Game Over

Podemos y los posos del franquismo

Recientemente, una persona con conocimiento de causa me dijo con pesar: “el daño que el franquismo hizo a España fue tremendo. Ahora lo vemos con claridad”. No se refería a las cuestiones negativas más obvias de la dictadura, sino a ese poso, a esa forma de pensar que caló en la sociedad española y que, en lo fundamental, ha llegado casi intacta hasta nuestros días.

Y es que el franquismo desarrollista fue uno de esos fenómenos desconcertantes en el que parecen ir de la mano con total normalidad la falta de libertad política y el bienestar económico. Lo cual, salvando las distancias, tiene otro inquietante ejemplo en China, donde el impresionante desarrollo económico y la veloz generación de una pujante clase media, cada día más ambiciosa y activa, discurren en paralelo en un país donde los derechos, que en Occidente nos parecen elementales, no existen.

El hecho es que ambos casos, el franquismo y la dictadura China, generan la ilusión de que la libertad política no es un ingrediente imprescindible para alcanzar la prosperidad y el bienestar; que la democracia liberal, con todas sus exigencias y condicionalidades, está sobrevalorada; y que es, incluso, prescindible. En definitiva, que, cuando los objetivos irrenunciables son la redistribución de la riqueza y mantener el país unido y a salvo, mejor un gobierno fuerte, que nadie pueda cuestionar, que abrir el espacio político al conjunto de la sociedad. Así pues, la construcción y consolidación del Estado social podría acometerse de manera directa sin pasar por la engorrosa liberalización de las mentes. 

Que la democracia liberal no es ni mucho menos imprescindible cuando lo que cuenta es sobrevivir, es la idea-fuerza que subyace en la España oficial. Pero también en el consciente colectivo de la España real

Esta perversión de que la libertad política y la responsabilidad individual pueden ser más un estorbo que una ventaja, que la democracia liberal no es ni mucho menos imprescindible cuando lo que cuenta es sobrevivir, es la idea-fuerza que subyace en la España oficial. Pero también en el consciente colectivo de la España real. Si no fuera así, habría sido imposible que la Transición llegara intacta hasta nuestros días. Y es que tanto en las élites como en el pueblo llano se manifiesta un desentendimiento patológico hacia los requerimientos fundamentales de la democracia liberal, los cuales, más allá del derecho al voto, consisten en la sana desconfianza hacia el gobierno y, en consecuencia, su fiscalización, la existencia de mecanismos que establezcan una relación directa entre cargos electos y electores, el equilibrio y contrapeso entre poderes y unas instituciones neutrales en las que primen las relaciones impersonales.

La vertiginosa degradación del modelo político español

Cierto es que, incluso, en las democracias liberales más auténticas y consolidadas el régimen de acceso abierto y el sistema legal-racional tienden a la degeneración; es decir, con el tiempo vuelven a aflorar rasgos característicos del Estado Natural o de la autoridad tradicional, como son:

a) relaciones de tipo personalista (clientelismo, intercambio de favores y corrupción) 

b) restricciones en forma de barreras a la competencia económica y política

c) captura del Estado por grupos de intereses

d) híper-legislación y manipulación del sistema legal (exceso de leyes, complejas y contradictorias que se aplican de forma discrecional)

Sin embargo, cuando las democracias tienen su origen en sólidas convenciones, este proceso de degradación es lento, paulatino y fácilmente identificable. Y puede contrarrestarse con continuos retoques y reformas. Por el contrario, en el caso español la degradación se ha producido en la más absoluta oscuridad y a una velocidad vertiginosa. Casi en un parpadeo, el deseable sistema de libre acceso hacia el que debíamos transitar mutó en un régimen de barreras infranqueables, en el que las relaciones impersonales cedieron el sitio al personalismo, el clientelismo y la corrupción.

Es cierto que la mayoría de los españoles, tras casi 40 años de dictadura, demandaba en general mayores cotas de libertad, pero faltó ese núcleo duro, honesto y cualificado que ayudara a separar el trigo de la paja

¿A qué se debe esta anomalía? Sencillamente a que el sistema institucional español no fue el producto de sólidas convenciones, de una demanda social bien armada por las élites intelectuales. Sí, es cierto que la mayoría de los españoles, tras casi 40 años de dictadura, demandaba en general mayores cotas de libertad, pero faltó ese núcleo duro, honesto y cualificado que ayudara a separar el trigo de la paja. En consecuencia, la clase política heredera del franquismo, lejos de hacer pedagogía y preparar el advenimiento de una democracia con todos sus atributos, diseñó un sistema con el que controlar todos los resortes del poder. Y esta circunstancia, más pronto que tarde, hizo que afloraran rasgos característicos del Estado Natural.

Que la clase política nos diera gato por liebre es comprensible. Tenía muchos incentivos para hacerlo y prácticamente ninguno para no hacerlo. De hecho, este nuevo trato que fue la Transición fue aceptado por la inmensa mayoría de españoles en la confianza de que, tal y como había sucedido en la feliz década de los '60, la prosperidad no estaría condicionada por las virtudes del nuevo modelo político. Y que, al fin y al cabo, el derecho a voto era recurso más que suficiente para forzar a los sucesivos gobiernos a consolidar y desarrollar un Estado de bienestar cada vez más omnipresente, donde, por supuesto, prestaciones fundamentales, como la educación, la sanidad y las pensiones, estarían aseguradas.

Apostarlo todo al Estado de bienestar

Así, los españoles decidimos no mirar con lupa el nuevo modelo político a cambio de que las cosas siguieran funcionando, en lo material, tal y como lo habían hecho durante la etapa final del franquismo. Es decir, lo apostamos todo al Estado de bienestar en detrimento de la engorrosa democracia que, después de todo, no parecía ser indispensable.

En esta desgraciada desviación tuvieron su papel las hoscas élites intelectuales, que siempre se han esforzado por situarse en un plano distinto al de la sociedad, como si habitaran en un universo paralelo

En esta desgraciada desviación tuvieron su papel las hoscas élites intelectuales, que siempre se han esforzado por situarse en un plano distinto al de la sociedad, como si habitaran en un universo paralelo, alimentando la falacia de que España no tiene solución porque el ciudadano común es extraordinariamente bruto e ignorante. Como si en Inglaterra, Estados Unidos, Francia o, incluso, Suecia el pueblo llano fuera un dechado de virtudes, cuando de ningún modo es así. Más bien han sido las élites españolas las que han resultado ser bastante peores que sus homólogas foráneas, mostrándose vergonzosamente sumisas al poder y colaborando con devoción en la impostura.   

Hoy, esos posos del franquismo contribuyen a que agentes políticos como Podemos alcancen, de un día para otro, la categoría de fenómenos de masas y tengan posibilidades reales de alcanzar el poder. Al fin y al cabo, lo único importante, al igual que hace 40 años, es asegurarnos el bienestar material a corto plazo. Y de paso, ajustar cuentas con los viejos partidos por no haber cumplido aquel trato que estaba implícito en la Transición. Que sea Dios o el diablo quien nos dé satisfacción, parece sernos del todo indiferente. Y más aún cómo lo haga. Desgraciadamente, en política no existen los milagros. Los políticos no son más que prestidigitadores que actúan ante un público complaciente y entregado. Apúntelo para cuando toque llorar y rasgarse las vestiduras por enésima vez. 


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