía del Gobierno de España, Rodrigo Rato, desacreditaba ad hominem el informe del semanario británico The Economist, que vaticinaba el pinchazo de la burbuja inmobiliaria y pronosticaba que, una vez se produjera, habría una bajada del 30% en el precio de la vivienda en tan sólo cuatro años. Un análisis que el tiempo no sólo ha demostrado correcto sino que ha revelado de una precisión asombrosa, pues desde el crash financiero de 2008 hasta hoy; es decir, en el transcurso de cuatro años, el precio de la vivienda en España se ha desplomado más de un 29%, aunque la previsión es que se devalúe otro tanto en el futuro.   

Meses después, concretamente el 6 de febrero de 2004, la economista jefe del área de banca de inversión de Société Générale, Véronique Riches-Flores, afirmaba sin ambages: "hay una burbuja inmobiliaria [en España]". Y añadía que ésta seguiría inflándose en el corto plazo, lo que acarrearía en el futuro efectos muy desfavorables –bien podría haber dicho catastróficos– para la economía española. Poco después de esta y otras muchas advertencias, se producía la victoria electoral del Partido Socialista en las Elecciones Generales de 2004. Y José Luis Rodríguez Zapatero era investido Presidente del Gobierno de España.

Tras el garrafal “error” de cálculo del gobierno popular, y más concretamente de Rodrigo Rato, quien aún hoy pasa por ser el ministro de economía más prestigioso de nuestra corta historia democrática, cabría haber esperado que el gobierno socialista estuviera prevenido del cataclismo que tarde o temprano habría de producirse. Pero lejos de ello, sometido a los lazos de sangre entre las seculares familias políticas y económicas y su relación directa con el lucrativo negocio del ladrillo, prefirió mirar para otro lado y dedicar todos sus esfuerzos a esa juego floral tan irresistible que es la ingeniería social. Lo cual no quita que hubiera algunos momentos estelares a cuenta de la cada vez más amenazante burbuja inmobiliaria, como aquella iniciativa del 1 de marzo de 2006 de María Antonia Trujillo, a la sazón ministra de Vivienda, que regaló 10.000 pares de zapatillas Keli Finder para que los jóvenes patearan las calles en busca de un piso que nunca encontrarían.

Repasando los hechos, surge la duda de si esta cadena de errores, que duró casi diez años, fue fruto de la ignorancia o hubo algo de mala fe y, sobre todo, cortoplacismo. La burbuja proporcionaba unos ingresos fiscales que, aunque se sabían coyunturales, vinieron muy bien a la clase política. De hecho, lejos de frenarla, se adoptaron medidas que la inflaron, tanto desde España (deducción fiscal a la compra de vivienda) como desde Europa (tipos de interés muy bajos). Y se usaron los ingresos temporales para compromisos de gasto permanentes con las consecuencias por todos conocidas. Sea como fuere, desde aquel 2003 lleno de malos presagios, en el que el presidente José María Aznar, más preocupado por la geopolítica del “amigo americano”, la gloria inmortal y, sobre todo, la cercanía de las elecciones generales, prefirió no dar un golpe de timón en lo económico que fuera interpretado como una señal de alarma, pasando por las dos catastróficas legislaturas de José Luis Rodríguez Zapatero, hemos vivido la apoteosis de todas y cada una de las ineficiencias de nuestro modelo político que, por fuerza, desembocaron en aquella Noche deWalpurgis del 9 al 10 de mayo de 2010, en la que España fue declarada, mediante aquella intempestiva llamada telefónica procedente de Berlín, una nación financieramente inviable.

Desde esa noche negra, en la que Elena Salgado –entonces vicepresidenta del gobierno– lloró desconsolada, presa de un ataque de nervios, y pese a las diversas treguas que la “malvada” Alemania nos ha facilitado, las cosas no han hecho sino empeorar a un ritmo escalofriante por culpa del cálculo político. Y ahora que, por fin, el miedo ha traído consigo una batería de medidas que, aunque precipitadas y con un fuerte aroma a expolio, tratan de evitar que nos despeñemos, Alfredo Pérez Rubalcaba y el Partido Socialista en pleno, de la mano de esa otra izquierda irreductiblemente marxista y trasnochada, parecen decididos a hacer olvidar su complicidad en el desastre por la vía de la algarada. Lo cual viene a ser como amotinarse contra sí mismos; es decir, una tomadura de pelo.

La salida del túnel está a un palmo de nuestras narices

Por más que clamemos al cielo, estamos inmersos en un proceso de afloración de mano de obra sobrante que está siendo expulsada en masa por el inevitable colapso de nuestro modelo político-económico. Este ajuste brutal, que hasta la fecha se había limitado al sector privado, tras cuatro años de desplome de la actividad económica ha impactado de lleno contra la superestructura del Estado, comunidades autónomas y ayuntamientos. De tal forma que en España ningún empleo o prestación es ya seguro. Señal inequívoca de que este Estado social y de derecho, engañosamente viable durante años gracias al proverbial ladrillo, que ahora todo el mundo aborrece, está más muerto que vivo. Y puesto que no hay a la vista un sector productivo lo suficientemente poderoso como para mantener en pie el artificio, esas administraciones públicas hipertrofiadas, convertidas en el refugio de millones de personas sobre las que se eleva una prolífica clase política colmada de privilegios, deberán ser reformadas.

Aquella España eminentemente agrícola, con un tejido industrial obsoleto que, noqueado por la crisis del petróleo de los años setenta, fue prácticamente finiquitado tras la reconversión industrial de los ochenta, optó por el camino más rápido y terminó siendo el país del turismo y el ladrillo. Y, después del crash financiero de 2008, sólo queda lo primero, que es a todas luces insuficiente para sostener ese Cuarto Estado de “lo público”. En consecuencia, los estímulos que de verdad hacen falta, y que hay que combinar con la austeridad más estricta, son muy claros: eliminar trabas y requisitos para reconstruir el mercado interior, apostar todos nuestros pagarés sin fondos al caballo ganador de la economía de acceso libre y dar tiempo a que surjan nuevas empresas y sectores productivos capaces de competir dentro y fuera de nuestra fronteras. Todo ello requiere, sí o sí, Don Mariano, reformar el modelo político y territorial siguiendo criterios de racionalidad y nunca partidistas o ideológicos. Un complejo proceso que deberíamos haber abordado hace más de diez años y que, hoy, hay que acometer a la carrera. Se trata de aprender a crear riqueza, nuestra eterna asignatura pendiente. Pues de cómo repartirla somos consumados maestros, por eso estamos donde estamos. El sector privado ya ha empezado a andar este camino. Ahora toca que la clase dirigente y sus grupos mascota dejen de ser el nudo gordiano que impide la modernización de España. 

Twitter: @BenegasJ


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