Game Over

El adiós del Liberalismo que nunca existió

Más allá del espectáculo acrítico protagonizado por aquellos que se han limitado a hacer un encendido elogio de su figura, la retirada de Esperanza Aguirre de la primera línea de la política debe servir para despertar a aquellos que dormitaban creyendo que alguien, desde dentro del Partido Popular, estuviera en disposición de torcer el rumbo de los acontecimientos. Y en este sentido, su marcha ha dado paso a una interesante mezcla de desolación y esperanza. Desolación en el corto plazo entre los más incondicionales, porque temen que la joya de la corona, la Comunidad de Madrid, hasta ayer falso bastión de la resistencia ante la marea populista y socialdemócrata que asola España, quede descabezada y a los pies del rodillo marianista y, en última instancia, a tiro de piedra de la izquierda. Y de esperanza en el largo plazo en lo que respecta a los verdaderos liberales, pues la dimisión de la presidenta liquida los restos de esa ficción, ese espejismo, según el cual en la política española existía algo remotamente parecido a una corriente liberal a la europea con voz y voto.

¿Liberalismo, dónde?

Los hechos son tozudos. Con los gobiernos de Esperanza Aguirre, el sector público en la Comunidad de Madrid, lejos de reducirse, ha alcanzado sus más altas cotas. Algunas muestras de ello son que el número de colegios e institutos públicos se ha triplicado, el consorcio de transportes madrileño es hoy por hoy uno de los más desmesurados de Europa, si no del mundo, el agujero de las empresas públicas de la CAM es de 1.678 millones de euros (196 millones más que hace un año), el crecimiento de la deuda pública es del 6,2% anual (ya en los 17.208 millones) y las perdidas de la televisión pública madrileña rozan los 900 millones (1.175 trabajadores en plantilla). Es decir, en general, y pese a que la gestión pudiera parecer más eficiente, el error ha sido el mismo que en el resto de regiones: convertir los ingresos temporales en compromisos de gasto permanentes. Lo que ha engordando la burbuja política y dado lugar al consiguiente nepotismo.

En resumen, pese a que haya quien pueda consolarse pensando que algunas regiones están en peor situación, La Comunidad de Madrid es, en la práctica, el paradigma del estatismo insostenible que asola España y que nos está llevando a la quiebra. Basta con darse un paseo por la región para comprobar los centenares de banderas de estrellas blancas sobre fondo rojo que penden de fachadas o coronan edificios. Y aunque es cierto que la crisis ha obligado recientemente a eliminar alguna consejería, cerrar unas cuantas empresas públicas, reducir mano de obra sobrante, ampliar jornadas laborales y recortar las nóminas a los funcionarios, en lo que respecta a la parte mollar del aparataje institucional no ha habido adelgazamiento –no podía haberlo–.  La burbuja política no sólo está intacta sino que ha aumentado de tamaño. ¿Liberalismo, dónde?

Mucho más que doctrina económica

No se trata de caer en el fulanismo sino de ir mucho más allá. Y en este sentido, la crítica que se puede y debe hacer respecto de la figura de Aguirre como política no es que la ex presidenta y sus más incondicionales valedores, lejos de defender los principios liberales hasta la extenuación, terminaran enterrándolos. Ni que se apropiaran en exclusiva de la bandera liberal, impidiendo que alguien pudiera enarbolara fuera de su ámbito de influencia. Y tampoco que quienes formaban parte de ese presunto cuerpo liberal, bien desde dentro del propio partido o bien desde sus inmediaciones (viveros y fundaciones hay para dar y tomar), hayan vivido y vivan, de una manera u otra, del erario público. No, ese no es el problema. Lo que ha causado un daño casi irreparable ha sido ese uso facultativo y a conveniencia del liberalismo del que no solo Esperanza Aguirre sino todos aquellos liberales que militan en el Partido Popular han hecho gala. De tal suerte que a día de hoy, en España, pasa por liberal cualquier conservador que abjure de los impuestos. Y no es eso, no.

No se es liberal por defender la supresión de los impuestos, poner a dieta al Estado, recentralizarlo y aplicar determinadas teorías económicas. El liberalismo es una cuestión de principios. Una forma de defender el valor individual de la persona frente a la colectividad y el poder coercitivo del Estado, de tal suerte que el individuo pueda ser actor fundamental del progreso y prosperidad. Lo cual, antes que nada, implica velar por el correcto funcionamiento democrático, la defensa a ultranza de la igualdad ante la Ley, la separación de poderes y la lucha contra los privilegios y distinciones. Éste liberalismo va más allá de Ludwig Heinrich Edler von Mises o Friedrich August von Hayek y el dogmatismo. Pone en valor la Democracia y defiende un sistema de libre entrada, capaz de generar riqueza y garantizar un reparto espontáneo y, por lo tanto, más equitativo.

A cuenta de esta crisis, no son pocos los que han apuntado su dedo acusador hacia las políticas liberales, responsabilizándolas de los males que nos afligen. Y en cierta forma no les falta razón, ya que los políticos presuntamente liberales, al abjurar de sus principios, han terminado siendo corresponsables de esta crisis. Ahora, quienes con la marcha de Esperanza Aguirre dicen quedar huérfanos, deberán hacer una severa autocrítica y huir de los paños calientes. Pues, quizá desde mucho tiempo antes, de lo que estaban huérfanos es de principios. Y sin éstos, la regeneración democrática, la modernización de España y la solución definitiva esta crisis no es posible.


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