Game Over

Ese corralito llamado instituciones

Hace no mucho, la diplomacia de cierta nación africana de ochenta millones de almas organizó en un bello edificio de Madrid un acto cultural cuyo fin era persuadir a nuestra infantería empresarial, esa a la que nuestra clase política pone palos en las ruedas, para que buscara en ese remoto país las oportunidades de negocio que aquí se le niegan. El evento, que hace no tanto habría resultado casi desierto, fue un éxito. Y en un curioso ambiente, donde se mezclaba la arquitectura neorrománica con lienzos de motivos étnicos, se dio cita un nutrido grupo de empresarios surgidos de todas partes.

Llegar, trincar y marcharse

Concluida la jornada, en uno de los corrillos que suelen formarse al final de estos encuentros, tuvo lugar un peculiar rifirrafe. Un hombre menudo y engominado, que se resistía a ver la aventura africana como algo más que una exótica sugerencia, se lanzó a enumerar, quién sabe si como terapia de autoayuda, los signos de la incipiente recuperación económica. Y en esas andaba el hombrecillo cuando un tipo de buena planta, bien cumplidos los cincuenta y aspecto de haber recorrido medio mundo, le interrumpió bruscamente diciendo: “Desengáñese, España es un país para llegar, trincar y marcharse. No un país para hacer empresa”. Bofetada dialéctica en toda regla que, sin embargo, y a pesar de la indignación del aludido, fue recibida por el resto como una afirmación liberadora.

Cierto es que hace falta algo más que la convicción de un modesto empresario, por mucho mundo que haya conocido, para elevar semejante sentencia al altar de las verdades inapelables. De hecho, podría pensarse que sus palabras destilaban catastrofismo o que él mismo era un fatalista. Sin embargo, aquel hombre no era tal cosa. No puede serlo quien, lejos de rendirse a la adversidad, tiene el valor de dejarlo todo, incluida la familia, y buscar nuevos mercados en un lugar lejano, muy diferente y, quizá, peligroso.

Lo cierto es que aquel tipo irreverente ya había pasado hacía tiempo por el trance de ese enfermo de depresión que, angustiado, decide acudir al psiquiatra para contarle sus penas. Y al que el buen doctor, tras escuchar pacientemente, le reprende diciendo: “Querido, usted no es un enfermo de depresión, sencillamente tiene motivos más que suficientes para estar deprimido. Acéptelo”. Así, mientras los demás o bien se engañaban a sí mismos, como el hombrecito repeinado y diminuto, o bien lamentaban su suerte, él, inasequible al desaliento, preparó las maletas.

Del español con espíritu de frontera a la España nihilista

Uno de los principales inconvenientes que tiene la verdad en un entorno donde la mentira es la norma es que, además de resultar escandalosa o directamente subversiva, se vuelve reiterativa y cansa a las mentes más tiernas. Sin embargo, bien merece la pena repetir una vez más que el verdadero problema de España no es económico sino institucional, cuestión esta que ese empresario irreductible denunció aquel día a su manera.

Sin embargo, al otro lado del espejo, en ese mundo irracional donde manda la farsa política, el problema institucional es sistemáticamente ignorado. Todo se fía a la inminente salida de la recesión que, según dicen, llegará con más intensidad de lo previsto. Lamentablemente, por más que la coyuntura económica mejore, la situación para el común no va a variar en demasía. Porque, como dijo Talleyrand, «Lo que no puede ser, no puede ser y además es imposible». Conclusión a la que, sin duda, llegarán sin mucho esfuerzo todos aquellos para quienes Ronald Coase, Armen Alchien, Oliver Williamson y Douglass North no sean nombres de jugadores de la Premier League.

Las barreras de entrada a la política y la economía, que sospechosamente ni este gobierno ni ningún otro suprimen, siguen estando donde siempre, rodeando como una empalizada ese corralito en el que han degenerado las instituciones, hoy por hoy dedicadas a detraer rentas y repartirlas a conveniencia; es decir, alienar y expoliar a unos y privilegiar y enriquecer a otros. De esta manera, se da forma a una España nihilista, donde nos hemos quedado a medio camino entre el “Hombre del subsuelo» de Dostoievski y el «Ultrahombre” de Nietzsche: una sociedad paria a merced de políticos sin principios, medios de comunicación serviles, empresarios tramposos y banqueros sin escrúpulos.

Tenía toda la razón ese outsider, que a buen seguro hoy estará en tierra africana. Aún falta para que la crisis del común concluya. Un par de años, veinte o doscientos. Difícil saberlo cuando las élites, con el Rey a la cabeza, se niegan a desmontar un entramado en el que tan plácidamente parasitan, y que, por ley –su ley– han de costear los sufridos españoles. 36.590 millones de euros al año sólo en intereses nos cuesta ya este corralito institucional. Y así piensan seguir, sin cambiar una coma. Si acaso, para prevenir cualquier desafuero, estarían dispuestos a rizar el rizo y meterse en ese jardín de legislar para tener dos reyes en funciones: uno titular y otro suplente. Y como no sea que un ciclón se lleve por delante a toda esta caterva de serviles, a sus donantes y al monarca que los alumbró a todos ellos, no veo la manera de que España deje de ser ese país deprimido, donde el que más y el que menos ha pensado en hacer el equipaje.

En cualquier caso, no se engañen. De todos sigue dependiendo cambiar las cosas, aunque cierto es que cada día que pasa tal proeza se antoja un poco más difícil.


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