Game Over

Setecientos setenta y un días después

Hoy, no sin pocas tribulaciones por mi parte, este modesto blog cumple las cien entradas. Una cifra que, aunque modesta, ha sido posible, primero, por la buena voluntad del director de este diario y segundo, por la complicidad de los lectores. Vaya pues, antes de nada, mi más sincero agradecimiento a todos y en especial a quienes fielmente lo siguen, divulgan y enriquecen con sus comentarios. Cierto es que setecientos setenta y un días, que es el tiempo transcurrido desde el primer post hasta el presente, no son demasiados, pero sirven para ver las cosas con cierta perspectiva. Y a eso voy, con su permiso.

De Winston Churchill a Mariano

Al poco de que echara a andar este blog, concretamente el mes de noviembre de 2011, los españoles otorgaron a Mariano Rajoy una mayoría absoluta, a todas luces inmerecida, en las elecciones generales. El discurso que el futuro presidente pronunció la misma noche de su triunfo electoral fue su primer y único intento de conectar con una sociedad que vivía con el corazón en un puño. Allí, desde el balcón de la calle Génova y rodeado de los suyos, Mariano se sintió fuerte y emuló a Winston Churchill al asegurar a su manera no tener nada más que ofrecer que sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor. A cambio se comprometió a hacer todo lo necesario para evitar el hundimiento.  

Pero el solemne compromiso de Mariano se evaporó, junto con su valentía, en el mismo momento en que se certificó de manera oficial su mayoría absoluta. Una vez erigido presidente, se creyó legitimado para gobernar con total hermetismo y de espaldas a la opinión pública. Y si bien es cierto que en el transcurso de estos dos años se nos ha sometido –a unos más que a otros– a un esfuerzo extenuante, Mariano Rajoy no ha cumplido ni de lejos con su parte. Muy al contrario, nos ha asaeteado con subidas de impuestos, recortes y pérdidas de derechos. Justo castigo, todo hay que decirlo, a nuestra ingenuidad, a ratos candorosa, a ratos interesada, y a nuestra secular apatía.     

El Régimen era esto. Al menos ya lo sabemos

Al margen de esa macroeconomía inaccesible para el común, cuando no indemostrable, la llegada al gobierno del Partido Popular, lejos de suponer un contrapunto esperanzador a las dos delirantes legislaturas socialistas precedentes, ha supuesto el desquiciamiento de todas y cada una de las perversiones de un modelo político agotado y corrompido hasta la médula para el que sigue sin haber sepulturero. Y vivimos en estos días a medio camino entre el estado de shock y el descreimiento más absoluto; atrapados en un limbo, quién sabe si purgatorio, del que no podemos liberarnos.

Ahora que de nuevo empiezan a sonar las trompetas electorales, es hora de decir alto y claro que no fue la voluntad de este gobierno, cuyos miembros jamás estuvieron dispuestos a inmolarse en el altar de la regeneración democrática, lo que nos evitó el rescate, sino ese romano de rostro abotargado, a la sazón presidente del Banco Central Europeo, que vio en la deriva española el apocalipsis del euro. En efecto, gracias a la prodigalidad del BCE y a la falta de arrojo de Angela Merkel –no era tan fiero el león como lo pintaban algunos–, el gobierno del PP ha podido evitar las verdaderas reformas, de tal suerte que, transcurrida la mitad de esta legislatura, España sigue siendo el mismo régimen cerrado y expoliador de siempre, ese en el que la solución de cualquier problema pasa por gobernar por decreto y meter la mano en el bolsillo al sufrido contribuyente.

Para el común, las instituciones dejaron de existir hace tiempo

Lo peor, con todo, ha sido el desprestigio en el que han acabado sumidas las más altas instituciones. Hasta tal punto llega el despropósito que, aunque resulte un absurdo, diríase que quienes representan a la Corona, ocupan el Parlamento o dictan sentencias en los más altos tribunales, a juzgar por sus actos parecen ser los primeros interesados en demolerlas. Y si bien, en lo económico, sabíamos que la igualdad de oportunidades dejó de existir hace tiempo para mayor gloria, y sobre todo beneficio, de las oligarquías parasitarias, en lo político nos faltaba aún por ver cómo los padres de la patria liquidaban el principio más sagrado: la igualdad ante la ley. Y ese momento ha llegado con la oposición frontal del Régimen a la imputación de la infanta Cristina.

Pese a todo, durante estos dos años de disgustos, el común, en el mejor de los casos creyendo que podría cambiar el signo de los tiempos con efímeras movilizaciones, ha demostrado una alarmante falta de músculo, de tal suerte que a punto de concluir este 2013 jalonado de escándalos, en España ya sólo luchan quienes pueden aspirar a conservar algunos privilegios. El resto a lo sumo se rasgan las vestiduras. Y ya se lo advirtieron a Electra: «Ni con llantos ni con imprecaciones sacarás a tu padre del estanque del infierno en donde hay lugar para todos, sino que llorando más allá de lo debido, con ese inmenso dolor te vas marchitando, sin que en tu llanto se vea solución a tu desgracia».

Ante la posibilidad de que la recuperación económica no llegue a producirse, o simplemente para ajustar cuentas por tanta tropelía, parece que finalmente hemos decidido fiarlo todo a la irrupción de nuevos partidos políticos, en especial de dos que, dicen, vienen pisando fuerte. Pero yo que ustedes no me haría demasiadas ilusiones. Y no lo digo por ser pesimista, sino por aprender de los errores. La catarsis que España necesita va mucho más allá del florecimiento de nuevas siglas políticas. Requiere de la denuncia constante y la actitud combativa de cada uno de nosotros. Y para eso aún falta un poco.

Lo dicho, gracias por estos setecientos setenta y un días.


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