Game Over

Rajoy, el adanista, y los electores suicidas

La semana pasada tuvo lugar una anécdota que, aunque menor, da pie para ilustrar el drama en que nos encontramos incursos. En una entrevista concedida a Onda Cero, Mariano Rajoy aprovechó para dar un golpe bajo al profesor y economista Luis Garicano, quien hace no mucho pasó por ser uno de los ministrables del gobierno pepero, y que hoy, vueltas que da la vida, asesora en materia económica al partido Ciudadanos. La patada en sálvese a la parte consistió en revelar que Garicano, durante una reunión mantenida en la Moncloa, le aconsejó pedir el rescate. Es más, el profesor de la London School of Economics le habría apremiado a hacerlo. Afrenta ante la que, según parece, Rajoy se mostró imperturbable.

Rescate hubo y con un coste para el contribuyente de al menos 60.000 millones de euros, cantidad equivalente al 6% de nuestro Producto Interior Bruto

Como primera providencia, cabe decir que esta revelación, amén de mezquina, en tanto en cuanto es costumbre que las conversaciones monclovitas se desvelen muchos años después en las memorias de rigor que todo ex presidente con ínfulas termina siempre publicando, no deja de ser un arma de doble filo con la que puede hacerse tanto o más daño el agresor que el agredido. Y es que si bien es cierto que muy grosso modo Rajoy evitó lo que cabría calificar como “rescate total”, no menos cierto es que fuera éste financiero, bancario o a la medida de las expoliadas Cajas de Ahorro, rescate hubo y con un coste para el contribuyente de al menos 60.000 millones de euros, cantidad equivalente al 6% de nuestro Producto Interior Bruto.

Y para que cada cual saque sus propias conclusiones, cabe decir que si bien Rajoy se apresuró a colocar en el papel de villano a Garicano por un quítame de ahí esos votos, no tuvo el coraje de hacer lo propio, y es de suponer que no lo tenga nunca, con otros personajes infinitamente más poderosos, los cuales en su día le dieron idéntico “consejo” con tanta o más vehemencia y quién sabe si peores modos.

Héroe de hojalata

No es difícil imaginar en aquellos días de pánico, en los que se había cerrado a cal y canto el acceso al crédito a los grandes bancos y empresas españoles, al hoy difunto Emilio Botín, con quien Mariano se reunió en varias ocasiones, reconviniéndole para que, llegado el caso, rindiera armas y bagajes ante la Unión Europea a cambio de una liquidez que evitara el colapso del establishment patrio. De hecho, a lo que parece, no hubo personaje con cierto fuste en la España oficial que de una forma u otra, de manera más o menos intempestiva o velada, animara a Rajoy a arrastrar su trasero hasta Bruselas para conseguir liquidez a cualquier precio.

Así, la versión heróica, la que repite sin cesar un Mariano puesto en modo campaña, es que, contra el criterio de todos los prohombres, fueran estos reputados economistas o poderosos banqueros, se mantuvo firme como una roca y jugó con maestría sus cartas. Que fueron su proverbial pragmatismo y sentido de Estado los que ahorraron a los españoles el calvario por el que están pasando portugueses y griegos. En definitiva, que si hoy siguen en pie la sanidad y educación públicas y los jubilados cobran puntualmente sus pensiones es porque, cuando todos perdían la cabeza, Rajoy mantuvo la suya en su sitio.

No fue la piedad hacia el común o el patriotismo lo que animó a Rajoy a luchar como un jabato, sino la certeza de que el rescate total supondría la liquidación definitiva del Régimen del 78

Pero la historia puede ser contada de diferentes maneras. Y una de ellas es que no fue la piedad hacia el común o el patriotismo lo que animó a Rajoy a luchar como un jabato, sino la certeza de que el rescate total supondría la liquidación definitiva del Régimen del 78 y el final del pilla pilla presupuestario, que es la fuente de poder de esas corporaciones encubiertas llamadas “grandes partidos”. La pregunta era obvia, además de retórica: ¿qué sería del PP si renunciaba a ese cañón de confeti que es el BOE?, o, dicho de otro modo, ¿qué futuro tendrían Mariano Rajoy y sus conmilitones si la confección de los presupuestos, el reparto discrecional de los dineros de todos, iba a parar a manos de los adustos gestores de Bruselas? Fue en esa disyuntiva cuando Mariano acuñó su grito de guerra: “antes muerto que rescatado”.

En efecto, el presidente, siempre según su interesado juicio, no tenía otra salida que poner todo su empeño en salvar a su padre putativo, un régimen que permite a los jefes de los dos grandes partidos coronarse alternativamente emperadores de las Españas. Caudillos, en miniatura, eso sí, que han de bregar con todos y cada uno de los señores feudales, con los oligarcas y banqueros, amén de trajinarse la voluntad de un pueblo bastante más que servil y acostumbrado a la mentira, que de libertad entiende poco o nada y, además, le importa una higa.

Todo ello explicaría por qué más allá de la reforma del sistema financiero (rescate bancario incluido) o de la laboral, que es manifiestamente pacata, el resto de reformas, sobre todo las políticas, no hayan pasado de meros enunciados y que todo o casi todo haya seguido por donde solía. Y es que de eso ha ido esta legislatura del presidente Mariano, de salvar al Régimen, a su partido y a sí mismo. De ahí que casi siete años después del cataclismo, la deuda pública siga aumentando (67.777 millones más de euros en 2014, lo que supone un ritmo de incremento de 177 millones al día: 7,7 millones cada hora); que el cuestionable milagro económico se sustente en las cifras récord del turismo, el renacer del ladrillo y el repunte del consumo interno (vuelta la burra al trigo); y que el clientelismo masivo, exacerbado por los propios gobernantes, convierta cada cita electoral en un espectáculo patético, véase si no el bochorno de Andalucía, epítome de la degradación moral colectiva a la que nos ha conducido un modelo político peor que ineficiente, abyecto.

Aquí, quién más, quién menos, todo hijo de vecino ha llegado a creer que el dinero que tan mal administra el Estado crece en los árboles

La salvación que terminó en desventura

Cierto es que todos los males que nos aquejan no son responsabilidad de Mariano Rajoy. Sin embargo, a él le debemos haber llegado a un punto en el que decir la verdad se haya convertido en un caro deporte solo al alcance de los más desprendidos. Y que en esta España terminal, si se quiere ser tenido en cuenta, haya que contemporizar como es debido, para luego suicidarse con el voto. Si esta es la salvación que Rajoy había previsto, más nos valdría haber padecido un rescate total con todas sus consecuencias. Cualquier cosa antes que este lento y tortuoso declinar que, además, apunta a un final equivalente.

Decía Hölderlin que allí donde crece el peligro crece también la salvación, o, a la inversa, que cualquier salvación que no proviene de donde nace el peligro es en sí misma una desventura. Y en esa desventura estamos. Sin embargo, no hemos llegado hasta este callejón sin salida solo porque ese adanista que es Rajoy huyera despavorido de las reformas, sino también y sobre todo porque aquí, quién más, quién menos, todo hijo de vecino ha llegado a creer que el dinero que tan mal administra el Estado crece en los árboles –los primeros, los políticos– o, lo que viene a ser lo mismo, que la riqueza se genera en una imprenta.


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