Game Over

Susana Díaz y el acabose

Ayer, Susana Díaz, con su primer debate de investidura nos reveló con una nitidez cristalina la sagrada misión del político profesional de nuestros días: no dejar nada sin tocar, ni recoveco alguno donde derramar generosamente el presupuesto, ese dinero público que no es de nadie, y menos aún de quien lo presta movido por la avaricia.

Todo a golpe de talonario. Que esa es la gracia, la alegría de hacer política en España

Así, la señora se dio un homenaje intervencionista de aúpa. No se dejó en el tintero ni una idea por increíble que fuera. Desde rescatar el socorrido I+D+i y “promover” un cambio de modelo productivo (cada vez que un político promete ambas cosas, en algún lugar muere un gatito), pasando por las ayudas al empleo y la educación bilingüe a mansalva, hasta enarbolar la bandera de la lucha contra pobreza energética, la irrenunciable vivienda social y el altruista mecenazgo del cine. Y todo, claro está, a golpe de talonario. Que esa es la gracia, la alegría de hacer política en España.

Para cada uno de sus sagrados proyectos, rescató Susana los planes quinquenales de la extinta Unión Soviética, pues el calendario propuesto para tantos logros será de cinco años (de 2015 a 2020), quizá porque cuando se acabe la legislatura, y el dinero tal y como siempre sucede se haya evaporado sin ofrecer ningún fruto, podrá esgrimir la falta de tiempo. Y es que, misterios de la política, cuatro años dan para muy poco, por más que los millones vuelen. En cambio, cinco son milagrosos, además, permiten el reenganche entre una legislatura y la siguiente, que es el primer mandamiento de nuestros políticos patrios: no soltar la poltrona. 

Por si todo lo anterior no fuera suficiente, en un alarde de egocentrismo, o quién sabe si víctima de un coma legislativo, prometió Díaz elevar "el emprendimiento" a la categoría de derecho mediante la ley correspondiente. De tal suerte que los andaluces, y andaluzas, no solo podrán exigir una vivienda digna, sino que serán los primeros habitantes del planeta que también tendrán derecho a una empresa propia sufragada por el gobierno.

Aunque Cospedal discrepe, el señorito Arenas lo tiene claro. De lo contrario no habrá sillones ni prebendas que repartir entre la tropa pepera andaluza

Todo, absolutamente todo, estará controlado por el futuro gobierno susanesco, dando por hecho, claro está, que Ciudadanos o el propio Partido Popular se prestarán a que Susana Díaz sea investida Presidenta, cosa que está ya más o menos decidida. Porque aunque Cospedal discrepe, el señorito Arenas lo tiene claro. De lo contrario no habrá sillones ni prebendas que repartir entre la tropa pepera andaluza. Y entonces, adiós a la baronía virtual de la que don Javier disfruta desde hace décadas. Una putada, sin duda.

En resumen, el discurso de Díaz fue el ejemplo palmario, descarnado, de cómo la política española y los pocos escogidos que la practican son hoy por hoy el principal obstáculo para la transformación de la sociedad española, condenada como está, y al parecer, con gusto, a vivir en la minoría de edad permanente, en esa subvención perpetua y cutre del Estado y las diferentes administraciones territoriales, dentro de las cuales la parte del león del presupuesto se la come la burocracia y demás entes intangibles.

Pero esto ya lo sabemos. Me refiero a que somos plenamente conscientes, o al menos deberíamos serlo, de que para que el tiovivo de la política siga girando y los BOE de esta nación de naciones pequeñas y cabreadas echen humo, hacen falta 17 Susanas dispuestas a meterse en todas las parcelas de la vida y quemar el presupuesto al ritmo acostumbrado. Como también es imprescindible un presidente del Gobierno postizo atento a enjuagar con más y más deuda el despiporre de las huestes autonómicas, oligarcas nacionales y caciques locales incluidos, por supuesto. Así se explica la obsesión de todos los partidos, los viejos y los nuevos, por subirnos los impuestos. Al fin y al cabo, las infinitas políticas públicas y los ejércitos que, supuestamente, han de llevarlas a cabo necesitan como mínimo extraer de nuestras venas el 40% del Producto Interior Bruto cada año, es decir, nunca menos de 400.000 millones de euros. Porque ese es el precio tasado del Estado postmoderno. Dinamarca nos señala el camino.

Este es el drama, la tragedia, que nadie, por más que endulce sus amenazas a nuestro bolsillo con la palabra eficiencia y haga juegos malabares con los distintos modelos impositivos, está dispuesto a cuestionar el invento

Este es el drama, la tragedia, que nadie, por más que endulce sus amenazas a nuestro bolsillo con la palabra eficiencia y haga juegos malabares con los distintos modelos impositivos, está dispuesto a cuestionar el invento, no ya el territorial, que a todas luces habría que darle una vuelta, sino ese otro que bajo el enunciado de Estado de bienestar se ha convertido en un cajón de sastre donde cabe cualquier disparate.

Así que tomen nota, porque esta es la “sociedad igualitaria” de la que hablaba ayer una tal Susana Díaz Pacheco, cuyos méritos nadie conoce, pero que si Dios no lo remedia será investida Presidenta de esa Junta que hace tiempo habría que haber disuelto en favor de una gestora. Un hito más de la corrupción galopante, política, económica y moral, en la que todos los que aspiran a pilotar nuestro Titanic les importa un bledo retratarse. Y así todo. Suma y sigue hasta que el cuerpo aguante.


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