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Rajoy y la defunción del deber

El pasado jueves ocho de mayo, con motivo de la reunión en la Moncloa entre Mariano Rajoy y quienes pasan por ser los “grandes empresarios españoles”, el régimen de la Transición nos regaló uno de los impagables retratos de esa España oficial que manda sobre todas las cosas. Ahí acudieron, salvo algunas ausencias, los principales representantes del Consejo Empresarial para la Competitividad (CEC) –renaming bonito del viejo sindicato de la ley del embudo–, dispuestos a jalear al presidente del gobierno y abrazarse al discurso de la recuperación económica, componiendo para la ocasión otra de esas alegorías gloriosas que valen por cien libros de teoría política. Iconografía soberbia de por qué España fracasa.

Flanqueado a derecha e izquierda por esos ángeles custodios que son Emilio Botín y César Alierta, posó Rajoy envarado con la sonrisa acartonada. Esa mueca en la que boca y ojos se divorcian, haciendo que afloren en su semblante expresiones imposibles y tics en cantidades preocupantes. Todo ello coronado por una mirada huidiza, diríase que abochornada por haber enterrado casi once millones de votos al no agarrar al toro de la crisis política por los cuernos; es decir, inmolarse.

Al fin y al cabo, gobernar esta España es tarea propia de héroes o suicidas. Y Mariano no ha invertido más de media vida en trepar en la política para ir a morir a la orilla. Así que apartó de sus labios ese cáliz y se limitó a hablar de economía y a ejercer de mero intercesor.

Lejos de acometer peliagudas reformas políticas, ha tratado de poner orden en la tramoya del régimen, proporcionando a los integrantes del establishment una salida de emergencia ante las contingencias de la crisis, evitando así que algún desafecto dinamitara el búnker desde dentro. Cosa que a punto estuvieron de conseguir –parece que fue hace cien años– José Luis Bárcenas Gutiérrez, ex tesorero del PP, y Pedro José Ramírez Codina, exdirector del diario El Mundo. El primero está hoy convenientemente acongojado. Y el segundo, retirado con un sustancioso finiquito. Ahora queda por saber qué hacer con la familia catalana.

El santo y seña del régimen

Dicen que Mariano nunca ha accedido a reunirse en privado y de forma separada con los grandes banqueros y empresarios. Que cuando está en juego la letra pequeña del BOE delega en sus ministros y colaboradores más cercanos la misión de alcanzar los acuerdos pertinentes. Hay quienes ven en esta norma una demostración de decencia. Sin embargo, su razón de ser es mucho más prosaica: evitar verse en la tesitura de asumir compromisos incompatibles con la cohesión de la coalición gobernante. Así que o todos juntos a un tiempo o nada. De manera que ninguno de los ‘grandes señores’ puede acusar a Rajoy de haber gobernado a sus espaldas, aunque de cuando en cuando algún ministro metiera la pata hasta el corvejón.

Por lo demás, las élites no se pueden quejar, porque el trabajo realizado, dadas las circunstancias y el fondo de armario de este gobierno, es soberbio: rescate financiero con cargo al erario público, ‘Banco malo’ para endosar los activos tóxicos, ‘road show’ para hacer cartera en el exterior, concentración bancaria, Fondo de Liquidez Autonómico para que las Administraciones Públicas les abonen sus facturas… En definitiva, Mariano ha hecho suyo como mejor ha podido ese leave no man behind que es el santo y seña del establishment. Y a juzgar por los elogios de Emilio Botín, ha cumplido su misión. Si acaso, su error fue fingir que gobernaba. De ahí su mueca en ese retrato de postín.

El retrato de la crisis

La foto del ocho de mayo fue el retrato de la crisis, la verdadera; ésa sobre la que casi nadie está dispuesto a escribir, y menos aún a ponerle nombres y apellidos, que hay que llegar con soltura a fin de mes. Y es que en España no hay lugar para ese deber que es un fin en sí mismo y con el que el bien prevalece por encima de todo, porque sí, porque es lo correcto. Quedan, pues, los valores subjetivos y los intereses personales. El fin que justifica los medios. Y el justificarse a uno mismo; esto es, mentir.

La doctrina del sálvese quien pueda ha calado en lo más profundo de los corazones de todos, desde los ‘grandes señores’ hasta el más humilde ciudadano. Porque así lo hemos decidido o sencillamente porque deber y cobardía son incompatibles. Nadie quiere hacer lo correcto sino lo necesario, que son cosas muy distintas. Desgraciadamente, tal y como sentenció Aristóteles, la excelencia moral es resultado del hábito. Nos volvemos justos realizando actos de justicia; templados, realizando actos de templanza; valientes, realizando actos de valentía.

Sea como fuere, la dictadura de partidos camina con paso firme hacia la concentración completa del Poder. Será por nuestro bien, como siempre. El mal menor con el que evitar ese otro mal mayor, difuso e intangible, con el que nos acobardan. Suma y sigue en este declinar interminable, jalonado de humillaciones, penurias y cobardía. Hasta cuándo consentiremos, se preguntan algunos. Imposible saberlo. Puede que el veinticinco de mayo salgamos de dudas o puede que nos hundamos con ellas. En cualquier caso, la esperanza aún sigue aquí.


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