Game Over

Robo pero doy

A Paulo Salim Maluf (São Paulo, 1931), empresario brasileño de origen libanés y alcalde de la ciudad de São Paulo en dos ocasiones (1965 y 1992), cuya dilatadísima carrera política llena de sobresaltos y escándalos ha discurrido en paralelo a la reciente historia de Brasil, se le atribuye haber acuñado durante una de sus innumerables campañas electorales la frase “Robo pero doy”.

Con esa sorprendente declaración de principios de tan sólo tres palabras, Paulo obtuvo la complicidad de muchos votantes. “Yo me llevaré lo mío, porque así son las cosas y así van a seguir siendo. Pero, al contrario que otros, os daré vuestra parte”. Esta era la solemne promesa de Maluf. Al fin y al cabo, si la actividad política se reducía al reparto de rentas, siempre arbitrario y corrupto, siempre desfavorable al ciudadano de a pie y a discreción del político de turno, el gobernante que más abriera la mano recibiría la simpatía del pueblo.

Por más que resulte indignante, Paulo Salim Maluf demostró cierta inteligencia. Dado que una regeneración profunda del modelo político brasileño no figuraba en ninguna agenda, lo que podía diferenciar a unos gobernantes corruptos de otros igualmente corruptos era su mayor o menor disposición a abrir la mano y dejar caer sobre el común algunos Reales brasileños. Eso sí, siempre en forma de retorno de rentas; es decir, obras faraónicas, servicios, subvenciones y subsidios, que es donde la corrupción encuentra fácil acomodo.

Sin embargo, lo relevante de todo esto no es si Paulo Salim Maluf triunfó con su rocambolesca campaña, cuyo signo distintivo fue la insólita frase de marras, sino que explicitó la connivencia de unas sociedades que, a cambio del pan nuestro de cada día, transigían con el secuestro y degradación de sus instituciones. Lo cual siempre se paga muy caro, habida cuenta de que sin democracias auténticas, que preserven las sociedades abiertas, los estados terminan disolviéndose en la corrupción y propagando su merced más peligrosa: la pobreza. Una lección elemental que, pese a la que ha caído y sigue cayendo en muchas naciones del mundo, aún no hemos aprendido.

En lo que se refiere a la política, es evidente que en determinados países de América no existen los usos y costumbres europeos, tan refinados, tan hipócritas, donde la mentira se envuelve en papel de regalo y se adorna con un lazo de raso. Allí se prescinde muchas veces de las formas. Pese a ello, la política española ha funcionado, y pretende seguir haciéndolo, bajo el mismo principio que Paulo Salim Maluf consagró con esa frase bochornosa; ese robar a destajo y abrir la mano al mismo tiempo. De hecho, lo que tiene en un sin vivir a Mariano Rajoy, a toda la clase política y al establishment al completo, es la imposibilidad, dadas las circunstancias, de cumplir la segunda parte del trato; esto es, darle su parte del botín al ciudadanomedio para que deje de enredar y cierre la boca.

De hecho, es opinión extendida entre la clase dirigente que el incumplimiento de este pacto, y no el ansia de libertad y democracia de un pueblo pacato, es lo que ha generado un profundo desafecto hacia las más altas instituciones del Estado y los partidos políticos. Y que este desencuentro terminará en cuanto el Estado –es decir, los partidos– cumpla su parte del trato. Por eso, aunque los Bárcenas del reino canten La Traviata en los tribunales, todos siguen de perfil, mirando al cielo, a la espera de que la economía internacional repunte y llueva sobre España ese dinero forastero con el que el sistema de reparto pueda volver a comprar las voluntades de todos, al menos durante un tiempo. De obrarse el milagro, nuestros políticos podrán hacer como el tal Paulo y afirmar, ya sin ningún disimulo: “Robo pero doy”. Y que la rueda siga girando. 


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