Game Over

Vivir sobre un cadáver

El 25 de abril de 2007, David Finkel, redactor en The Washington Post y ganador de un Premio Pulitzer en 2006, escribía acerca de una de esas historias de la guerra que se antojan espléndidas metáforas de la ambivalente condición humana y, también, paradigmas de esa inquietud moral que, pese a la degradación del entorno, prevalece en las conciencias de algunos hombres buenos.

Durante la llamada Operación de Libertad Iraquí, el Decimosexto Regimiento de Infantería del Ejército de Estados Unidos (abreviadamente, batallón 2-16) buscaba un emplazamiento en el área de Kamaliyah, en la ciudad de Bagdad, donde establecer un puesto avanzado. El lugar finalmente escogido fue una antigua fábrica de espagueti, cuya ubicación parecía idónea para realizar las tareas de control y contrainsurgencia.

Desgraciadamente, durante la preceptiva inspección del lugar hallaron una fosa séptica cubierta por una trampilla metálica. Cuando la abrieron, descubrieron que, además de estar llena, en las aguas residuales sin depurar flotaba el cadáver de un iraquí, cuya cabeza decapitada, en el colmo del esperpento, a ratos flotaba en la superficie y a ratos se sumergía.

Contrariados por el hallazgo, pensaron condenar la fosa séptica y obviar su hediondo contenido y a su desgraciado inquilino. Al fin y al cabo, los soldados de la 2-16, cuya media de edad apenas llegaba a los diecinueve años, parecían asimilar con facilidad todo el horror y el surrealismo de aquella guerra. Y la solución de sellar el pozo con cemento, si bien no era muy decorosa, resultaba bastante razonable y, sobre todo,  económica.

¿A quién le importaba que un puñado de jóvenes se instalaran sobre un depósito rebosante de porquería en el que flotaba un cadáver decapitado? ¿No consistía la guerra –y acaso la vida– precisamente en eso: sobrevivir entre montones de mierda y cadáveres? Además, ¿quién estaría dispuesto a bajar a una fosa séptica para recuperar un cuerpo en avanzado estado de descomposición que nadie había reclamado? Desde luego ningún soldado norteamericano. Pero tampoco ningún iraquí. Sería muy difícil encontrar a alguien que quisiera hacer ese trabajo.

Sin embargo –según desvelaba Finkel en su crónica–, Brent Cummings, oficial ejecutivo del batallón 2-16, sentía una perentoria necesidad de decencia y no dejaba de preguntarse quién querría vivir día y noche sobre un cadáver. Además, aquel cuerpo habría sido en vida el hijo de alguien, el hermano de alguien, el marido de alguien… Así que, de pronto, resolver de forma correcta el asunto del ‘cadáver flotante’ se convirtió para Cummings en un imperativo moral.

Cierto es que en aquel conflicto la muerte era cosa habitual y que ésta se manifestaba de continuo en sus formas más pavorosas. Sin embargo, comer y dormir sabiendo que bajo tus pies hay un cadáver flotando en aguas residuales era excesivo, incluso para un lugar como Irak. De ahí que Cummings se tomara muy en serio ese asunto, y se dedicara en cuerpo y alma a buscar soluciones, debatir alternativas con sus compañeros de armas y tantear a innumerables contratistas.

Afortunadamente para él y para los 120 jóvenes soldados que iban a ser destacados a Kamaliyah, una noche la insurgencia voló la fábrica por los aires junto con varias casas colindantes. Y el problema moral quedó virtualmente sepultado bajo toneladas de escombros. Los oficiales del destacamento, los soldados y los contratistas iraquíes parecieron respirar aliviados.

Sin embargo, para Cummings aquel macabro episodio había sido la gota que había colmado el vaso de su indiferencia. Súbitamente, se había sorprendido a sí mismo manteniéndose firme en sus convicciones, por absurdas o extemporáneas que pudieran parecer en aquel entorno donde la bestialidad y la degradación eran la norma. Había comprendido que cuando el horror dejaba de ser algo excepcional y pasaba a ser lo cotidiano; es decir, cuando lo anormal era lo normal, aferrarse a la certeza moral, a los principios, era lo único que le permitiría salvar su humanidad. Daba igual que en esa guerra desquiciada la lluvia ácida del relativismo moral calara hasta los huesos y que el fin justificara cualquier medio: los hombres no podían vivir sobre los cadáveres y seguir siendo hombres. De hacerlo, se convertían en otra cosa: en tiempos de guerra, en bestias insensibles; en tiempos de paz, en seres rastreros y cobardes.

De igual forma, las sociedades que toleran sellar la fosa séptica de su corrupción con cemento blanqueado y aceptan vivir sobre los cadáveres de sus conciudadanos, ignorándolos, son sociedades terminales que, al final, alguien termina volando por los aires, como aquella fábrica de espagueti abandonada en Kamaliyah.

Tal parece ser el destino que aguarda a esta España declinante, en la que el establishment, los políticos nacionales y extranjeros y quienes en estos días ya se postulan como asesores áulicos de Felipe VI –las musas y ‘musos’ de una nueva y falsa Transición– pretenden sellar el pozo negro de nuestra corrupción estructural y dejar flotando en él a los millones de víctimas de una crisis que es, por encima de todo, política y moral.

Aún no entienden que el juego terminó, que no fue solo Juan Carlos I quien, tras un “putsch”, abdicó el 2 de junio de 2014, sino el régimen al completo. Ignoran que no habrá rey ni reformas lampedusianas que puedan aislar el hedorque emana del subsuelo. O se reforma la casa desde sus cimientos y se instaura una democracia clásica, donde los valores fundamentales estén salvaguardados, o los cambios se producirán de otra forma más expeditiva, para bien… o, posiblemente, para mal.

Así que, por desagradable que resulte, y contrariamente a lo que defienden los arúspices del reino, lo prudente es aferrarse a los principios, abrir la trampilla y drenar la inmundicia. No hacerlo será un acto póstumo de irresponsabilidad, cuyos costes se adivinan abrumadores.


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