Game Over

Rajoy Presidente. ¿Y, ahora, qué?

Los españoles empezamos una nueva etapa, a la vista de los acontecimientos, casi una nueva era. Pero sería cursi, casi lelo, decir que llena de ilusión, pues ahora es cuando de verdad empieza el calvario. Hemos dedicado toda una década a aplazar los problemas y, lo que es peor, a agravarlos. Y ya no hay margen para las displicencia. Por fin estamos solos ante a la cruda realidad – ha costado lo suyo -, con nuestro rosario de pufos, el sistema financiero tocado, más de cinco millones de parados y aún aferrados a esa mentalidad trasnochada y suicida que debemos desechar si queremos sobrevivir. Y la pregunta es: ¿y, ahora, qué?

Empezaré con la frase de un poeta. James R. Lowell decía que “el compromiso hace un buen paraguas, pero un mal techo. Es una solución temporal, adecuada a menudo en la política de partido, pero casi de seguro inadecuada en la política de Estado”. Lowell acierta, pero, en nuestro caso, se queda corto. En estos momentos, el “compromiso” (tradúzcase por “consenso”) ni siquiera podrá hacer las veces de paraguas para quienes pretendan no mojarse. Lo que va a caer del cielo no es una simple lluvia sino el Diluvio. Así que olvídense. En estas condiciones, imposible practicar la socorrida política del consenso. Su exasperante lentitud traería de seguro el colapso. El nuevo Gobierno sólo tiene de margen dos o, siendo generosos, tres meses para aprobar las principales reformas. Superado ese plazo, los grupos de presión habrán movido sus piezas y podrán oponer una férrea resistencia. Y España puede irse al traste. Sólo queda asumir toda la responsabilidad y gobernar. A tumba abierta.

En trance de desaparecer, El Partido Socialista – antaño obrero - no quiere bajo ningún concepto dar el plácet a las duras medidas que habrán de aplicarse. Y esta oposición frontal nada tendrá que ver con lo ideológico, pues hace tiempo que la ideología se convirtió en un recurso, muy destructivo pero artificial, del marketing político. Desde el punto de vista de la estrategia de partido, ser una alternativa requiere de la diferenciación, a pesar de que ello suponga actuar de manera irresponsable. Y después de los terribles estragos del “zapaterismo”, para un PSOE sin credibilidad, cooperar con un gobierno de derechas, al que no le queda otra que podar de arriba a abajo ese monstruo llamado Estado de bienestar, sería la puntilla. Así pues, el consenso entre Gobierno y oposición es una quimera. Caiga España o no, la consigna en el PSOE es “donde las dan, las toman”. Queda pues invitar a los nacionalistas a incinerarse con el Gobierno. Pero poco se puede ofrecer a cambio, salvo testimoniales concesiones bajo la coerción permanente de abandonarlos a su suerte.

Ahora es más cierto que nunca que o nos unimos o no saldremos de esta. Lo que cuenta es aplicar las medidas correctas con suma rapidez y cruzar los dedos. Cada segundo perdido y cada titubeo no harán sino acrecentar las presión de los mercados y el peligro de que el país quede atrapado en una espiral creciente de consignas y movilizaciones. Un entorno de caos y ruido que puede hacer imposible la imprescindible comunicación entre gobierno y sociedad. En este contexto, las reformas podrían encallar o nacer descafeinadas, y los acreedores perder definitivamente la paciencia. Y si caemos en manos del FMI y nos quedamos sin Gobierno, entonces adiós pensiones, subsidio de desempleo, sanidad y educación pública “gratuita”. Nos convertiremos en un país de parias gobernado no ya por tecnócratas sino por auditores. Y quién sabe si con el tiempo en algo aún peor.

Reconvertirse o morir

España va a entrar en una fase de reconversión similar a la de los ’80 del siglo pasado. Esto es: reinventarse o morir. Pero con dificultades añadidas: escasez del crédito y un elevado endeudamiento. El más difícil todavía. El equipo de Mariano Rajoy ha puesto título a esta película: “Teléfono rojo, volamos hacia Berlín”. El objetivo: obtener 110.000 millones de euros a cambio del compromiso a sangre y fuego de aplicar las reformas imprescindibles, en primer lugar la laboral. Poca harina para tanta leña. Máxime cuando la mitad de este dinero tendrá que ir a sanear el sistema bancario español, y la otra mitad a salvar del colapso a las comunidades autónomas – Valencia, Murcia y Madrid incluidas – y ayuntamientos. Los ciudadanos de a pie tendremos que esperar a tiempos mejores para cambiar de coche o renovar un leasing. En el mejor de los casos, a la fuerza nos volveremos más eficientes y daremos de nuevo valor a cosas que hasta ayer despreciábamos.

Pero en este vuelo a Berlín habría más equipaje. Una de las propuestas estrella para reactivar la economía, la reducción del Impuesto de Sociedades a las PYME del 25 al 20 por ciento, y extender (se supone que al resto) la aplicación del 25 por ciento, choca frontalmente con la oposición de Angela Merkel, empeñada en la armonización fiscal a toda costa. ¿Cómo hará el bueno de Don Mariano para distraer al watchdog teutón y colar de rondó esta medida? Hay quienes dicen que compensando la tropelía con una fuerte subida del IVA y/o de los impuestos en los carburantes. Más nos vale que los pocos emprendedores que nos quedan sean unos fuera de serie y que aquello de que el hambre agudiza el ingenio funcione.

Sin embargo, aún haciendo todo bien, el desencanto va a ser inevitable. El ajuste del sector público (comunidades autónomas y ayuntamientos) va para largo y el desempleo seguirá en ascenso durante bastante tiempo. Entonces, ¿cómo convencer a los ciudadanos de la necesidad de sacrificios cuando los beneficios pueden tardar años en llegar? De ninguna forma, sólo queda apelar a la responsabilidad individual al grito de “¡Mariano, si caes tú, caemos todos!”. Nos guste o no, todo se reduce a gobernar para sobrevivir. Una nueva experiencia donde los sueños y los delirios que tanto nos han reconfortado durante décadas no tienen cabida.

[Twitter: @BenegasJ]


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