Game Over

Rajoy en la burbuja

“Luis, lo entiendo. Sé fuerte. Mañana te llamaré”. El domingo 14 de julio de 2013 la revelación de una cadena de mensajes, cuyo colofón eran estas ocho palabras, puso fin al sueño de una España plenamente democrática que, aun con infinitas deficiencias, parecía tener un pase en tanto en cuanto proporcionaba un Estado de bienestar medianamente decente. Y garantizaba, o al menos eso se creía, un horizonte de futuro, aunque para el común éste resultara cada día más difuso.

Esa conversación, cuyas palabras en forma de bits volaron de un terminal telefónico a otro, yendo desde actual presidente del Gobierno, Mariano Rajoy Brey, hasta José Luis Bárcenas Gutiérrez y viceversa, cercenaron con la precisión del láser de un cirujano los débiles vínculos que aún podían existir entre la ‘clase política’ y la gente de la calle. Fue la guinda que coronó la tarta del desencanto. De pronto, 38 años después del inicio de la Transición, dejaban de existir la derecha y la izquierda, los conservadores y los progresistas, y también los liberales. Quedaba pues solo una tropa de oportunistas y estafadores de cuello blanco que vivían a cuerpo de rey gracias a las influencias y prebendas que la política les proporcionaba.

Para muchos ya fue duro descubrir que nuestra Transición tenía trampa. Y que las sagas de políticos, banqueros y oligopolistas, junto con los numerosos grupos mascota que vivían emboscados en el presupuesto, condicionaban nuestras vidas, hasta el punto de que, hiciéramos lo que hiciésemos, la idea de prosperidad había degenerado en la zanahoria delante del borrico. Pero que el presidente del Gobierno, pillado en connivencia o, si se prefiere, ‘carteándose’ con un presunto delincuente, eludiera presentar su dimisión –hecho sin precedente en cualquier democracia digna de tal nombre– fue definitivo.

El pacto con el diablo

Cierto que aquí democracia formal hay poca o muy poca. Pero aun así, los españoles hemos podido elegir. Y elegimos paz y corrupción en vez de jugarnos el tipo en busca de una virtud esquiva.

Así fue, entretanto la implacable realidad nos iba colocando a los españoles en el lugar que nos correspondía, seguíamos dando por bueno que España –entendida no ya como nación y aún menos como sociedad, sino como Estado; es decir, como máquina de detraer rentas y redistribuirlas– lo aguantaría todo, porque el dinero público llovía del cielo. Creencia infantil que los gobernantes aprovecharon para firmar pagarés sin fondos y llevárselo crudo.

Fieles a esta filosofía, hemos tragado carretadas de ignominias, dado por buenas promesas que de antemano sabíamos mentiras, regalado el voto a organizaciones corruptasy tachado de locos, aun reconociendo en privado su cordura, a los pocos insensatos que se empeñaban en abrirnos los ojos. Así hasta que, por fin, atrapados en el remolino de la crisis, aquellas ocho palabras, “Luis, lo entiendo. Sé fuerte. Mañana te llamaré”, fueron la coz que estábamos pidiendo a gritos.

Desde entonces, presas de una indignación tardía, hemos asistido al afloramiento de una corrupción irrestricta, cuya inequívoca naturaleza estructural se ha intentado disimular poniendo a cada estallido de pus un nombre distinto. Pero la trama Gürtel, los ERE de Andalucía, los llamados papeles de Bárcenas, la estafa de los cursos de formación, el caso Nóos, el caso Millet o Palau y, ahora, el escándalo del padre de la patria catalana: Jordi Pujol, entre otros muchos, no son sucesos distintos e inconexos sino pinceladas de un mismo lienzo tenebrista. Desastres encadenados a un modelo político que carece de los mecanismos de control y contrapeso más elementales, que por no tener no tiene ni separación de poderes. En definitiva, un modelo que ha permitido a los partidos políticos convertirse en fábricas de corrupción en serie.

Ahora, toda la vigilancia y la responsabilidad que escatimamos durante décadas, emergen en nosotros con urgencia. Pero aunque el diagnóstico está claro, no así los están las soluciones. De ahí que el populismo progrese por más que sus recetas, de aplicarse, sean garantía de un nuevo desastre. Pero no hay que preocuparse en demasía, porque, en realidad, en aquellos que se travisten de revolucionarios no hay una idea de subversión radical de la Historia. Solo impostura. Si acaso, a pie de calle, hay muchas ganas de ajustar cuentas; es decir, de partir la cara a alguien. Pero ni rastro del pathos milenarístico que acompaña a las revoluciones.

Sin embargo, más allá de los espasmos incontrolados que los escándalos de corrupción provocan en las personas corrientes, España hace tiempo que se mueve. Y lo está haciendo desde abajo. Incluso la economía mejora, aún a pesar de este gobierno y su compulsión confiscatoria. Síntoma de que la sociedad española nunca bajó los brazos. Muchos ya se están percatando de que los españoles han tomado la iniciativa. No así Mariano, que, encerrado en su burbuja, sigue sin querer comprender que las mejores reformas económicas, las más efectivas, son las reformas democráticas. Y lo demás son cuentos chinos. Sea como fuere, el tiempo pondrá a cada cual en su sitio, de eso no hay duda.


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