Game Over

Rehenes de una clase política infumable

Citas y sentencias sobre el carácter de los españoles las hay a miles, casi todas injustas al no separar el grano de la paja. A este ejercicio de calificarnos tomando el todo por una parte se han sumado a lo largo de los siglos una gran variedad de personajes, de dentro y fuera de nuestras fronteras. Desde los más relevantes y lúcidos hasta los más perturbados y tenebrosos. Así, al propio Winston Churchill se le atribuye la lindeza que dice: "los españoles son vengativos y el odio les envenena". Y Napoleón Bonaparte, aquel general corso que quiso recrear Europa a cañonazos, dejó dicho, quizá porque su delirio imperial empezó a desmoronarse precisamente al cruzar los Pirineos, que España era "una chusma de aldeanos guiada por una chusma de curas". Y como final de esta breve muestra, aquella cita atribuida a Julio César que reza: "dichosos los españoles para quienes beber es vivir".

Pero el argumento más destructivo e injusto de todos, por invertir a sabiendas el orden de las pruebas, es el que asevera que este es el país de la picaresca, y usa el Lazarillo de Tormes como un intemporal mapa genético. Pero no de la nación política sino de la otra más llana, la del ciudadano sometido a dieta forzosa que es atado en corto porque el destino es un traje que le viene siempre grande. Olvidan que el trasfondo de ese relato es la denuncia contra el poder y, muy especialmente, contra quienes se mimetizan con él y viven en sus aledaños. Un cuadro minucioso de una sociedad cerrada a cal y canto, en la que la falta de libertad, de pensamiento y de obra, es asfixiante y cuyo horizonte sombrío y carente de expectativas, transforma el talento y el ingenio en simple picaresca. Aún hoy prevalece la falacia de que nuestro tradicional oportunismo se debe a una tara genética de la que sólo se libra un puñado de prohombres. Lo cual es más falso que la sonrisa de un político. Porque el pueblo español, pese a sus múltiples defectos, siempre ha sido más realista, inteligente y valeroso que su clase dirigente.

La España solvente a merced de la España política

Si hay algo singular en el devenir de España, detalle fundamental que obvia la mayoría de aquellos que nos califican tan duramente, es que jamás un pueblo ha tenido de continuo tan pésimos gobernantes. Y lo que es aún peor, una élite en general deplorable que gusta de servir y servirse del poder. Lo cual no obedece a la fatalidad o al destino, sino a un secular déficit de libertad individual que, éste sí, está en la génesis de casi todos nuestros males. Un legado envenenado que ha llegado hasta el presente prácticamente intacto, abocándonos a vivir una ficción democrática que se ha tornado pesadilla. Así, mientras la nación real ha pugnado a lo largo de los siglos por abrirse camino y crear una marca España solvente, la nación política, con su irresponsabilidad crónica, ha proyectado al exterior, a los largo de los siglos, una imagen de país que asusta.

Lo que hasta el más sencillo de los ciudadanos sospecha -porque el pueblo puede ser al mismo tiempo ignorante y sabio, y no como muchos intelectuales, cuya erudición nubla su inteligencia- es que no podremos solucionar nuestros problemas sin romper antes con este guión que va ya para más de quinientos años. Cierto es que la libertad individual implica ciertos riesgos y que, como dijo el filósofo, el mundo no puede ser redimido de una vez para siempre. Por eso, cada generación tiene que empujar, como Sísifo, su propia piedra, para evitar que ésta se le eche encima aplastándole. Pero si el pueblo llano no alcanza mayores cotas de independencia, entendida ésta como un compromiso con la responsabilidad individual y la creación de riqueza, y no como la acumulación de endebles derechos comunes (la trampa política de la Libertad por puntos que ha venido rigiendo hasta ahora), será muy difícil que España pueda salir airosa, no sólo en lo que respecta al apurado trance de estos días sino a ese otro que, inevitablemente, habrá de llegar más tarde. Es decir, y valga la metáfora cinematográfica, si los galeotes no son liberados de sus cadenas, Quinto Arrio perecerá ahogado junto con ellos sin que de nada le sirva su alta alcurnia.

Pero sus eminencias, ante la inquietante visión de un pueblo individualmente más libre y maduro, parecen estremecerse. De ahí que, antes que promover cambios profundos, hayan optado por jugar al ratón y al gato, fiándolo todo a la ayuda exterior, tal y como ya hizo en 1823 Fernando VII, aquel rey liberticida y felón, ante la insoportable perspectiva de tener que reinar en una nación de hombres libres. Pero en esta ocasión, en vez de suplicar ser invadidos por los Cien Mil Hijos de San Luis, se solicita, se ruega, se implora, con una reverencia impostada, que el Banco Central Europeo inyecte euros a mansalva en esos chiringuitos financieros que son las cajas de ahorro. Verdaderas ruinas contables producto de la connivencia entre políticos y mercaderes.

Como el auxilio parece no llegar nunca, nuestros distinguidos políticos, con una desfachatez clamorosa, se erigen en héroes y nos instan a que no caigamos en el fatalismo. Una demanda delirante, habida cuenta de que el español es, por pura necesidad, vital y optimista, en ocasiones hasta llegar al absurdo. No es el fatalismo, señores, sino la indignación y el hartazgo, y también una visible fatiga, lo que cunde entre los ciudadanos. La certidumbre de que una situación limite como la presente requiere de decisiones valientes, que nuestra clase política, tan heroica ella, es incapaz de tomar, desanima a cualquiera.

Puede que Alemania termine siendo nuestro verdugo. Pero la culpable de subir al cadalso no es otra que esa España del cliché, la que el español de la calle aborrece pero no consigue quitarse de encima. Esa misma que se resiste ferozmente a ser desmantelada. Y cuyas interesadas maniobras habremos de sufragar todos, como siempre. ¿No habría sido mejor humillar la cabeza, cumplir con lo prometido y dejar de vomitar mentiras? De haberlo hecho, quizá habríamos recibido la ayuda que tanto necesitamos –necesitan-. Ojalá la inconmovible Alemania no nos juzgue con la misma dureza que Churchill, Napoleón o César y vea, más allá de la España del cliché, a esa otra real, responsable y laboriosa y, en última instancia, cometa el desliz de no dejarnos caer de la cornisa. Porque, ahora sí -¡enhorabuena políticos!- de este callejón sin salida no podemos salir solos.


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