Game Over

Rajoy, el sepulturero involuntario

En honor a la verdad, hemos de agradecerle a Mariano Rajoy, ese estadista que a ratos parece un prusiano apolillado; a ratos, un funcionario de la antigua Alemania Oriental perdido en un centro comercial; y las más de las veces, un político atrapado en su propio laberinto, que, al poco de ganar las elecciones generales, dejara ya claro, cristalino, que el modelo institucional español no era más que un decorado de cartón piedra y nuestra democracia, una filfa. 

La prematura coz de Mariano y el principio del fin de un imposible

Fue el 11 de diciembre de 2011, tan sólo veintiún días después de celebradas las elecciones generales, cuando, con la mayoría absoluta en el bolsillo, Rajoy decidió darse un homenaje anunciando a bombo y platillo sus primeros nombramientos: los presidentes del Congreso y el Senado. Un trámite que si bien debía ser un acto formal, terminó por no serlo en absoluto. 

En efecto, Mariano no propuso sus candidatos donde debía; esto es, en esas dos cámaras en las que, dicen, reside la soberanía del pueblo, sino que prefirió hacer su primera imposición de manos en la sede del Partido Popular, violentando así unas reglas que se le antojaron prescindibles. Prueba empírica incontestable de esa teoría que dice que una cosa son las instituciones políticas y sus reglas formales, y otra bien distinta la “cultura”, usos y costumbres que imponen las organizaciones informales que las ocupan

Así, en la que ya empieza a ser tristemente célebre calle de Génova, jaleado por la gran familia popular y con la prensa como testigo mudo del desafuero, Mariano, como si del dios Poros se tratara, proveyó sus dos primeras gracias y abrió la espita del reparto de cargos y prebendas, anticipándonos con sus pésimas maneras lo que iba a dar de sí la nueva legislatura. 

Con ese primer acto de cesarismo, este gallego, que alardea de prudente, se pasó por el arco de su triunfo electoral no ya el más elemental pudor, sino cualquier necesidad de disimulo. Y de haber estado más atentos a los inquietantes signos del destino, en vez de sentirnos absurdamente esperanzados, habríamos visto venir las desdichas que nos aguardaban a la vuelta de la esquina. Lamentablemente, la pobreza democrática lleva aparejada la falta de reflejos. A la vista está. 

Cuando no hay democracia todos terminan mandando demasiado

No debemos caer en el error de asociar afrenta y personaje, como si Mariano fuera el único villano de este drama. Dar aquella coz al modelo político en todo el frontispicio no fue un capricho personal, ni tampoco un acto consciente y calculado. Rajoy hizo lo que hizo, como luego haría otras cosas peores, sencillamente porque podía. La perversa naturaleza del sistema dictaba, y dicta, que quien manda en el partido que gobierna, manda sobre todo lo demás, Congreso, Senado, Fiscalía, altos tribunales y entes reguladores incluidos; es decir, ostenta un poder casi absoluto. Y tarde o temprano tenía que llegar el día en el que hasta las formas se perdieran. No hay mentira que dure eternamente. 

Desde ese apoteósico 11 de diciembre, hemos asistido a la consunción de un sistema desahuciado, que, en su alocada huída hacia delante, se ha dejado por el camino cualquier vestigio de legitimidad, si es que alguna vez tuvo tal cosa. Ahora sabemos que política y negocios forman un solo cuerpo, ente incompatible con cualquier reforma democrática, aun la más insignificante. Rajoy y los suyos no ganaron las elecciones para regenerar España, sino para gobernar dentro de los límites acostumbrados, de espaldas a los españoles y consensuando cada decisión con los personajes de siempre, esos para los que España no es ni pueblo, ni país, ni nación: sólo negocios. 

Dos años después, seguimos instalados en la francachela. Prueba de ello son los numerosos contactos entre el gobierno y los tres banqueros principales, las reuniones “informales”, en ocasiones intempestivas, con los capos de los oligopolios nacionales, la disciplinadísima asistencia a bodas y aniversarios de los amos de los 'mass media' aliados, los pactos de silencio entre partidos políticos y, por último, la decisión de salvar a la Corona convirtiendo la Fiscalía en caballo de Troya. Pasteleo indecente, inmisericorde, que por fuerza llevaba aparejado el incumplimiento sistemático de las promesas electorales –entre ellas, la despolitización de la Justicia–, para, a cambio, regalarnos el expolio fiscal, acelerar la extinción de las clases medias, silenciar a los disidentes, amurallar la economía, bunkerizar el Régimen y, por último, empujar a España a esa liquidación de existencias que llaman salir de la crisis

No hagan caso a los agoreros

Pese a todo, no hay que desanimarse, al contrario. Los redoblados esfuerzos de este gobierno por blindar el Régimen no son prueba de fortaleza sino de extrema debilidad. Asistimos a un momento histórico en el que las pésimas costuras constitucionales han devenido en desgarros institucionales imposibles de remendar. Lo cual hay que agradecer a Mariano en la parte que le toca, porque, aun suponiendo que obrara con la mejor de las intenciones, su impenitente lealtad hacia esa España oficial leonina, prevaricadora y corrupta le ha convertido en acelerante del incendio institucional. 

Hoy, la opinión pública arde por los cuatro costados, del tal suerte que los partidos tradicionales, lobbys, sindicatos y demás colectivos, que desde 1978 han tenido a España secuestrada, parecen llegar al final de sus días. Es evidente que se ha iniciado un proceso de cambio, cuya primera providencia será probablemente la fragmentación del Parlamento. Suceso que muchos tachan ya de catastrófico. Pero no hay que tener miedo, al contrario. Mejor un espectro político fragmentado y dividido, con fisuras por las que se cuele el reformismo, que otro monolítico y hermético que nos dé doble ración de lo mismo.


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