Game Over

Soraya y la voluntad de poder

Tras presentar en sociedad la reforma de las administraciones públicas como una criatura fruto de sus desvelos y a pesar de la que está cayendo, a Soraya Sáenz de Santamaría (Valladolid, 1971) se la vio cómoda, contenta consigo misma. Diría incluso que, de un tiempo a esta parte, está encantada de haberse conocido. Y razones no le faltan, porque, al contrario que su íntima enemiga, María Dolores de Cospedal García (Madrid, 1965), es mucho más resuelta, tiene mejores reflejos y una inteligencia más viva. No habla con esa lentitud exasperante que hace de cada comparecencia un tormento. Y tampoco se deja llevar como antaño por ese parloteo de opositor que se sabe el temario al dedillo. ¿Pero qué ha llevado a doña Soraya, hasta ayer mucho más comedida, a convertirse en la legisladora más avezada, en la visionaria de este gobierno sin pulso? En definitiva, ¿qué hay detrás de esta mutación que ha transformado a la inquieta crisálida en despampanante mariposa?

La ambición

No hay duda de que la flamante vicepresidenta del Gobierno de España, en cuestión de imagen, progresa a un ritmo vertiginoso. Ha aprendido a gesticular y a mantener las manos siempre abiertas y a la vista, signo que al decir de los expertos se asocia con la transparencia. Se adorna con pequeños detalles, todos ellos muy medidos. Un anillo de diseño moderno y un juvenil y modesto reloj de plástico de un color llamativo adornaban su última comparecencia. Lejos quedó aquella melena estrepitosa llena de ondulaciones que reducía su cara a la categoría de anécdota. Ahora luce un rostro limpio y despejado, enmarcado por un peinado mucho más sobrio. Resumiendo, en cuestión de poco tiempo todo en ella se ha vuelto correcto, incluso diría que correctísimo. No hay nada en ella excesivo, nada ostentoso, nada superfluo… nada al azar. Así es esta nueva Soraya, que, de un tiempo a esta parte, parece prepararse para remar por su cuenta.

En efecto, todo apunta a que está dispuesta a sobrevivir no sólo a este gobierno, sino también al Partido Popular tal cual hoy lo conocemos. Cree tenerlo todo o casi todo para lograr su objetivo. Primera de su promoción en la Facultad de Derecho de la Universidad de Valladolid y Abogada del Estado por rigurosa oposición, diríase que doña Soraya hubiera programado minuciosamente cada paso que ha dado en la política y en la vida. De ahí que, espoleada por una ambición desmedida –principal rasgo de su carácter–, al contrario que su confiado tutor, que ha precisado la friolera de treinta y un años para ser presidente, ella sólo ha invertido once para serlo de forma interina. Registro que por estos pagos, donde abundan los políticos trepas, timoratos y lerdos, es a todas luces una marca soberbia. Sin embargo, nunca ha actuado de forma precipitada. Sabedora de que en España no es preciso dar muchos rodeos para llegar a lo más alto si se tiene un buen padrino, jamás se ha dejado llevar por las prisas. Sencillamente Soraya es un killer en el área pequeña de la política española. Y cuando el balón cae a sus pies no marra el tanto; es decir, donde pone el ojo, sube un peldaño.

Por si todo esto fuera poco, también sabe ahorrarse desgastes innecesarios. Así dejó a Cospedal, tan empeñada como estaba la madrileña por hacer valer el orden jerárquico, carbonizarse aliñando una pésima faena con ese toro que es Luis Bárcenas, que como era previsible terminó empitonándola. Y, también, sin que casi se notara, cedió gran parte del protagonismo a Cristóbal Montoro cuando ambos comparecieron para dar cuenta de la última subida de impuestos hecha con premeditación y alevosía.

Soraya y el 'caso Bárcenas': ¿un problema o una oportunidad?

Desde que Mariano, incapaz de manejar el timón en solitario cuando la tempestad arrecia, le dio plenos poderes –en su día de forma confidencial y hoy ya sin ningún disimulo–, Soraya no ha hecho sino mandar cada vez más. Sin embargo, aunque ha ido colocando a sus fieles en los aledaños del Gobierno, el partido sigue siendo para ella una fortaleza inexpugnable en manos del enemigo. Y quizá por eso esta ambiciosa opositora, según el 'caso Bárcenas' se descontrola, aguarde sin mover un solo dedo a que la vieja guardia popular caiga como fruta madura. Ese es el reto, pilotar una demolición controlada que, de salir bien, sería hasta la fecha su victoria más antológica. Victoria con la que, además de acaparar el poder, se cobraría cumplida venganza de la rancia aristocracia popular que la tildó de advenediza.

Para capear el temporal que se avecina y sacar provecho de ello, Soraya podría contar, entre otros artilugios, con los impagables consejos de esa otra dama de la ambición política que es Angela Merkel, la cual, dicho sea de paso, se deshace en elogios hacia nuestra vicepresidenta, quizá porque en ella se ve a sí misma cuando en 1999, siendo el ojito derecho de Helmut Kohl, se las hubo de ver tiesas con la tormenta perfecta que fue aquel escándalo mayúsculo de la financiación ilegal de la Unión Demócrata Cristiana (CDU). Una trama de corrupción que a punto estuvo de borrar de la faz de la tierra a la democracia cristiana alemana. Y de la que Merkel supo sacar petróleo cometiendo un parricidio político y, de propina, llevándose por delante a la plana mayor de su partido. Esta experiencia es sin duda un activo muy valioso que Soraya necesita a la vista del huracán que se encamina hacia la calle Génova. De tomar buena nota, la única incógnita por despejar sería si, llegado el momento, Soraya emulará a su nueva madrina y le cortará la cabeza a quien le abrió la puerta grande de la política. La respuesta queda al albur de su ambición, que es mucha. Y quién sabe si no sólo Aznar sino también Rajoy podrían darse por muertos.

La grandeza y el vacío

Sí, Soraya lo tiene todo. O al menos parece que así lo cree ella. Desgraciadamente se equivoca. Y digo desgraciadamente porque, tal y como están las cosas, a malas sería de desear que alguien con verdadera voluntad de poder tomara de una vez por todas el timón de este barco tocado y hundido que es España. Pero por más que le pese, a esta abogada del Estado le faltan dos ingredientes definitivos: esas minucias que son la grandeza y el pensamiento político. Soraya no es una salvapatrias ni tampoco una heroína, es otra cosa a medio camino entre el burócrata avezado y el aventurero de partido. Sí, es inteligente y ambiciosa, pero carece de credo. Y hay momentos en la historia, y este es uno de ellos, en que es preciso mantener un rumbo fijo para salir de la tormenta; es decir, no se puede estar en una convicción y la contraria según sople el viento. Y menos creer que las ideas pueden manejarse de forma facultativa a mayor gloria de nuestro éxito. La voluntad de poder se paga muy cara cuando detrás de la ambición no hay más que vacío.


Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba