Game Over

Ucrania y la fatuidad de Occidente

Mucho han escrito los cronistas extranjeros, algunos tan equidistantes y románticos como Marina Lewycka, sobre la singularidad de Ucrania, sus centenarios conflictos, sus oligarquías corruptas, su nacionalidad de quita y pon y sus inextricables lazos con Rusia. Visiones económicas, históricas, culturales, humanas, psicológicas y afectivas que, pretendidamente objetivas –eso sí, casi siempre con Occidente en el papel de villano–, se aferran a una visión en la que todo se explica en clave de atracción natural, como si el grave conflicto entre Ucrania y Rusia fuera una pelea de novios que, a ratos mal avenidos, a ratos embelesados, están condenados a ser uno. Sin embargo, en el tablero de la geopolítica los grandes jugadores no tienen esa visión romántica. Por el contrario, obedecen a frías estrategias elaboradas con bastante anterioridada los sucesos que prendieron la mecha del conflicto.

Putin, la Siloviki y el Irredentismo

Fue tras la inesperada renuncia de Boris Yeltsin y la consiguiente elección de Vladimir Putin como Presidente el 7 de mayo de 2000, cuando la Federación Rusa giró definitivamente hacia el nacionalismo y el autoritarismo, convirtiendo la propagación del irredentismo en el eje central de su política exterior. Decidido el nuevo rumbo, la Siloviki1, que dominaba y domina el Kremlin, recurrió a los manuales del antiguo KGB para llevar a cabo operaciones subversivas y desestabilizadoras en países extranjeros, muy especialmente en las antiguas repúblicas soviéticas de Georgia y Ucrania. A este cambio de dirección se sumará posteriormente un hecho crucial que animará definitivamente a Putin a contemplar una intervención directa en Ucrania: la llegada de Barak Obama a la presidencia de EE UU

En efecto, a diferencia de las anteriores administraciones de Bill Clinton y George Bush, que siempre priorizaron la defensa de la integridad de Ucrania, Obama ha buscado a toda costa mejorar las relaciones de Estados Unidos y Rusia, rehuyendo cualquier aventura exterior que le obligara a tensionar aún más el maltrecho presupuesto y contrariara a la opinión pública norteamericana, cansada de intervenciones militares. Una postura comprensible que, sin embargo, ha conllevado ponerse de perfil ante la imparable reafirmación de la Federación Rusa en su esfera de influencia.

Si a esta peligrosa asimetría añadimos una Unión Europea, que,como elefante en cacharrería, ofrecerá a Ucrania una salida (sea ésta creíble o no) a la quiebra económica, la corrupción política y la asfixiante dependencia de Rusia, tendremos un difícil equilibrio a tres bandas que, con Putin esperando la ocasión para hacerse con Crimea, Obama mirando para otro lado y la UE sin capacidad alguna de disuasión, no tenía ningún futuro. Ucrania estaba condenada a romperse. Y la Historia, que gusta de adornarse con la épica, decidió partirla en dos en Maidan. Y ahora que Putin ya tiene lo que quería, redobla sus esfuerzos para ganar esa otra guerra decisiva: la de la propaganda y la contrainformación.

La provokatsiya2 o cómo intoxicar a la opinión pública

Vaya por delante que, en lo que a Europa se refiere, las cosas en Ucrania solo se podrían haber manejado peor si nuestros políticos hubieran entrenado a conciencia. Hecha esta obligada salvedad, cualquier observador neutral debería hacer una mueca de disgusto ante la burda provokatsiya, con la que el Kremlin, tras haber fabricado todo tipo de infundios, pretende ahora colar que la destitución de Víktor Yanukóvich fue un golpe de estado nazi. Golpe que, para redondear la simpleza, estaría dirigido y financiado por EE UU. Pues Obama, después de todos sus esfuerzos para no mancharse con el polvo del camino, habría tenido a bien dispararse en el pie.

Para cuestionar esta afirmación, basta con volver la vista atrás y repasar los sucesivos argumentos esgrimidos por el Kremlin para desacreditar la rebelión ucraniana, todos ellos tan burdos como contradictorios entre sí.

1º Una conspiración gay internacional

Aunque a España no haya llegado esta perla, la primera consigna propagada desde el Kremlin fue que el afán europeísta ucraniano era producto de una conspiración gay internacional. Fue Dmitry Kiselyov3, director de los medios de comunicación estatales rusos, el encargado de adaptar la campaña de Putin contra los derechos de los homosexuales en Rusia y transformarla en un arma contra la integración de Ucrania en Europa. Dicho y hecho. Al poco, el obediente Yanukóvich esgrimiría que no era posible una cooperación más estrecha con la Unión Europea ya que ésta exigía imponer en Ucrania el matrimonio homosexual. De ahí que, cuando estallaron los disturbios, la rebautizada por los opositores como plaza Euromaidan pasara a ser denominada Gay-euromaidan por el régimen prorruso.

2º La Yihad musulmana

Por esos caprichos del destino, tuvo que ser un periodista de piel cetrina, origen afgano y musulmán, Mustafa Nayem, quien catalizó las protestas ciudadanas con sus investigaciones periodísticas y su lucha contra la censura. Lo cual le supuso ser señalado como uno de los ideólogos y líderes de la revolución. Para mayor abundamiento, a finales de 2013, cuando ya eran centenares de miles los ciudadanos en rebeldía, se sumaron a las protestas grupos de musulmanes del Sur. ¡Y voilà! Lo que era una conspiración gay mutó a peligrosa Yihad.

3º Paramilitares fascistas

Cuando la rebelión se descontroló y Yanukóvich decidió enviar antidisturbios para disolver mediante el uso de la fuerza a los estudiantes acampados en Maidan, surgieron cientos de “afganos”, pero de un tipo muy distinto al de Mustafa Nayem. Eran los veteranos ucranianos del Ejército Rojo que en 1979 fueron enviados a invadir Afganistán, los cuales acudieron a defender a unos jóvenes a los que no conocían, pero a quienes llamaban "nuestros hijos": estudiantes que estaban siendo golpeados, detenidos y torturados y que, en no pocas ocasiones, serían hechos desaparecer (la violencia del régimen de Yanukóvich parece haberse olvidado).

4º La conspiración Judía y la financiación norteamericana

Según crecen las protestas y se extienden a todo el territorio nacional, cada vez más asociaciones civiles sumaron sus esfuerzos y buscaron apoyo internacional (más de 40 de todo el espectro de la sociedad civil), algunas de las cuales estaban integradas por ucranianos judíos. También los había católicos, pero este sutil matiz complicaba la imprescindible simplicidad de la mentira. Y el Kremlin difundió que Ucrania esta siendo víctima de una conspiración financiada desde Estados Unidos por lobbys judíos. Poco después se señalaría directamente a EE UU como autor intelectual.

Ahora, la consigna del Kremlin es la de un golpe de estado nazi. Y para cuestionarla nada mejor que leer la carta abierta de los judíos ucranianos a Vladimir Putin, enlace que facilito y cuyo párrafo final añado por si les resulta ilustrativo:

…Vladimir Vladimirovich, somos muy capaces de proteger nuestros derechos con el diálogo constructivo y la cooperación entre el gobierno y la sociedad civil de una Ucrania soberana, democrática y unida. Nosotros le instamos encarecidamente a no desestabilizar la situación de nuestro país y que abandone sus intentos de deslegitimar al nuevo gobierno de Ucrania.

¿Acaso hemos de creer en Occidente que ciudadanos ucranianos, pero también de origen ruso, polaco, armenio y bielorruso, así como estudiantes, veteranos de guerra, demócratas de izquierda y derecha, extremistas, cristianos, musulmanes y judíos se dejaron golpear, torturar y matar por defender una revolución gay que, dirigida por un yihadista, tenía como objetivo entregar el poder a un atajo de nazis para mayor gloria de EE UU? Cierto es que Putin nos toma por crédulos idiotas, pero todo debería tener un límite, incluso nuestra propia estupidez.

Cualquiera que sea al final el cariz y el alcance de la intervención rusa en Ucrania, no será en modo alguno para detener un golpe de estado fascista, porque tal cosa nunca sucedió, desde luego no según nos lo cuentan desde el Kremlin. Hemos asistido a una sublevación popular, con todo el caos, la confusión, la dosis de violencia, el oportunismo y los riesgos que un acontecimiento de este tipo conlleva. El futuro de Ucrania hoy es una incógnita, aún sin la amenaza de la invasión rusa, cierto. Como cierto es también que en el gobierno provisional ucraniano hay extremistas, los cuales, no hay que olvidar, fueron en su momento aliados del gobierno prorruso de Yanukóvich. Pero también hay socialistas, conservadores, centristas y moderados; rusos, bielorrusos y armenios; judíos, musulmanes y cristianos. Así pues, para despejar todas las dudas, ¿qué mejor que unas elecciones4 bajo la supervisión internacional, que garanticen un gobierno democrático y legítimo? ¿Tal vez es demasiado pedir para quienes se arrogan el derecho a decidir qué son revoluciones gloriosas y qué golpes de estado fascistas?  

En Ucrania, ciudadanos de todas las ideologías, religiones y etnias, arriesgaron sus vidas para poner fin a un régimen que representaba, en grado superlativo, los abusos y desigualdades que tanto criticamos aquí. La inmensa mayoría lucharon por una sociedad abierta. Y hoy lo siguen haciendo. Merecen pues, al menos, una mínima objetividad. Calificarles de golpistas y nazis no les hace justicia. Al fin y al cabo, viendo a las tropas rusas que se amontonan en la frontera de Ucrania, a esos hombrecitos verdes que Putin llama “grupos de autodefensa prorrusos”, a los voluntarios cosacos patrullando por las calles de Sebastopol y los Spetsnaz agrediendo a un reportero en la toma del Hotel Moskva, surgen dudas razonables respecto de qué entendemos por fascismo.


  1. Siloviki, literalmente "la gente en el poder". Es el término ruso con el que se define a aquellos políticos y personajes influyentes que están estrechamente relacionados con los servicios de seguridad e inteligencia. En su mayoría son oficiales de la KGB, FSB o el Ejercito que han llegado a ocupar puestos relevantes dentro del poder político.
  2. Provokatsiya, palabra de origen no eslavo que, sin embargo, goza del mismo significado en diferentes lenguas eslavas (provokace en checo o prowokacja en polaco). Provokatsiya significa “provocación”, como es desplegar tropas sin identificativos en Crimea. Pero también provokatsiya es, en la práctica, desestabilizar a un país o gobierno mediante acciones diversas, como difundir rumores, vídeos, audios y documentos que desencadenen escándalos, sean estos verídicos o falsos o estén manipulados, organizar movimientos políticos extremistas o fortalecer los ya existentes, infiltrarse en un país, reventar manifestaciones pacíficas para desencadenar la violencia y realizar sabotajes y atentados.
  3. Dmitry Kiselyov se ha hecho muy popular en Rusia por decir que a los gays muertos en accidentes de tráfico habría que extraerles el corazón del cuerpo e incinerarlo.
  4. Según los sondeos, la formaciones políticas de extrema derecha sólo obtendrían el 6% de los votos. Y la extrema izquierda (los comunistas) el 7%. Lo cual indica que el 87% de los ucranianos no votaría a extremistas en una futuras elecciones. 

Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba