Game Over

La Revolución y el vértigo

Cuando los malos datos económicos pulverizaron todos los registros conocidos, y en consecuencia el Gobierno optó por incumplir sus compromisos electorales para hacer caja de forma expeditiva y manifiestamente injusta, se instaló en las élites dirigentes el temor a que el descontento degenerara en un torrente de algaradas y disturbios que comprometieran seriamente la gobernabilidad del país. Una de las primeras señales inequívocas de ese miedo a perder el control fue la intempestiva aprobación del Real Decreto-ley de medidas urgentes para reforzar la protección a los deudores hipotecarios tras la ola de suicidios de finales de 2012. Un dramático fenómeno que se ha recrudecido durante este febrero negro.

Desde ese día, no sólo el Gobierno sino la clase política al completo, junto con los poderosos grupos empresariales y financieros que controlan la economía, han vivido con el temor del estallido social. De hecho, no pocos de sus integrantes han confesado en privado estar asombrados por la capacidad de aguante de la sociedad española. Lo cual, además de explicitar un sentimiento de alivio, revela su creciente inquietud.

De las miserias políticas a los delirios revolucionarios

Sin embargo, los políticos, lejos de dedicar sus energías a acometer una imprescindible regeneración institucional, se han enzarzado en un fuego cruzado de revelación de secretos. Y esta cascada de filtraciones de casos de corrupción, dinero negro y espías, producto de los ajustes de cuentas, traiciones y expulsiones del sistema de prebendas de algunos miembros de las élites, amenaza con colapsar los tribunales y, lo que es peor, liquidar, sin que exista transición posible a la vista, la ya maltrecha credibilidad de las actuales instituciones.  De ahí que, según las élites se desangran en su lucha fratricida, aumente el número de personas convencidas de que España sólo podrá depurarse con una revolución. Pues la abrumadora visión de este espectáculo dantesco les impide ser conscientes de que toda revolución consta de dos partes bien distintas: el sueño y la pesadilla.

La verdadera naturaleza de la Revolución

Para lograr la ruptura completa y absoluta con el presente y provocar ese shock histórico que es su esencia, la revolución ha de acumular una enorme cantidad de energía. Y una vez el orden vigente cae frente al arrollador empuje revolucionario, las fuerzas liberadas, lejos de obedecer a la sociedad que las invocó y disiparse, se expanden sin control como una poderosa onda expansiva. Así, la primera parte de una revolución puede ser hermosa y emocionante, y seducir incluso a los hombres más fríos y racionales. Sin embargo, la segunda deviene siempre en la desnaturalización de las causas que la originaron y la institucionalización de otras muy distintas, aun por encima de los derechos más elementales. Y los grupos más radicales y mejor organizados terminan dirigiendo la incontenible fuerza de la sublevación colectiva hacia la consecución de sus propios fines. Lo cual da paso a la legitimación de la violencia, la pérdida de libertad y, finalmente, el terror.

La revolución es, usando la definición acuñada por Karl Popper, ingeniería social utópica, pero en su forma más abrupta: la de una conmoción sublime. Y lo sublime no siempre es benigno sino esencialmente abrumador. Es la explosión cegadora y grandiosa. Pero también el suceso que trasciende al hombre y le lleva a la perdición. En palabras de Victor Hugo, “Una guerra de bárbaros contra salvajes”. De hecho, todas las revoluciones se han iniciado con un estallido prodigioso, un instante sublime. Pero invariablemente han terminado en un apocalipsis purificador que ha abismado a las sociedades en la arbitrariedad y el terror.

La urgencia y el gregarismo, las peores amenazas del cambio

Todavía es pronto para preocuparse por la contingencia de una revolución. La sociedad española aún está más preocupada por lo que pueda perder que por aquello que dudosamente podría ganar. Sin embargo, el tiempo sigue corriendo. El reloj no se ha detenido. Muy al contrario, sus manillas avanzan a un ritmo vertiginoso. Y el riesgo de un estallido social, que avanza pari passu a la degradación de la economía, está siendo exacerbado por el lamentable espectáculo de un orden institucional en avanzado estado de descomposición. La revolución ya no es una quimera, sino un peligro real que empieza a despuntar en el horizonte, aunque este sea aún lejano.

Para conjurar esta contingencia indeseable, los ciudadanos podemos influir y orientar un cambio institucional en la misma medida en que podemos influir en la acción colectiva. Y para ello nada mejor que la visibilidad de una opinión pública que, por primera vez en los últimos 30 años, prevalece sobre la opinión publicada. Signo inequívoco de que algo está cambiando.

El debate a pie de calle ya no es la preferencia entre partidos sino la crítica al sistema y la necesidad de un profundo cambio, de un amejoramiento de nuestra democracia. Hecho que habría sido impensable hace tan sólo unos pocos años. Sin embargo, las pancartas y las consignas de los grupos organizados amenazan con arruinar este prometedor inicio, encallándoloen el populismo y el mero reparto de los recursos –lo que, dadas las circunstancias, equivale a repartir pobreza–, en vez de confluir hacia el necesario cambio de las reglas de juego.

Es obvio que de la crisis no saldremos sólo mediante la mejora aparente de la economía, ni tampoco por la vía de una solidaridad mal entendida. Ambos errores ya los cometimos en el pasado. Nuestra crisis es política. Y es labor de los ciudadanos más honrados, responsables y preparados, y de una nueva intelligentsia, seguir difundiendo este mensaje mediante el uso de la razón y renunciando a la emoción o la violencia. Hemos de exigir la transformación de España en una sociedad de libre entrada, donde la Justicia, la Libertad y la Prosperidad estén al alcance de cualquiera y nadie juegue con ventaja. Lograrlo no es imposible, pero sí agotador. Pues requiere trabajar sin descanso. Pero como dijo Goethe, la libertad y la vida se merecen si se las conquista todos los días. 


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