Game Over

Steve Jobs: el fundador de Apple no ha triunfado

1985 fue un año especialmente difícil para Steve Jobs. En aquel entonces, al contrario de lo que sucede hoy, los productos de Apple no eran masivamente demandados por el gran público y había graves problemas con el desarrollo de los nuevos dispositivos. Harto de tantas dificultades, John Sculley, por entonces CEO de la compañía y con una visón del negocio que se demostró antagónica a la de Jobs, decidió que el problema era el propio fundador de Apple. Así que, primero, se las ingenió para desplazarle físicamente a un edificio apartado en el campus de Apple, al que el propio Jobs se refería como “Siberia”, y, un tiempo después, con el apoyo de la junta directiva, le relevó de todas sus funciones. Una vez desprovisto de cualquier facultad ejecutiva, Steve Jobs tuvo que marcharse de la empresa que él mismo había creado.

Si dejamos al margen las cuestiones menores de aquel duelo en la cúpula de Apple, comprobaremos que lo importante no fue el enfrentamiento entre dos nombres propios, Jobs y Sculley, sino lo que cada uno en cierta forma representaba y defendía. A grosso modo, mientras uno era la creatividad, la pasión y en alguna medida el caos, el otro era el método, los objetivos a corto plazo y la cuenta de resultados. Para Jobs trabajar implicaba tener que amar lo que hacía, para Sculley se trataba sólo de negocios. Y pese a que ambos eran personas brillantes, fue Jobs quien, contra todo pronóstico, terminó por ganar la partida, regresando a Apple años después para llevar a la compañía, y a sí mismo, a la cima del éxito. Aquella fue la primera vez en la que dos visiones fundamentales – y, por ende, completamente diferentes- de cómo crear riqueza habían chocado entre sí. Se trata, pues, de una soberbia parábola de nuestro tiempo.

Si obviamos el fallecimiento de Steve Jobs, podría parecer que esta historia tuvo un final feliz. Pero nada más lejos de la realidad. La victoria de Jobs, de su talento, su pasión y su visión, ha sido una victoria pírrica. El combate entre talento y dogma se ha seguido librando durante décadas en un frente mucho más extenso y con otros protagonistas. Y si bien es cierto que Steve Jobs obtuvo su particular triunfo - por eso se le admira e idolatra como a un héroe -, el resultado global ha sido la derrota de su visión. Ahora, con su muerte, quizá estemos asistiendo al final antológico de una forma de hacer, crear y emprender.

Sin ir más lejos, en España, y también e Europa, el talento tiene hoy enemigos cada vez más poderosos, organizados y destructivos, cuya capacidad para regular y restringir la iniciativa individual ha superado con creces los límites de lo razonable. Y nos equivocaríamos si pensáramos que el peor enemigo de la creación de riqueza son cierto tipo de ejecutivos, porque en nuestras sociedades todo está regulado, burocratizado y controlado por las Administraciones Públicas. No se trata pues de superar todos los obstáculos, esforzarse y hacer las cosas bien para alcanzar el justo y merecido premio del éxito. Es preciso, además, tener las relaciones oportunas, pagar innumerables peajes y ser muy diligente y generoso a la hora de corresponder a determinados favores.

Por eso, en nuestro país, si bien es dudoso que tengamos algo parecido a John Sculley, lo que es seguro es que, por ahora, no tendremos ningún Jobs. Por aquí proliferan perfiles mucho menos admirables que están a medio camino entre la política y la empresa; entre lo público y lo privado. Y el resultado es que la creación de riqueza y su posterior redistribución es todo menos un proceso espontáneo. Es más, en muchos casos ni siquiera se crea riqueza porque el sistema político convierte a las empresas en parte de una turbia maquinaria con la que realizar una redistribución tramposa e interesada de una parte sustancial de la riqueza ya existente.

En conclusión, la lamentable muerte de Steve Jobs, puede que sirva a la sociedad norteamericana para que no olvide la importancia de los valores que conducen a la consecución de los más grandes logros. Quizá allí se pregunten, al recordarle, si no necesitarán algo más que producir en serie ejecutivos que amen por encima de todo al dinero. Pero en lo que a nosotros se refiere, que aún estamos muchos pasos por detrás, debemos aprender que, para crear riqueza y que ésta se distribuya de forma espontánea en beneficio de todos, es imprescindible gozar de una mayor libertad individual. Para ello, quizá lo que los españoles y europeos hemos de extraer del famoso discurso de Steve Jobs en la Universidad de Stanford, no es que debamos seguir sus consejos, ya que eso estaría al alcance de una minoría, sino comprender que hemos de crear una sociedad mucho más libre para que aquéllos pocos que quieran y sean capaces de ponerlos en práctica puedan hacerlo.


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