Game Over

Snowden, el falso profeta de Putin

Cuenta el anecdotario político que en 2006 Vladimir Putin le pidió a Ehud Ólmert, en aquellos días primer ministro de Israel de visita oficial en el Kremlin, que saludara al presidente Moshé Katzav de su parte y le diera ánimos, ya que éste último se encontraba en un serio aprieto al haber sido acusado formalmente de acoso sexual y violación. En la despedida el presidente ruso, esbozando una sardónica sonrisa, añadió: "Por cierto, ha resultado ser un tío potente, forzó a diez mujeres. Nunca hubiese esperado de él nada parecido. Nos ha sorprendido a todos. Dígale que le envidiamos”. Testigo in situ de aquel desafuero fue el periodista Andréi Kolésnikov, quien se encargó de publicarlo puntualmente en el diario ruso Kommersant.

Mientras en Europa y medio mundo la salida de pie de banco de Putin levantó una gran polvareda, en la vieja y maltratada Rusia, tan acostumbrada al prepotente proceder de sus líderes, no pasó de ser vista como una de esas expresiones cuarteleras y chuscas a las que el bueno de Vladimir, ese hombre bajito, de origen humilde y mirada de acero, era aficionado. Así, lo que para cualquier político occidental habría supuesto probablemente el final de su carrera, para Putin no pasó de ser una frase más que añadir a su personal antología de los horrores.

Putin, China y la insoportable levedad de Obama 

Recientemente la revista 'Forbes' colocó en todo lo alto de su particular lista de personas más influyentes del mundo a Vladimir Putin. Su exitoso manejo del conflicto sirio, al evitar la intervención militar directa de EE.UU. tras el ataque a civiles con armas químicas perpetrado por el régimen de Bashar al-Asad, fue interpretado por los analistas políticos como prueba del creciente poder de Rusia en detrimento del hasta ayer incontestable “imperio americano”. Un análisis que, sin embargo, se dejaba en el tintero el decisivo papel que China habría desempeñado en favor de su aliada Rusia poniendo sobre la mesa de negociación sus 1,3 billones de dólares en bonos norteamericanos, con los que habría lanzado a EE.UU. el mensaje claro, cristalino, de que la barra libre de financiación para intervenciones militares había llegado a su fin.

En efecto, según el Instituto de Estudios Internacional Watson de la Universidad de Brown, el coste total de las guerras de Afganistán, Irak y Pakistán habria ascendido a 3,7 billones de dólares (sólo la guerra de Irak supuso para EE UU una deuda de 1,7 billones de dólares, costes financieros incluidos), cantidad a la que hay que sumar los 490.000 millones de dólares anuales que los veteranos de guerra norteamericanos perciben en pensiones por invalidez y otros conceptos. Y en los próximos diez años sólo la secuelas de esas tres guerras supondrán para EE UU un desembolso de 5 billones de dólares. A la vista de estas cifras, es evidente que el exponencial crecimiento de la deuda pública norteamericana en los últimos años es en gran medida el resultado de una política exterior basada en una intervención militar a gran escala pésimamente planificada y a merced de diminutos lobbys (en realidad la Segunda Guerra de Irak fue promovida, planificada y ejecutada por sólo cuatro personas), cuyos beneficios para el conjunto del país, no ya políticos sino económicos, han sido ridículos.

En estas circunstancias, el melifluo Obama, con la vista puesta en salvar los sucesivos “match point” del techo de deuda sin renunciar ni un ápice a su Health Care Plan, decidió zanjar la cuestión precipitadamente y salvar la cara ante la opinión pública aceptando la destrucción del arsenal químico sirio a cambio de no intervenir militarmente. Misión que fue recompensada con un oportuno Premio Nóbel de la Paz que dio un lustro inmerecido a lo que no era más que una francachela vergonzosa. De hecho, mientras las matanzas continúan en Siria, el flujo de yihadistas va en aumento y la influencia norteamericana se debilita, la tragedia de la guerra desaparece de la primera línea informativa para regocijo del Kremlin.

Un nacionalista ruso fiel a la escuela soviética

Vladimir Putin, ese brillante licenciado en Derecho que a los 23 años ya había sido reclutado por la KGB, es el paradigma de cómo los viejos mimbres de la Unión Soviética han terminado por dar forma, o deformar según se mire, a la titubeante democracia rusa. Tal y como relata la periodista Masha Gessen, en su libro El hombre sin rostro: El sorprendente ascenso de Vladimir Putin (Ed. Debate), durante los años noventa la ciudad de San Petesburgo nunca dejó de estar bajo el control de la todopoderosa KGB (hoy denominada FSB: Federálnaya sluzhba bezopásnosti Rossiskoi Federatsii), de tal suerte que aquella ciudad, que era un Estado dentro del Estado, había conservado y perfeccionado los principales rasgos del régimen soviético. Dicho con las propias palabras de Gessen: “Era un sistema de gobierno que se encargaba de eliminar a sus enemigos, un sistema paranoico y cerrado que trataba de controlarlo todo y destruir cualquier cosa que no pudiese controlar”. En este ambiente opresivo y siniestro, Vladimir Putin no sólo se sentía como pez en el agua sino que gracias a éste pudo llegar a ser presidente de Rusia.

Si hay una frase que revela el pensamiento político de Putin es aquella que pronunció en 2005 y en la que afirmaba que la caída de la Unión Soviética fue la «más grande catástrofe geopolítica del siglo». Lo cual hace sospechar que el actual presidente ruso no es un simple oportunista del mismo corte que sus homólogos europeos, sino que a su manera es un fiel defensor de la Realpolitik en su versión más implacable, la de la dictadura soviética. En definitiva, Putin es un nacionalista ruso de los pies a la cabeza que sigue aferrado a la cultura de la Checa.

Y es este hombre, sobre quien recae la sospecha de haber ordenado el asesinato de la activista por los derechos humanos Anna Stepánovna Politkóvskaya, tiroteada en el ascensor de su casa de Moscú, el envenenamiento en Inglaterra con Polonio 210 del exagente del FSB Alexander Litvinenko, el asalto al Teatro Dubrovka con gas venenoso, donde fueron asesinados rehenes y terrositas indiscriminadamente, así como la persecución y encarcelamiento de numerosos opositores y activistas, los cuales de un tiempo a esta parte han adquirido la poco saludable costumbre de desaparecer en extrañas circunstancias, decía, es a este hombre a quien se ha encomendado ese adalid de la libertad llamado Edward Snowden, para, bajo su altruista protección, alternar las revelaciones de secretos oficiales con filípicas contra EE.UU., llegando incluso a afirmar que "quien dice la verdad no comete un crimen".

Pero Snowden no es más que un títere con delirios de grandeza, quizá un topo travestido de idealista, dispuesto a revelar sólo una parte de la verdad. Porque la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad va más allá de la NSA y los gobiernos aliados que cooperan y se benefician del espionaje indiscriminado y masivo en perjuicio de los más elementales principios legales y morales. La otra parte de la verdad que Snowden calla es que EE.UU., hasta ayer salvaguarda de la libertad de Occidente, se tambalea. Y Vladimir Putin, ese maestro de la agitprop y alumno aventajado de la Checa, quiere darle el golpe de gracia para reinar en su lugar, con el permiso de China, por supuesto.


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