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Siria: el penúltimo avispero

Dos días después del presunto empleo de armas químicas por parte del régimen de Bachar al Asad en la zona de Guta Oriental, a las fueras de Damasco, Barak Obama se mostraba reticente y pedía cautela a quienes «tienen la noción, un tanto exagerada, de que, de alguna manera, Estados Unidos puede resolver problemas que son muy complejos», y demandan una intervención directa en los conflictos de Siria y de Egipto. Palabras muy medidas que no estaban dirigidas a la opinión pública norteamericana, sino a apaciguar los ánimos de los emiratos de Arabia Saudita, Kuwait, Qatar y Omán, los cuales, desde que empezó la llamada Primavera Árabe, no ganan para sustos. Ya en 2012 tuvieron que auxiliar a la monarquía sunita de Bahréin para aplastar la sublevación protagonizada por la mayoría chií del país. Curiosamente, en aquella ocasión la extrema brutalidad con la que fue conjurada la revuelta pasó prácticamente desapercibida en Occidente.

Inútil intento del inconsistente Barak Obama para tranquilizar a sus aliados en el Golfo Pérsico. Porque, a lo que parece, la decisión de intervenir militarmente en Siria ya había sido tomada más allá del Salón Oval. Así, el pasado miércoles 28 de agosto, transcurridos sólo cinco días de la primera toma de posición y unos minutos después de homenajear a Martin Luther King a los pies de la estatua de Lincoln, el presidente norteamericano cambió su discurso y defendió sin tapujos el ataque a Siria calificándolo como «una señal muy fuerte» para que el régimen de Asad no vuelva a utilizar armas químicas. Y aunque reconoció que tal intervención «no terminará con la muerte de civiles inocentes en Siria», aseguró que el régimen de Bachar al Asad comprenderá así que el uso de armas químicas es incompatible con los intereses nacionales de Estados Unidos.

¿Quién decide realmente actuar militarmente en el conflicto sirio?

¿Por qué Estados Unidos y, en general, los países europeos parecen estar dispuestos a renunciar a la inacción de estos dos últimos años e inclinarse súbitamente a favor de una intervención militar directa? ¿Realmente se ha producido un salto cuantitativo en el conflicto sirio que justifique cabalmente este cambio de posición? Al margen del tabú que desde la Primera Guerra Mundial estigmatiza el uso de armas químicas, la diferencia entre éstas y otras armas modernas mal llamadas “convencionales”, que se emplean desde hace muchos meses en Siria, es en la práctica menor a lo comúnmente aceptado. Tal diferencia es más psicológica que cuantitativa. Se atenta igualmente contra la moral y la ética masacrando a civiles con bombas de alto poder destructivo, aunque estas no sean químicas sino incendiarias y termobáricas.

Los números ponen de relieve que los ataques indiscriminados con bombas modernas de gran capacidad destructiva sobre zonas civiles han tenido como resultado masacres cuando menos igualmente terroríficas y devastadoras a la recientemente acaecida en la zona de Guta Oriental. Así retrataba los efectos de las bombas convencionales modernas el periodista norteamericano Dexter Filkins en un artículo sobre la Segunda Guerra de Irak publicado hace ahora diez años: Sus víctimas son vaporizadas. Trituradas y reducidas a polvo. «¿Alguna vez ha visto lo que hace una bomba de 900 kilos a una persona?», me preguntó una vez un oficial norteamericano, sin presumir en realidad, porque en ese caso las víctimas habían sido soldados estadounidenses. Fuego amigo, Afganistán, cinco tipos. «Metimos los restos en una bolsa de bocadillos».

El uso de armas químicas no es justificación suficiente para un ataque directo al régimen sirio. O, mejor dicho, no explica de manera convincente porqué ha de producirse ahora y no hace meses, habida cuenta de que la brutalidad y la altísima mortalidad del conflicto sirio no es cosa de hace un par de semanas (más de 100.000 muertos y millón y medio de refugiados). Es evidente que para la opinión pública el término “arma química” genera inquietud y miedo: pánico. Factor psicológico este que está siendo utilizado de manera interesada. La mortalidad y el horror de las guerras irrestrictas –es decir, de todas la guerras– siempre es inaceptable, sea cual sea el apellido de las armas empleadas. Sin embargo, el término “arma química” ha traído consigo la oportunidad que un puñado de países, o mejor dicho gobernantes, estaban aguardando.

Obama sabe muy bien, y también sus asesores, que intervenir militarmente en los conflictos de Oriente Medio es una huída hacia delante cuyos beneficios se circunscriben en el mejor de los casos al corto plazo; se trata pues de una respuesta espoleada por la maraña de intereses que subyace en la zona. Pero si hacemos un análisis menos simplista que lo que es habitual, es evidente que la relación coste-oportunidad en esta ocasión no es demasiado ventajosa para Estados Unidos, ni siquiera en el corto plazo, por más que los antiamericanos acérrimos apunten en esa dirección. Por lo que tal vez la decisión de actuar esté condicionada por las exigencias de un grupo de países cuyo poder financiero, acumulado durante décadas gracias al fluir incesante del petróleo, influye y mucho en las cúpulas dirigentes no sólo de Estados Unidos sino de los países europeos, entre los cuales se encuentra España.

Desde Arabia Saudita, Kuwait, Qatar y Omán, centenares de miles de millones de dólares viajan hacia Occidente en forma de financiación, inversiones, concesiones petrolíferas y sustanciosos concursos de obras de infraestructuras. A lo que hay que sumar la estabilidad en el suministro y precio del petróleo que la llamada Liga Árabe garantiza. Y, por si todo ello no fuera suficiente, está también la tolerancia no declarada por parte de los emires sunníes hacia el estado de Israel, cuestión ésta que sus adversarios chiítas, tan apocalípticos como de costumbre, ven intolerable. En resumen, quizá hay demasiado en juego como para contrariar a tan poderosos señores, determinados como están a frenar la creciente marea chiíta e imponer su reinado sunita en todo el Golfo Pérsico y más allá, subcontratando para ello el poder militar de Estados Unidos.

Prepararse para la guerra, prepararse para la paz

Con todo, lo más grave es que de producirse la intervención militar no hay en el horizonte ningún plan que garantice seguridad a medio y largo plazo en la zona. Error recurrente que ya quedó patente en la segunda guerra contra Irak y la posterior ocupación. En aquella ocasión, los “aliados”, una vez eliminado el dictador de turno, se vieron forzados a recluirse en la llamada Zona Verde. Un complejo de fortificaciones militares y oficinas situado en Bagdad y aislado por completo del resto Irak. Se ganó la guerra pero se perdió el país. Y lo mismo ha sucedido en Afganistán. Lugar este último del que las tropas occidentales se retiran a marchas forzadas, una vez que los gobiernos occidentales han comprobado por enésima vez que los cambios institucionales en naciones tan pobres, fragmentadas y diferentes requieren de un esfuerzo de décadas; esfuerzo económico y humano que ha de ser realizado sobre el terreno por personas cualificadas, carentes de prejuicios y conocedoras de las costumbres, idioma y psicología de sus pobladores. En definitiva, instaurar algo remotamente parecido a la democracia en determinados lugares no es cosa que se consiga de la noche al día… y tampoco en una legislatura. ¿Pero acaso eso importa?

En conclusión, intervenir en Siria no es en sí el error. Tal cosa no es a priori positiva o negativa. El problema es la segunda parte de la ecuación. En estos tiempos en los que las democracias occidentales han de hacer frente a conflictos cada vez más complejos, el aserto de que si quieres prepararte para la paz, antes debes prepararte para la guerra, se ve invertido en el orden de sus términos; es decir, si no hay más opción que hacer la guerra, es preciso prepararse antes concienzudamente para la paz. Y en el caso de Siria, como antes sucedió con Irak y después con Afganistán, no existe un plan para la paz medianamente realista, viable e inteligente. Entre otras muchas razones, porque, como en todo los demás asuntos, lo que manda es la política del corto plazo y los intereses creados. Y para eso es suficiente con aplicar la fuerza, por contraproducente que sea de cara al futuro.


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