Game Over

Rajoy como certeza de incertidumbre

“Haré cualquier cosa que sea necesaria para sacar a España de esta situación, aunque no me guste y aunque haya dicho que no la iba a hacer”. Con estas pocas palabras, Mariano Rajoy daba por extinguidas sin más explicación dos promesas fundamentales con las que había hecho campaña en las elecciones generales de 2011. La primera, que no subiría los impuestos. Y la segunda, que no inyectaría dinero público a los bancos. Y para justificar su incumplimiento, nuestro locuaz presidente argumentaba que la nuestra es una situación límite y que, por lo tanto –siempre por el bien de España–, estaba dispuesto a hacer cualquier cosa, aunque no le gustara y hubiera dicho lo contrario.

Los partidos: fábricas de clones sin pensamiento

Lo realmente inquietante de estas y otras unilaterales rectificaciones (yo os lo doy, yo os lo quito), tan celosamente envueltas en la bandera de la razón de Estado, es que evidencian la ausencia de principios políticos fiables. Es decir, más allá de que para Rajoy gobernar e improvisar sean sinónimos, se vislumbra un problema mucho más grave y sin solución: la carencia de pensamiento político. Cumplidos los 31 años en política, nadie sabe cuál es el pensamiento político de este personaje más allá del apaño cotidiano y el deseo incontenible de permanecer en el machito. Una incógnita –o certeza, según se mire– que nos ha privado en el pasado y nos privará en el futuro de la mínima e imprescindible certidumbre –o esperanza– respecto de su acción de gobierno.

Esa falta de sustancia, de integridad (ideológica), de convicciones y, en consecuencia, de moral, se traduce en desolación y desconfianza. Y los ciudadanos al preguntarnos cuál es el horizonte hacia el que marchamos, como Sinuhé el egipcio, sólo acertamos a responder que, con este presidente, “del mañana nada se sabe y el oro no es más que polvo a nuestros pies”.

Sin embargo, esta inconsistencia no es exclusiva de don Mariano, aunque con él alcance sus más altas cotas, sino que es extensible a todos los políticos en general. Es la consecuencia lógica de la degradación de la política por obra y gracia, entre otras razones, de unos partidos no democráticos, inaccesibles, corruptos, excluyentes y todopoderosos; que se niegan a dar entrada en sus filas a lo más granado de la sociedad, a los mejores o, al menos, a los más honestos y honrados de los ciudadanos; aquellos con verdadera vocación de servicio que han demostrado ser capaces de salir adelante por sus propios medios en el mismo ambiente hostil que sus conciudadanos. Hombres y mujeres que nunca han estado bajo la protección de una organización regada con dinero público y que, por lo tanto, en un país como este, son verdaderos héroes del día a día.

Es evidente que el material humano que se produce dentro de los partidos y en sus periferias es muy deficiente y no nos sirve. Basta con echar una ojeada al Partido Popular e imaginar a cualquiera de los posibles sucesores de Rajoy investidos de presidentes, ¿qué diferencia habría entre ellos y su jefe de filas? Exceptuando los matices íntimamente personales, ninguna. Así, por ejemplo, podemos diferenciar entre sí a Soraya Sáenz de Santamaría, María Dolores de Cospedal y Alberto Ruiz-Gallardón porque la primera es más vanidosa que ambiciosa; la segunda, a pesar de ser también arrogante, es la esencia misma de la ambición; y el tercero es ambición y vanidad a partes iguales. Pero en lo ideológico, y más allá de los lugares comunes de la socialdemocracia de gran consumo, ¿cuál es el pensamiento político de estos personajes? Nadie lo sabe. Entonces, ¿cómo confiar en ellos?

Exactamente lo mismo cabría decir del otro “gran partido”, el Partido Socialista, y de sus actuales líderes y posibles relevos. ¿Alguien es lo suficientemente ingenuo como para creer que Griñán tiene más sustancia que Rubalcaba, o que Carme Chacón es la quintaesencia de la renovación socialista?

En estos personajes sólo hay ideas arbitrarias, difusas y deslavazadas, en ocasiones tan incompatibles entre sí que degeneran en rocambolescas contradicciones. Ideologías invertebradas y oportunistas que dan lugar a que las decisiones, aún las más importantes, lejos de anticiparse a los problemas, se tomen precipitadamente, de manera improvisada y a conveniencia propia. De ahí que, por ejemplo, no sepamos nada de las negociaciones y condiciones de nuestro futurible rescate. Es más, no tenemos ni la más remota idea de si se solicitará la semana que viene, este mes, el siguiente o nunca, pues quien gobierna, además de reservarse para sí toda la información, no tomará una decisión hasta el último momento. Y aún entonces habrá que esperar para que se nos dé razón de lo sucedido.

Los hay mejores, mucho mejores

Los ciudadanos vivimos en la oscuridad, en la ignorancia permanente y en la precariedad más absoluta. Pues al no existir pensamiento político en nuestros gobernantes y por ende moral, la seguridad en general y, también, la seguridad jurídica desaparecen. El gobernante tiende a legislar de forma aleatoria al mismo tiempo que elude velar por el cumplimiento de aquellas leyes que amenazan desestabilizar a su gobierno. Por ello, los términos y condiciones del contrato que regula nuestra pertenencia como ciudadanos a este estado-nación llamado España son cambiantes e impredecibles, incluso la integridad territorial puede ser cuestionada, y vivimos pendiendo de un hilo.

Para rebatir esta obscena realidad, de nada sirve esa irritante y pueril disculpa de “lo que hago no me gusta, pero no tengo más remedio que hacerlo”. Un buen gobernante debe dar prueba de que, más allá de los imprevistos,es capaz de mantenerse firme en sus principios por la sencilla razón de que los tiene. Lo otro, por más que se disfrace de razón de Estado, es una reedición de la célebre cita de Groucho Marx: estos son mis principios; si no le gustan, tengo otros. Es decir, dar vueltas en círculos alrededor de los problemas para, cuando ya no hay más remedio, atajarlos intempestivamente, tomando para ello no el mejor camino sino el que nos resulta más fácil y conveniente.

No es cuestión de aspirar a tener gobernantes que emulen a Antígona y defiendan las “no escritas leyes de los dioses”, hasta llegar si es preciso al sacrificio supremo, que es la pérdida de la propia vida. Eso sería de esperar en gentes con honor, propias de otros tiempos, si no más felices, sí más coherentes. Pero lo que no podemos es seguir en manos de unos gobernantes tan dúctiles e imprevisibles; tan relativos e insoportablemente insustanciales. Los españoles, a pesar de todas nuestras debilidades, tenemos el talento, la sana ambición y la energía necesarios para salir de esta crisis, a poco que nos gobierne alguien digno, con el coraje y la convicción necesarios para liderar un profundo cambio de modelo político-económico. ¿Es que acaso, entre 47 millones de almas, no es posible encontrar a una persona o personas con esas cualidades? Lo lógico es pensar que sí. Pero para ello hay que romper las barreras de entrada a la política y jubilar no sólo a los actuales líderes, sino a quienes ahora mismo son sus delfines y aspiran a sucederles. Hace falta savia nueva, ideas consistentes, nuevas reglas de juego y una mentalidad que no esté infectada por el interés particular y el corto plazo.


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