Game Over

La autodeterminación inútil

Relataba Paul Johnson (Mánchester, 1928) en Tiempos modernos que, "el arreglo impuesto en los años 1814 y 1815 por el Congreso de Viena después de las guerras napoleónicas […] consistió en restablecer, en la medida de lo posible, el sistema de las monarquías principales y secundarias de derecho divino que existían antes de la Revolución Francesa, como el único marco en que los hombres aceptarían las fronteras europeas en cuanto legítimas y duraderas".

Así, con la caída de las viejas dinastías monárquicas de Centroeuropa y Rusia tras la Primera Guerra Mundial, desaparecieron las únicas instituciones que mejor o peor habían mantenido unidas sociedades multirraciales. Las fronteras tradicionales se desdibujaron y las tensiones étnicas se convirtieron en un grave problema, de tal suerte que algunos intelectuales llegaron a la conclusión de que lo único que podía reemplazar a las desaparecidas instituciones monárquicas era el “nacionalismo moderno”.

En un principio, las potencias victoriosas vieron en esa idea más un arma de doble filo, que podía volverse contra sus propios intereses territoriales, que una solución. Pero la creciente inestabilidad territorial que amenazaba colapsar Europa hizo que finalmente alentaran la “autodeterminación nacional” como uno de los “fines de la guerra”. Y el principio de autodeterminación, convenientemente bendecido por la intelectualidad europea, fue elevado a la categoría de derecho moral básico.

Desde entonces hasta hoy la autodeterminación ha sido una de las pesadillas que Europa ha regalado al mundo. Y no sólo porque su aplicación, lejos de poner fin a los problemas, los enquistara, dando lugar a conflictos interminables, sino porque, tal y como advirtió Karl Popper, "la autodeterminación era un principio contradictorio, pues la 'liberación' de pueblos y minorías sencillamente creaba más minorías". Lo peor, con todo, es que este concepto ambiguo y poliédrico dio alas a una nueva clase de Estado extraordinariamente vigilante e intrusivo, en el que el sentimiento de pertenencia a la tribu anulaba al individuo.

La fórmula del Congreso de Viena y el vacío democrático

Sirva esta introducción, antes que nada, para poner de relieve que quienes pergeñaron la transición política española de 1978, o bien se habían fijado en la solución del Congreso de Viena de 1814, o bien llegaron a reproducir la misma fórmula de manera fortuita. Sea como fuere, el franquismo y sus herederos, a la vista de los seculares problemas de España, vieron en la monarquía el único marco en el que los españoles aceptarían las fronteras existentes como legítimas y duraderas. Más allá de esta idea la voluntad de dar paso a una organización política moderna, eficiente y representativa era casi inexistente.

De aquellos polvos, estos lodos. Treinta y cinco años después la profunda crisis española ha evidenciado que la Transición de 1978 no alumbró unas instituciones democráticas al servicio de la sociedad, ese gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo,que dijo Abraham Lincoln, sino que fue una solución de compromiso, un mero reparto. España fue dividida en 17 porciones y se colocó en todo lo alto una corona. Y aunque se hicieron algunas concesiones en materia de derechos y libertades, el Régimen conservó casi intactas sus esencias. El invento funcionó durante un tiempo. El Rey movía su regia muñeca y el pueblo arrobado sonreía. Sin embargo, era sólo cuestión de tiempo que este viejo statu quo generara problemas irresolubles.

El otro “derecho a decidir” que irrita a los políticos

Es evidente que los políticos nacionalistas aprovechan la decrepitud institucional española y el creciente descontento social para vender la independencia como si fuera el bálsamo de Fierabrás a una sociedad catalana intoxicada tras décadas de propaganda. Y cierto es también que hay quienes tienen una visión monolítica, igualmente interesada, que no se compadece con la diversidad de España. Pero quizá sea mejor dejar ese debate bipolar, tan extenuante como inútil, en el que se reproduce el “¡y tú más!” de siempre, y abordar el problema desde una perspectiva más amplia.

El hecho es que a los españoles, catalanes incluidos, se nos privó en su día de un proceso constituyente que legitimara debidamente la forma de gobierno, el modelo territorial y las instituciones; es decir, la “modélica” Transición nos negó la libre determinación. Fechoría en la que los nacionalistas fueron cooperadores necesarios, lo cual tiene su gracia. En consecuencia, no alcanzamos la categoría de ciudadanos. Vistos los antecedentes es fácil adivinar que la independencia de una región no va a traer consigo más libertad y prosperidad para sus habitantes; es decir, no les hará más felices. Sólo la trasferencia de competencias a favor del individuo, y no de un territorio, podría mejorar sus expectativas de futuro.

Pero tal cosa no figura en la agenda de los políticos nacionales y tampoco en la hoja de ruta de los líderes independentistas. Para unos y otros seguimos siendo los siervos de la gleba, esos pobres seres que, a mayor gloria de los señores feudales, estaban vinculados a la tierra de igual forma que el ganado. Dicho lo cual, queda por ver si también terminaremos engrosando sus mesnadas, porque en esta España desarticulada cualquier calamidad es posible.


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