Game Over

F. D. Roosevelt y Reagan: dos referentes a evitar

Parece inevitable que, en tiempos de graves crisis, el ser humano mire hacia atrás tratando de encontrar referentes históricos que puedan arrojar algo de luz sobre las incertidumbres del presente. Por ello no es de extrañar que hoy vuelvan a cobrar especial vigencia personajes comoFranklin Delano Roosevelt o Ronald Reagan. Esta actitud revisionista, sin embargo, puede derivar en el error de pensar que, rescatando opciones del pasado, y poniéndolas al día, se puedan abordar con éxito los problemas más acuciantes del presente.

En el caso de Franklin Delano Roosevelt, aún hoy día goza, para algunos, de un gran prestigio. Y los resultados de su política durante la Gran Depresión son esgrimidos como prueba irrefutable de que sólo mediante la primacía del Estado y de su intervención directa en la economía es posible garantizar el progreso y el bienestar de la sociedad. Sin embargo, esta creencia no se corresponde con los logros reales de su gestión, ya que en ningún caso quedó demostrado que su Nuevo Trato (una variante del keynesianismo) fuera la solución a los graves problemas económicos de aquel entonces. Pese a que sus medidas parecieron funcionar ocasionalmente, el hecho es que a finales de 1937 el paro en estados Unidos superaba el 19 por ciento y las producción continuaba muy por debajo de los niveles previos al Crash de 1929.

Fue el anuncio de la entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial en 1939 lo que, finalmente, terminó por sacar a la economía norteamericana de una crisis que duraba ya casi una década. Desde 1932 hasta ese momento histórico (es decir, durante 7 años) la política intervencionista de Roosevelt se demostró incapaz de sacar a Estados Unidos de la depresión. Y, quizá como solución final, el presidente que más discursos había pronunciado contra los supuestos intereses belicistas de algunos grandes magnates, fue quien tomó finalmente la decisión de embarcar al país en la mayor guerra de la Historia.

La clave del incomprensible éxito de Franklin Delano Roosevelt está en la psique de la sociedad norteamericana de entonces. Previamente al Crash de 1929, los norteamericanos habían vivido el periodo de prosperidad más intenso y prolongado de su historia, y no estaban en absoluto preparados para enfrentarse a un empobrecimiento súbito, inesperado y sin precedentes. Y esa zozobra hizo que el análisis de los problemas degenerara rápidamente en simplistas juicios morales, los cuales dieron alas a discursos populistas y a teorías económicas de eficacia dudosa. En la práctica, todo quedó en un artificio que se sostuvo gracias al deseo irracional de la población de encontrar culpables a los que responsabilizar del desastre y, de esta forma, creer que sus males tendrían una fácil y rápida solución.

Es el recurrente problema de la inmadurez de la multitud, al que ya aludieraGoethe hace más de siglo y medio. Para el ser humano es muy difícil aceptar que la incertidumbre sea compañera inseparable del progreso. Y que cuanto más rápido evolucionamos, más repentinos y abrumadores son los problemas que nos amenazan. Sin embargo, para conjurar el peligro, de nada sirve la concentración del poder económico, aún cuando se produzca al amparo de la legitimidad democrática. Pues si, según la visión de Roosevelt, el peligro es que las poliarquías económicas aspiren a gobernarnos, no parece razonable combatir una forma de concentración de poder económico con otra que, aunque en principio con fines honorables, se convierte en la práctica en el reverso de una misma moneda: la economía en manos de unos pocos políticos en vez de en manos de unos pocos magnates. Por más que a quienes gobiernen se les suponga hombres rectos, capaces y desinteresados, el Estado como institución de poder no es una organización moral o inmoral, sino sencillamente amoral. Exactamente de la misma manera que lo puede ser un oligopolio económico o cualquier otra organización cuyo fin último es el beneficio o la ostentación del poder.

En cuanto a lo que se refiere a Ronald Reagan, cuyas recetas económicas eran pretendidamente liberales y antagónicas a la política del Nuevo Trato, tampoco nos sirve como referencia. Pues, al igual que Theodore Roosevelt, sedujo a la sociedad norteamericana de manera emocional mediante discursos también populistas, en detrimento de la capacidad racional de los ciudadanos. Pese a sus supuestos principios liberales, Reagan jamás redujo el tamaño del Estado, y durante su mandado no sólo no disminuyó el gasto público, ya por aquel entonces desbocado, sino que lo aumentó significativamente, amén de que su política exterior degeneró en un gasto adicional de 140.000 millones de dólares anuales en concepto de defensa. Preguntado a este respecto, Reagan dijo que si tenía que elegir entre la seguridad nacional y el déficit, “yo me pondría del lado de la defensa nacional”, lo cual equivalía a aceptar que el fin justificaba los medios. Ronald Reagan nunca fue un liberal. Sólo se sentía atraído por algunas teorías económicas de corte liberal y entendía el Liberalismo como algo que se podía aplicar de forma facultativa, según fuera conveniente o no a sus propósitos.

Después de Reagan ha habido muchos imitadores, políticos conservadores que sólo han entendido el Liberalismo como una doctrina económica (los mal llamados neoliberales), desconectada por completo de cualquier otra convicción liberal. De ahí que algunos de estos personajes, una vez han gobernado, en vez de liberalizar la economía lo que han hecho es crear oligopolios, vulnerando el principio de libre concurrencia y entregando en bandeja de plata lucrativos negocios a unos pocos elegidos.

En resumen, en ambos casos fue la fuerte carga emocional asociada tanto a Roosevelt como a Reagan, y en especial a sus discursos, lo que les llevó a ser presidentes del Gobierno de Estados Unidos y acumular un gran poder. Y es esa misma carga emocional la que hoy sigue desvirtuando la realidad objetiva de sus logros, convirtiéndolos en peligrosos referentes: ídolos con los pies de barro. Los dos articularon sus discursos políticos fundamentalmente como juicios morales, tal y como lo siguen haciendo a día de hoy la izquierda y la derecha en Occidente, para ungirse como los “hombres buenos” que, disponiendo libremente de todo el poder de la sociedad en su forma organizada más abrumadora: la del Estado, son capaces de enfrentarse a los “hombres malos” y vencerlos. Toda una quimera que hemos de desechar para poder mirar hacia delante.


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