Game Over

El Rey a lomos de Babieca

La imagen del Rey del pasado 24 de diciembre, manteniendo la verticalidad con la ayuda de un mueble escritorio, fue la metáfora más reveladora e hiriente de cómo este régimen, que se descompone a marchas forzadas, se resiste al cambio. Dicen que fue Mariano Rajoy quien, quizá tomando buena nota del epitafio épico del Cid, puso a Su Majestad en el brete de emular a su manera a aquel caudillo castellano, que, después de muerto, fue subido a lomos de su caballo para ganar una última batalla. Y que el destinatario del mensaje iconográfico no fue el pueblo llano sino una parte del establishment, que vivía, y vive, sus horas más bajas sumido en el desconcierto. A esta facción de hombres poderosos venidos a menos y no al común se habría dirigido el rey con aquella subliminal puesta en escena que clamaba: “¡Yo soy la monarquía; el pilar que sostiene este vuestro régimen. Aquí me tenéis, en pie, dispuesto a ganar para vosotros una última batalla!”. Y el mensaje, a falta de alternativa, surtió efecto.

Alguien cayó en la cuenta: "Si el Rey cae, caemos todos"

Más allá de si el rey subió por sí mismo a Babieca o fueron las manos de terceros las que le ataron a la silla del caballo, la clave está en que, de un tiempo a esta parte, el peso de la monarquía no descansa sobre las regias posaderas de Don Juan Carlos, sino sobre un incómodo abintestado. Es decir, por más que la sucesión esté formalmente asegurada, en estos tiempos turbulentos la Corona no puede hacer testamento porque está al albur de los acontecimientos… y de los juzgados. Por ello, pese a que meses antes, a la vista del deterioro imparable de la imagen del monarca, algún ilustre miembro del establishment tarareó la melodía de la abdicación en favor de Don Felipe de Borbón, una vez reunidos todos en cónclave, nadie se atrevió a ponerle letra a la música. Y se decidió sostener al monarca ante el temor de que en su caída arrastrara consigo al régimen y a todos sus beneficiarios.

Pero recurrir a la imagen de ese rey tambaleante, que precisaba de un mueble escritorio como punto de apoyo para mantenerse medio erguido, y, después, a un zafio lavado de imagen, son pruebas irrefutable de que nunca hubo un plan para salir de esta crisis. Como tampoco hubo nunca intención de reformar el modelo político, ni siquiera existió la menor voluntad de reducir el tamaño de las administraciones públicas de forma significativa. De hecho, estando como estamos, el rescate de bancos y cajas de ahorro y el salvamento de las autonomías, mediante el Fondo de Liquidez Autonómico (FLA), costará a las arcas públicas 84.000 millones de euros*,a los que habrá que sumar al menos otros 23.000 millones en 2013. Un suma y sigue interminable.

El régimen se encastilla

Todo queda ya a expensas de que a finales de año, por obra y gracia de unos salarios cada vez más bajos, la solidez demostrada por el sector turístico y la buena marcha de las exportaciones, algunos datos macroeconómicos sean por fin favorables. Y Rajoy se aferra a la idea de que en el último trimestre de 2013 haya un punto de inflexión y, en consecuencia, el estado anímico de los ciudadanos mejorará sustancialmente. Lo que revitalizaría las expectativas de voto, que es lo de verdad importante. De hecho, ya se prepara a la opinión pública para que valore muy benignamente cualquier dato positivo, por insignificante que éste sea. Y sólo el repunte de la prima de riesgo podría aguarles la fiesta.

Con la vista puesta en esa playa, la consigna es bracear y mantenerse a flote a toda costa. Lo cual implica encastillarse; es decir, cerrar filas en torno al monarca, mitigar el alcance de cualquier reforma que afecte a los intereses de la clase política, elevar el control sobre los tribunales a niveles inauditos, expulsar de los juzgados a la plebe, proteger a la gran banca, favorecer a las grandes compañías y cargar el esfuerzo fiscal sobre las clases medias. En definitiva, apretar los dientes y esperar a que escampe. Lo cual lleva aparejado aplazar la abdicación de Juan Carlos… al menos, hasta poner pie en tierra firme.

Salir de la crisis por la puerta trasera

En el caso de que esta estrategia funcione y salgamos de la crisis sin que se hagan reformas imprescindibles, además de que el sector petrolero seguirá, como hasta ahora, en manos de Repsol, Cepsa y BP (80% del mercado), el eléctrico al albur de Endesa, Iberdrola y Gas Natural (93% del mercado) y las telecomunicaciones en poder de Telefónica, Vodafone y Orange (85%), dos grandes grupos, como son Mediaset y Grupo Antena 3, pasarán a controlar la información de forma abrumadora. Y por encima de todos, en la cúspide, tres grandes bancos, Santander, BBVA y Caixa Bank, coparán el sector financiero, ejerciendo en la sombra un poder incontestable. Es decir, se culminará un proceso de concentración económica sin parangón en Europa. Una imparable acaparación de la riqueza que, desde la Transición hasta nuestros días, ha avanzado en paralelo a la concentración del poder político y a la sombra de una ausencia total de competencia. ¡Oh, sí!, técnicamente podríamos salir de la crisis, por supuesto, pero a costa de ser todos mucho más pobres por tiempo indefinido. Porque aún habrá que digerir una deuda de la que nadie, más allá del ciudadano de a pie, se hace cargo. Y aunque volvamos a crear empleo, la clase media estará condenada. En definitiva, una falsa salida de la crisis hacia la que no sólo el rey, sino el régimen al completo galopa enloquecido a lomos de Babieca.

(*)  Se incluyen también los 10.000 millones en líneas ICO a cinco años facilitados en 2012 a las CCAA.


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