Game Over

Los años que vamos a vivir peligrosamente

Lo ha dicho el propio director de este diario: “Vamos a vivir cuatro años terroríficos pero apasionantes”. Y coincido con la afirmación. Lo que no sé, y quizá nadie sepa, es si serán cuatro años, seis o una década. Sean los que fuere, se vislumbran terroríficos en cuanto a las enormes dificultades económicas a las que nos vamos a enfrentar. Pero también hay otras amenazas que, sin ser de índole económica, son igualmente inquietantes.

De un lado, algunas viejas ideologías, hoy caricaturas desprovistas de todo bagaje racional y fiadas casi por completo a lo emocional, están alimentando corrientes populistas. Y a través de ellas, abriéndose paso, vuelven las tentaciones veladamente totalitarias de la mano de una parte de la sociedad que confunde el interés general con la urgencia de solucionar sus graves problemas particulares o, sencillamente, con la satisfacción de sus delirios ideológicos. Lo que puede llevar a que se cometan tropelías en perjuicio no del “sistema”, al que se dice detestar, sino de sus semejantes.

No son pocos los que quieren declarar proscrito al Capitalismo. Y, con él, a los bancos y a los mercados. Y desde ahí hacia abajo cualquier cosa es posible. Dada la enorme velocidad a la que se degrada la economía, en menos que canta un gallo, aquél que tenga dos casas podría ser tachado de “rico”, y ello justificaría que le expropien u ocupen alguna de ellas. Por si fuera poco, la necesidad recaudatoria de los estados, que avanza pari-passu a la degradación económica, amenaza con derivar en políticas fiscales cuasi confiscatorias y en una inseguridad jurídica crónica. Y, entre unas cosas y otras, quién sabe si el derecho a la propiedad privada puede terminar en la práctica siendo un derecho imposible. Lo cual no es cualquier cosa, ya que si para algo existen los estados es precisamente para asegurar un entorno de legalidad estable y proporcionar protección, tanto a los ciudadanos como a sus propiedades.

¿Son los políticos o el Mercado?Entretanto la sensación de vértigo se convierte en algo generalizado, parece que algunos políticos, con el fin de zafarse del escrutinio público, se dedican a alimentar los más bajos impulsos de muchos ciudadanos, ofreciendo, una tras otra, víctimas propiciatorias. Primero fueron los especuladores, al poco tiempo la banca y finalmente el Mercado. Una caza de brujas con la que distraer las cuestiones fundamentales y ganar tiempo, pues cada vez parece más claro que el mal funcionamiento de los sistemas políticos y la visión interesada y cortoplacista de nuestros gobernantes son los ingredientes fundamentales de este desastre.

Sin embargo, lejos de asumir cualquier responsabilidad, en Europa preparan ya una nueva batería de medidas regulatorias, entre las que se incluye prohibir que las agencias de calificación puedan hacer públicos sus informes de solvencia de los estados, so pretexto de que los “especuladores” no ahonden más en la herida. No sería nada descabellado pensar que, con estas medidas, lo que los gobernantes quieren es asegurarse la absoluta opacidad de su gestión.

Llegados a este punto, conviene saber que para evitar el actual desastre, habría sido suficiente con que la labor de inspección de las instituciones dedicadas a ello se hubiera realizado de manera conveniente. También habría ayudado, y mucho, que la gestión del crédito no hubiera obedecido a criterios políticos sino a la justa y ponderada valoración de la oportunidad y el riesgo en cada caso particular. Por último, habría sido de agradecer que el precio del dinero no fuera manipulado, porque nos habríamos evitado endeudarnos hasta cotas insoportables. Siendo así las cosas, resulta más que dudoso que, para poner coto a los más avariciosos, la solución consista en una mayor capacidad regulatoria, máxime cuando ésta será utilizada discrecionalmente por los propios políticos.

La estrategia de señalar culpables para, a continuación, incrementar la capacidad regulatoria es una estrategia muy peligrosa que puede volverse contra la clase política, y contra todos nosotros, como un bumerán. Alguien debería decirles a algunos políticos y a quienes están siendo manipulados por sus diatribas que “quejarse de que la economía libre favorece a los ricos es como quejarse de que la libertad de expresión favorece a los elocuentes”. A fin y al cabo, a cuento de salvar la economía lo que nos estamos jugando es la Libertad.

Sí, los años que vamos a vivir, o mal vivir, serán terroríficos y apasionantes. Pero, sobre todo, muy peligrosos. 


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