Game Over

La corruptocracia y el triunfo del cinismo

Decía Milan Kundera (Brno, 1929) allá por los años ochenta que «en estos días sólo pueden ser optimistas los cínicos». Y es que el escritor checo creía que si bien después del derrumbe del régimen comunista florecería de nuevo la esperanza, la desmemoria y la insoportable levedad del ser no tardarían mucho en aguarnos la fiesta.

Kundera había acusado al comunismo de ser una utopía condenada a transitar del paraíso al infierno (Toda utopía comienza siendo un inmenso paraíso que tiene anejo un pequeño campo de concentración para rebeldes a tanta felicidad; con el tiempo, el paraíso mengua en bienaventurados y la prisión se abarrota de descontentos, hasta que las magnitudes se invierten). Sin embargo, una de sus obsesiones más turbadoras era que las sociedades occidentales, lejos de velar por la virtud, se volvían cada vez más inconsistentes y frívolas. Sus gobernantes no veían ya los más elevados principios como algo sagrado, trascendente, sino como valores inmanentes que podían someterse a sus intereses. Y no iba descaminado. Ambas actitudes, la de los gobernantes y los gobernados, dejaron el camino expedito a la política del corto plazo, la cual, a cambio de hipotecar el futuro, ha satisfecho las demandas inmediatas de unas sociedades cada vez más irresponsables, infantiles y nihilistas.

Infección y gangrena

Si esta visión utilitarista de la política, en la que el fin justifica los medios y sólo preocupa lo inmediato, lo nuestro, ha terminado por provocar enormes desperfectos en democracias consolidadas y auténticas, en el caso de España, donde el poder político carece de los más elementales controles, los daños tenían que ser por fuerza devastadores.

Cuando en un Estado las reglas son arbitrarias y su aplicación discrecional, termina imponiéndose la dictadura del oportunismo. No hacen falta siglos sino unos pocos años para que lo formal (el gobierno de los principios) se vea desplazado por lo informal (los intereses del corto plazo). En poco tiempo la nueva cultura se propaga de arriba abajo, afectando a una gran mayoría de individuos, hasta que finalmente la sociedad acaba embarrancando en esa zona gris, donde quien más y quien menos predica en público una cosa mientras que en privado hace justamente la contraria. Es el triunfo del cinismo.

Cuando el interés se traviste de principios

Especialmente ilustrativo es el reciente “motín” de la Radiotelevisión Valenciana. Pues si bien es imprescindible hacer una auditoría de la gestión de este ente público, que deja tras de sí una deuda de 1.300 millones de euros, ¿no habría también que auditar la conducta de sus trabajadores, por cooperar, aun de forma pasiva, con este enésimo saqueo? De hecho, ellos mismos reconocen que durante años traicionaron a su audiencia, acatando las consignas y los silencios impuestos por los gerentes. Y sólo cuando su contrato está a punto de extinguirse han decidido rebelarse.

Este proceso se ha repetido en innumerables ocasiones a lo largo de estos años de zozobra, de tal suerte que hoy es habitual encontrar políticos de dilatada carrera que, al ser privados de sus privilegios por sus jefes de filas, ahora se aferran a los principios traicionados para volver por sus fueros. Lo mismo ocurre con no pocos periodistas de partido que, una vez engrosan las listas del paro, transitan de la antes rentable servidumbre a la defensa impostada de la Libertad y la Justicia.

En general, uno se maravilla del celo que súbitamente en estos tiempos de crisis muchos están demostrando. Profesores y alumnos manifestándose por la calidad de la enseñanza, enfermeros y médicos que se echan a la calle para defender el derecho de los ciudadanos a una salud de hierro, barrenderos inquietos por la falta de recursos con los que mantener las ciudades limpias como patenas. En definitiva, gremios de todo tipo y pelaje que andan muy preocupados; torbellino de conciencias que despiertan para descubrir el valor de la política como servicio público, el periodismo independiente como salvaguarda de la democracia, el conocimiento como medio para la liberación del pueblo y la atención médica universal como garantía de progreso. ¡Cuánta virtud floreciendo de manera atropellada! Lástima que España fuera una silenciosa catacumba cuando todo se pudría.

Cada vez resulta más evidente que no discurrimos por un túnel sino que estamos atrapados dentro de una caverna. Quizá para volver a ver la luz del día debamos ser mucho más racionales y, de paso, no sólo denunciar a los caciques sino también nuestras propias imposturas. De lo contrario, Kundera tendrá razón: sólo podrán ser optimistas los cínicos, es decir, los que mandan y manejan la pasta y, también, quienes de una forma u otra están dispuestos a venderse por un plato de lentejas.


Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba