Game Over

Rajoy como experimento

No había en él nada atractivo, ni el aspecto físico, ni la palabra –escasa–, ni siquiera un gesto cualquiera. Una persona seca, no ya introvertida sino hermética, de una timidez extrema a la que había que sacar de casa, llevar y traer, obligar a ir a un partido de fútbol o a tomar unas cañas. Así describía al joven José María Aznar quien lo conoció bien cuando ya, por alguna razón, había sido seleccionado para llegar a lo más alto de la política.

Alrededor de este personaje que luego sería presidente, había un pequeño grupo de intelectuales o, si acaso, ilustrados edecanes cuya misión era tutelarle intelectualmente, dotarle de pensamiento político y aclararle ideas y conceptos. Eran otros tiempos en los que los principios, al menos como punto de partida, seguían considerándose la materia prima con la que moldear a un futuro gobernante; o en su defecto, lo que debía diferenciar a un candidato conservador de otro socialista y viceversa.

Hoy el pensamiento coherente y la claridad son más un defecto que una virtud, porque impiden que los candidatos y sus partidos bailen al son de las encuestas

Hoy el pensamiento coherente y la claridad son más un defecto que una virtud, porque impiden que los candidatos y sus partidos, meras estructuras de reparto de poder adosadas a sus jefes, bailen al son de las encuestas, vendan un día una cosa y al otro la contraria y se “adapten” convenientemente al cada vez más voluble mercado del voto. Y es que, aunque puedan parecer cosas similares, gobernar nada tiene que ver con rebajar la política a una mera forma de vida, aunque esa sea la tendencia.

Aznar y la inmortalidad

De ese joven Aznar, irritantemente seco, distante y hermético, a aquel otro que comparecía altivo y desafiante años después en la comisión del 11-M, para proclamar tal cual que los "autores intelectuales" de los atentados no venían "de desiertos muy lejanos ni montañas muy remotas" (y hasta ahí quiso leer el gran hombre) medió un periodo durante el cual se convirtió en el jefe de su partido y fue elegido presidente del Gobierno en dos ocasiones. Circunstancias ambas que en España otorgan al ungido un poder tan carente de controles y contrapesos que por fuerza termina enterrando sus virtudes y exacerbando sus defectos.

En el caso de Aznar, fue la soberbia. El joven hermético había mutado en un tipo prepotente, tan ávido de reconocimiento, de relevancia, tan obsesionado con la inmortalidad, como en su día pudo estarlo François Mitterrand, que antes de la matanza de marzo de 2004, cuando aún se las prometía muy felices, había decidido retirarse con todos los honores y asegurarse de que su sucesor, el futuro candidato de la derecha, no pudiera hacerle sombra en el futuro. 

Para Aznar la historia de España, y la de su propio partido, debía quedar marcada de forma indeleble, dividida en el antes y el después de su llegada 

Para Aznar la historia de España, y la de su propio partido, debía quedar marcada de forma indeleble, dividida en el antes y el después de su llegada. Y a tal fin buscó el sucesor adecuado. Debía ser un tipo obediente, de perfil bajo, muy hábil a la hora de manejar los entresijos de la política, sí, pero enemigo de las alharacas y a quien la inmortalidad le importara una higa. En definitiva, alguien discreto y chapado a la antigua, un amanuense dispuesto a dejarse la piel por preservar el statu quo aun en los detalles más nimios. Y Mariano resultó ser el candidato perfecto. Por un lado tenía experiencia más que suficiente para administrar una España, en apariencia, bien encarrilada; y por otro, su nula egolatría y su carácter conservador, en la concepción más fatigosa del término, garantizaban que el aznarismo nunca se vería superado.

Caprichos del destino

Así fue como un registrador de la propiedad, un burócrata de los pies a la cabeza, fue aupado al puente de mando del Partido Popular, abocado a perder dos elecciones generales consecutivas contra un personaje tan alucinado como José Luis Rodríguez Zapatero. Las primeras se perdieron por las circunstancias, cierto. Pero las segundas fue culpa de su alarmante falta de pegada y porque los electores, todo hay que decirlo, decidieron comprar los unicornios que Zapatero les vendía.

A la tercera fue la vencida. Lamentablemente para entonces ya no se trataba de gestionar la herencia recibida, que pareció volatilizarse con el estallido de la burbuja inmobiliaria, ni tampoco de zurcir pequeños rotos en el modelo político negociando entre bambalinas, fabricando leyes como si fueran salchichas y girando la manivela del BOE para contentar a unos y otros. De pronto, Mariano, cuya única bandera conocida era el sentido común, se encontró en medio de la tormenta perfecta de una triple crisis: política, económica y sociológica. Y su proverbial prudencia resultó incompatible con la aventura reformista que demandaban los nuevos tiempos.

Y es que la política de Rajoy poco tiene que ver con la Política con mayúsculas, la suya es una concepción de andar por casa, una especie de manual de fontanería, de pequeñas reparaciones y chapuzas con las que mantener la finca medianamente apañada. Lo peor es que realmente cree que la sensatez y el sentido común son una especie de ideología imbatible y que todo lo demás son experimentos, incluida la Ciencia Política. De ahí que se haya convertido en una especie de represa dispuesta a contener la corriente reformista, con la esperanza de que tarde o temprano baje la marea. Pero lo que conseguirá es que el agua rebose por las orillas, de manera desordenada. Y entonces todo será antisistema.  

Rajoy, lejos de ser una garantía, es la incertidumbre hecha carne

Son tantas las señales, los signos y, sobre todo, las evidencias de que España no puede seguir siendo gobernada por quien se niega a tomar la iniciativa y que ya no vale con zurcir los rotos, sino que hace falta confeccionar un traje nuevo, que Rajoy, lejos de ser una garantía, es la incertidumbre hecha carne. Y lo es incluso para aquellos que desde dentro de su propio partido, jóvenes y no tan jóvenes ­–no es una cuestión de edad sino de ideas–, habrían preferido asumir una renovación profunda, lo que fuera antes que defender lo indefendible.

Quizá Mariano habría sido el tipo ideal para administrar la España de la francachela transicional, incluso habría valido para la que aún sesteaba ajena al peligro en los días del dinero barato y el crédito a mansalva previos al crac de 2008. Pero desde luego no es el presidente que España hoy por hoy necesita. De hecho, tal cual están las cosas, Rajoy se ha convertido precisamente en ese experimento incierto sobre el que él mismo no se cansa de prevenirnos de cara al 20D.


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