Game Over

El ataque de España contra el Mercado

“Lo que hace años fue el fantasma del ruido de sables, es ahora el ruido de la intervención: la estrategia del miedo y la sumisión”. Esta frase, recogida de forma literal en el Twitter de Gaspar Llamazares este pasado jueves 12 de abril, justo el día después de la enésima tormenta de los mercados, es un espléndido ejemplo de cómo suplantando el pensamiento racional por ideología se puede pervertir la realidad hasta hacer de ella un arma arrojadiza inasequible a la razón. Por medio de la ideología, no sólo algunos políticos sino también no pocos españoles interpretan los acontecimientos más transcendentes sin necesidad de realizar el más elemental análisis, de tal forma que pueden poner cualquier suceso, por complejo y diferente que éste sea, en línea con sus creencias.

Escribía Jean-François Revel que “es duro vivir sin ideología, ya que entonces uno se encuentra ante una existencia que no conlleva más que casos particulares, cada uno de los cuales exige un conocimiento de los hechos único en su género y apropiado, con riesgos de error y de fracaso en la acción”. Cierto, vivir sin ideología es agotador, pues nos obliga a ejercitar constantemente el intelecto; es decir, devanarnos los sesos sin garantía alguna de éxito y con el error siempre al acecho. Por eso preferimos no pensar demasiado y afiliarnos a esa religión pagana que es la ideología para alcanzar, por derecho o por fuerza, el paraíso en la tierra. Y esta preferencia tiene serias consecuencias.

La aversión a la realidad tiene efectos secundarios

Desgraciadamente el mundo real en el que vivimos es un complejo entramado de relaciones económicas, compromisos y acuerdos con terceros en el que las consignas políticas no tienen ningún valor como moneda de cambio, salvo que estemos dispuestos a que nos traten como apestados allí donde vayamos.

El sometimiento voluntario a la ideología por parte de determinados políticos, y, también, de un número sustancial de ciudadanos, es sólo una pequeña fracción del problema: la más visible. Lo peor, con mucho, son aquellos otros políticos que, supuestamente libres de estas ataduras, actúan igualmente condicionados por ese poso ideológico que se ha extendido de manera horizontal a lo largo y ancho de la sociedad. De tal suerte que es casi imposible que nuestros líderes tomen las decisiones que son imprescindibles y que las reformas estructurales tengan la profundidad necesaria.

Ante esta incapacidad de reformar el sistema político-económico y crear expectativas favorables en el medio y largo plazo, lo único que queda es tomar medidas que influyan en el ánimo del mercado al menos en el corto plazo. Esto es, subir el IRPF, aumentar los impuestos indirectos y realizar fuertes recortes presupuestarios. Lo cual, con la inestimable ayuda del BCE, ha dado lugar a un breve periodo de aparente calma que ya ha concluido. Sin embargo, es un secreto a voces que lo realizado hasta la fecha no nos sacará de la espiral de deterioro económico. Es más, tendrá efectos adversos. Los inversores lo saben y han bastado poco más de 100 días para que tengan serias sospechas respecto de la capacidad de España para reformarse. Y esto es ya un problema mayor.

¿Quién conspira contra quién?

Nada más lejos de la realidad que el Mercado –es decir, los inversores–  desee la quiebra de España. Es seguro que, como en todo desastre humano, bien sea una guerra o una crisis económica, existan individuos y empresas que aprovechen la coyuntura para enriquecerse. Pero la inmensa mayoría de los inversores y prestamistas sufrirán enormes pérdidas si España llega al default. Así que el sentimiento mayoritario en de gran preocupación y no de felicidad. Lo que no quita que, ante el creciente nerviosismo, la mayoría pueda optar por salvar los muebles, tratando de minimizar pérdidas y sin pararse a pensar en la forma ni en las consecuencias.

Sea como fuere, lo que el mercado ve es un sector bancario que tiene más activos inmobiliarios problemáticos que sanos, el 54,1% frente al 45,9%, y una exposición total al “ladrillo” de bastante más de 300.000 millones de euros. Una situación que se agrava cada día, puesto que el precio de la vivienda ha descendido un 25% desde los máximos de 2008 y esta depreciación no ha recorrido aún ni la mitad de su camino. A esto hay que añadir que Portugal está cada día más cerca de tener que negociar una quita de deuda, lo que pondría en riesgo otros 79.000 millones de los bancos españoles. Además, la actividad del sector manufacturero español se situó en el pasado mes de marzo en 44,5 puntos, el peor nivel en los tres últimos meses, lo que es un signo evidente de una fuerte contracción económica que, a su vez, hará que la reestructuración bancaria precise más fondos para consumarse.

Por otro lado, pese a que existieran poderosas razones para ello, el mercado entiende que España ya ha fallado en el cumplimiento del déficit para 2012. Pues el objetivo “irrenunciable” era el 4,4% y no el actual 5,7%, acordado in extremis con Bruselas. Y ya descuenta que España no cumplirá con el 3% pactado para 2013. Tampoco la evolución del desempleo ayuda sino más bien todo lo contrario. Si el índice de paro general es elocuente (23,6%), el juvenil (50,5% en los menores de 25 años) es sencillamente catastrófico y en el exterior crea verdadera alarma. Y por si todo esto no fuera suficiente para incendiar los mercados, la obstinación por supeditar la presentación de los PGE a las elecciones andaluzas, además de hacer perder un tiempo precioso, delató la importancia que tenía para el Gobierno y su política de austeridad controlar la región más poblada de España. Por lo que el fracaso del PP en Andalucía se ha convertido en un nuevo elemento de preocupación que se suma a la resistencia mostrada por las comunidades autónomas a la política de austeridad del gobierno central. Como colofón a toda esta batería de desastres, hay que añadir el broche de oro de los 60.000 millones de financiación añadida para que CCAA y ayuntamientos hagan frente a las facturas de proveedores y contratistas. Un mensaje muy inoportuno que dice alto y claro a los inversores que nuestro reino de taifas es algo mucho peor que un pozo sin fondo: un agujero negro.

Para aquellos miembros de este Gobierno que sean duros de oído, lo que está en juego no es el Estado de bienestar sino España tal cual, con todos sus ciudadanos y sus pertenencias, sus ahorros y deudas; propiedades e hipotecas. Todo, absolutamente todo en un único lote. Por ello, es mucho más que urgente dejar las querencias ideológicas y los intereses particulares a un lado y gestionar a cara de perro este desastre o es seguro que sucumbiremos ante la inapelable racionalidad del Mercado antes del mes de julio.

Twitter: @BenegasJ


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