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Soichiro y el derecho a soñar

Como todas las mañanas a esa misma hora, Soichiro, el menor de los tres hijos del herrero de un pueblecito cercano a Shizuoka (Japón), caminaba hacia la escuela, cuando un extraño artefacto, que se movía sin la ayuda de animal alguno, le sobrepasó emitiendo un sobrecogedor y rítmico traqueteo metálico muy distinto al regular tañido del yunque de su padre. Ante aquella visión estremecedora, todos a su alrededor quedaron paralizados. Sin embargo, él, irreflexivamente, echó a correr detrás de aquel artilugio. "Alcanzarlo fue para mí lo más importante del mundo", contaría más tarde. "No podía entender cómo era posible que aquello se desplazara por sí mismo. Así que, de pronto, me encontré corriendo tan rápido como podía, intentando darle alcance".

Ese día, tras tropezarse con uno de los primeros automóviles que circularon por el Japón de principios del siglo XX, Soichiro empezó a perseguir su particular sueño. Y no se detendría hasta alcanzarlo. Seis años después ya era un consumado mecánico capaz de reparar todo tipo de averías y fabricar cualquier pieza. Y con tan solo veintiún años montó su propio taller, lo que, dada su juventud, fue motivo de burla. Sin embargo, pronto se hizo con una numerosa clientela. Y así siguió progresando hasta que, años más tarde, crearía una de las marcas de automóviles y motocicletas más importantes de Japón.

Sin embargo, en el devenir del fundador de Honda Motor Co. Ltd no todo fue encantador. Hay también una intrahistoria, donde los errores, la desesperación y las zancadillas fueron los ingredientes fundamentales. La vida misma. Pero algunas personas, a diferencia del resto, son capaces de perseverar hasta la extenuación, porque, como repetiría Soichiro una y otra vez a lo largo de su vida, "lo que cuenta es amar lo que se está haciendo hasta volverse loco".

El talento florece cómo y dónde le place

Sin embargo, en el perfil de este genial japonés hay un dato desconcertante. Pese a que muchos darán por supuesto que Soichiro Honda cursó la carrera de ingeniería, en realidad solo terminó la educación primaria, peculiaridad que compartía con Matsushita Konosuke, creador de Panasonics, y Hayakawa Tokuji, fundador a su vez de Sharp. Otro caso mucho más conocido en el que el éxito prescindió de la formación académica es el de Steve Jobs, quien abandonó la universidad el primer año porque, según dijo, "allí no iba a aprender lo que quería". Tampoco Bill Gates, el eterno rival de Jobs, terminó sus estudios. Y más allá de Japón o Norteamérica, otros casos singulares y próximos a nosotros, en el tiempo y el espacio, son el sueco Ingvar Kamprad, dueño de IKEA, quien apenas pisó un aula, y el español Amancio Ortega, fundador y dueño de Inditex, que no acabó ni primaria.

Los espectaculares casos de éxito de personas con apenas estudios, por más que pueda resultar desagradable para quienes defienden "la educación" como único camino para la salvación de la humanidad, no son una rareza sino algo muy habitual; y si nos detenemos en aquellos otros ejemplos menos deslumbrantes, aunque también extraordinarios, la cifra se vuelve apabullante.

Pero no se trata de dilucidar si estudiar, tal y como hoy se insiste hasta rozar la vehemencia, es o no una gran ventaja. La cuestión es averiguar si hay otras condiciones mucho más importantes, si se prefiere, más primordiales, que hacen que el talento prolifere y las sociedades progresen.

Sociedad abierta y prosperidad

Discutir sobre la conveniencia de estudiar y, también, reciclar nuestros conocimientos de manera periódica, resulta ocioso, pues es evidente que ambas cosas, a priori, no nos harán ningún mal. Sin embargo, de ahí a dar por hecho que la excelencia académica –cuya homologación, recordemos, imponen y controlan los estados– automáticamente hace a las sociedades más eficientes y brillantes, media un abismo. Tener muchos individuos con una formación deslumbrante no hace per se a una sociedad más brillante, próspera o equitativa. Como tampoco, trasladándolo a la política, garantiza gobernantes competentes y honrados. Ese desiderátum platónico, antagónico a las sociedades abiertas, que es la aristocracia, solo conduce al empobrecimiento y al totalitarismo, exactamente igual que el sectarismo ideológico, la falta de honradez y el oportunismo.

La eficiencia y prosperidad de una sociedad depende, por encima de todo, de su sistema institucional y, de manera derivada, de la calidad de las organizaciones que la vertebran, pues son estas las que facilitarán o complicarán nuestra existencia… y también nos formarán o deformarán. Ésta verdad de Perogrullo se hace mucho más evidente cuando, ante la corrupción, la falta de oportunidades y la creciente pobreza, aludimos a esa indefinible “cultura imperante” como responsable de nuestros males. Lamentablemente, llegados a este punto, no pocos alteran el orden de los factores y achacan la decadencia colectiva a la ausencia de virtudes individuales. Grave error. La recurrente paradoja de qué fue antes, si el huevo o la gallina, está fuera de lugar, pues la asimetría entre Estado e individuo es tal que solo el primero, a través de la perversión de las instituciones y organizaciones, puede imponer costumbres y reglas no escritas que, incompatibles con los valores y principios más elementales, corrompen y anulan tanto a las personas ignorantes como a las más ilustradas.

Convertir la educación reglada en piedra filosofal, cuando los problemas graves son otros, puede obrar el efecto contrario al perseguido y convertir la homologación del conocimiento en un pésimo sucedáneo del talento o, peor aún, en una nueva barrera de entrada. Que puedan surgir en España de manera regular personajes como Soichiro Honda, Matsushita Konosuke, Hayakawa Tokuji, Steve Jobs, Bill Gates, Ingvar Kamprad y Amancio Ortega u otros menos despampanantes, pero igualmente beneficiosos, no tiene tanto que ver con una mejor formación académica como con la calidad institucional y organizacional de nuestra sociedad. Mientras España no cambie en este sentido, no habrá el derecho a soñar. Y por más títulos que acumulemos, seguiremos estupefactos, creyendo que el progreso es redistribuir la riqueza, cuando en realidad consiste en poder generarla


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