Game Over

Rajoy en el abismo. España hacia el cambio

Las previsiones del Gobierno, que vaticinaban una recuperación económica para finales de este año se desinflan por culpa, entre otras razones, del agravamiento del proceso recesivo de las principales economías europeas. Los síntomas son evidentes. En el último trimestre de 2012 las exportaciones españolas registraron un brusco descenso del 0,9%, quedando su crecimiento anual en un modesto 3,2%. Dato más que preocupante, habida cuenta de la confianza depositada por el Gobierno en el sector exterior como pilar fundamental de la recuperación económica.

A esta mala noticia se añade un desplome del consumo interior del 3%, motivado por el fuerte descenso de los salarios (-8,5% interanual en 2012), lo que ha restado 4,7 puntos a nuestro PIB. Un retroceso mitigado sólo en parte por un sector exterior que pierde empuje. Y por si esto fuera poco, el turismo también muestra síntomas de agotamiento. Pese a ello, es evidente que el saneamiento de la economía española sigue su curso, y la devaluación interna avanza inexorable (especialmente en el sector privado), la cual, en opinión de algunos expertos, deberá alcanzar el 30%. Un sacrificio enorme, pero necesario, que nos permitirá ser competitivos y salir del agujero en que nos encontramos... siempre y cuando el modelo institucional español y sus agentes asociados dejen de extraer rentas a un ritmo vertiginoso. De lo contrario, el proceso podría eternizarse.

En cualquier caso, y pese a que un cambio institucional profundo es imprescindible para cerrar el círculo virtuoso, no hay que hacer caso a los agoreros, porque del mañana nada se sabe. Que la crisis dure 5, 10 ó 20 años no es algo que esté escrito. Pues, como dijo Karl Popper (en su visita a Sevilla en 1992), "la historia se detiene hoy. El futuro no existe todavía y esa es nuestra gran responsabilidad: mejorarlo". Y siempre hay imprevistos, sorpresas que da la vida.

Por ahora toca seguir en la misma línea depresiva de 2012. De hecho, el propio Gobierno ya ha rectificado sus estimaciones en dos ocasiones, pasando de contemplar una caída del 0,5% del PIB a otra del 0,8%, para finalmente situar la contracción en el 1%. Un horizonte que sigue siendo demasiado optimista en opinión de analistas independientes, quienes, en línea con los pronósticos de la Comisión Europea, el FMI y la OCDE, estiman que la recesión para este año no será inferior al 1,5%. Y posponen los buenos augurios hasta bien entrado 2014. Ya veremos.

Lo trascendente en términos políticos es que esa “inminente” mejoría económica, ahora en entredicho, era la última esperanza de un presidente en trance de ser amortizado prematuramente. De haberse cumplido en los plazos previstos, el PP podría haber sacado pecho durante 2014 con la mirada puesta en las elecciones generales. Pero eso ya no será posible. Demasiado lejos, demasiado tarde. No hay tiempo y don Mariano lo sabe.

Enroque y vuelta al esquema de fuerzas de 2011

Al mismo tiempo que negros nubarrones se ciernen sobre las optimistas previsiones económicas del gobierno, el “caso Bárcenas” desembarca en la Audiencia Nacional. Y lo hace de la mano de los fondos con los que se abonaron viajes y celebraciones familiares de Jesús Sepúlveda, exmarido de Ana Mato, a la sazón ministra de Sanidad en el actual Gobierno, y a quien el presidente se empeña en mantener en el cargo, demostrando así que, además de ser el primero en faltar al respeto a las instituciones, su lealtad a España y a los españoles pesa menos que sus “afectos” –y sus compromisos– personales.

Ante la amenazante transformación del los casos Bárcenas y Gürtel en el “Caso PP”, que es lo suyo y el auténtico meollo del asunto, Mariano Rajoy se ha encastillado en el mutismo y la falta de transparencia, delegando la defensa del partido en María Dolores de Cospedal, quien, con la inestimable ayuda de los periodistas más incondicionales, y arropada por una acollonada cúpula, ha recurrido a la pura y dura propaganda. Y puestos todos al tajo, pretenden influir en la opinión pública enarbolando la presunción de inocencia y, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, la defensa de las sagradas instituciones. La misión encomendada no es buscar la verdad sino frenar las sangría de votos, cargando el peso de la prueba sobre los malvados Bárcenas y Correa, que pasarían a ser singularidades cómicas, y apelando al hasta ahora siempre rentable holliganismo partidista.

Pero por más que se perfuma el ambiente informativo con soflamas, el olor a podrido no desaparece. Algo ha cambiado en España. La intención de voto del Partido Popular sigue en caída libre y amenaza con quedar pareja a la de un Partido Socialista que no levanta cabeza. Y si ambas formaciones mayoritarias se desmoronan y el mapa político se fragmenta, el régimen quedará a tiro de piedra de quienes sólo ansían ajustar cuentas. Pero también se abrirá una ventana de oportunidad para aquellos reformistas que mantengan la cabeza fría, el corazón caliente y las ideas claras.

En el Gobierno son conscientes del temporal que se les viene encima. De ahí que su estrategia haya cambiado súbitamente. Desbordados por los problemas económicos y políticos y la corrupción interna, además de propagar la consigna de que a las instituciones ni mentarlas, quieren restablecer el “diálogo” con los grandes sindicatos –quién sabe si con la profundización de la reforma laboral en el horizonte–, devolviéndoles su lugar dentro de ese perverso esquema de extracción y reparto de rentas en que se basa el sistema. Simultáneamente, Rajoy ha sellado un pacto de silencio con Rubalcaba sobre la crisis de la Corona-Corinna. Y busca la forma de alcanzar una postura común con la que hacer frente al desmelene de la casta catalana.

En definitiva, un cierre de filas liderado por este extraño presidente, que, empeñado en conjurar las crisis sin cambiar un ápice las reglas de juego, no está dispuesto a que los que él llama “aventureros” le tuteen. El régimen no se toca. En todo caso se maquilla. De lo contrario –quizá haya prevenido a los suyos–, aquí puede pasar de todo. Incluso que muchos terminen en el banquillo, porque hasta los jueces se sublevan. Y a buen seguro no sólo estaría advirtiendo de ello a la clase política en su conjunto, sino a esos otros personajes, hoy más que nerviosos, que llevan décadas haciendo negocios a costa de una marca España, a ratos blanca, a ratos negra, que es su marca registrada. Sin embargo, es evidente que la España real se abre paso, con sangre, sudor y lágrimas, aún a pesar de don Mariano y de quien fuere. Y llegado el momento, bastará con darles un serio varapalo en las urnas a los partidos tradicionales para que, una vez desprovistos de gran parte de su poder, el verdadero cambio comience.


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