Game Over

Podemos: de la casta a la costra

El 10 de noviembre de 1918, en el Hospital Militar de Pasewalk, un subofical de veintinueve años, convaleciente de los efectos del gas venenoso empleado en el frente de Ypres, al escuchar de boca del capellán luterano que el Reich se rendía incondicionalmente, se arrojó sobre su camastro, hundió la cabeza en la almohada y lloró amargamente. Aquel soldado, según reconocería más tarde, sólo había llorado dos veces en su vida. La primera vez fue junto a la tumba de su madre; la segunda, aquel día. Ese joven suboficial del ejército alemán era Adolf Hitler. Y según afirmaría, la caída del Reich fue la peor catástrofe que el mundo había conocido. Desde entonces solo tuvo un propósito: devolver al Reich el esplendor perdido. La catástrofe que asoló Europa después es de todos conocida.

Del fracaso del comunismo al ‘todo por la pasta’

Salvando las distancias, una situación muy similar tuvo lugar en 1989: fue con la caída del Muro de Berlín y el colapso del Imperio Soviético. Trauma histórico que, al gusto de los nuevos tiempos, no impactó en una mente solitaria y enfermiza sino en otra colectiva: la de los llamados intelectuales de izquierdas, que súbitamente se vieron a los pies de los caballos, abrumados por un mundo posmoderno que proclamaba eufórico el final de la Historia; es decir, el acabóse de las utopías.

En efecto. Para los irreductibles apóstatas del marxismo, al igual que le sucedió al joven Hitler tras la caída del II Reich, la ‘derrota’ del comunismo fue algo tan terrible como inaceptable. Sin embargo, no vertieron ni una lágrima, si acaso tuvieron que superar un breve periodo de desconcierto. Pero pronto se juramentaron para renacer de sus cenizas.

Sin embargo, no les movió el idealismo. En realidad su labor proselitista se había convertido en su sustento, en su forma de vida. Y su angustia era evidente: tras el cataclismo soviético, ¿quién iba a sostener a los adalides de una ideología fracasada de manera tan estrepitosa? ¿Cómo iban a prosperar ahora sus clérigos si los estados mecenas habían colapsado y las sociedades occidentales les identificaban como vestigios inservibles de una época finiquitada?  

Así, ante la arrolladora marcha triunfal de Occidente, los irreductibles proselitistas adoptaron un perfil bajo. Se enquistaron en sectores claves del Estado, donde pusieron a punto organizaciones informales con las que aprovechar el efecto arrastre de un previsible cambio de ciclo. Y, a salvo de las tribulaciones materiales del común, se dedicaron a reescribir la Historia y a engatusar a las nuevas generaciones, conocedores de que la lucha del hombre contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido.

Afortunadamente para ellos, y desgraciadamente par el resto, el llamado ‘mundo libre’, dispensado de la necesidad de ejemplaridad y, en apariencia, a salvo de amenazas inmediatas, se instaló en una peligrosa zona de confort. Y rendido al ‘todo por la pasta’, lejos de perfeccionar la democracia como sistema de gobierno, abrió definitivamente la puerta a los Estados corporativos; sistemas de acceso restringido que, controlados por grupos de interés, son propensos a los colapsos económicos. Camino de perdición que tarde o temprano habría de conducir a las democracias occidentales a una nueva encrucijada: regeneración o populismo.

Del ‘todo por la pasta’ al romanticismo justiciero

Sin embargo, lo realmente peligroso no es esa súper clase, esa élite intelectual que se adhiere a la utopía como una rémora, tal y como las actuales élites extractivas se aferran al falso pragmatismo para forrarse a costa del Estado  –Casta y Costra, las dos caras de una misma moneda–. Y tampoco que de entre aquellos que se apacientan de ese intangible que llaman ‘lo público’ emerja cada cierto tiempo algún ungido que, con el plato de garbanzos asegurado, se siente predestinado a hacer felices a las personas, aunque sea a la fuerza, como es el caso de Pablo Iglesias Turrión (Madrid, 1978) o, mejor dicho, de ese triunvirato de césares que son el tal Pablo, Íñigo Errejón Galván (Madrid, 1983) y Juan Carlos Monedero Fernández-Gala (Madrid, 1963), todos profesores de Ciencias Políticas y, por ende, aspirantes a políticos profesionales que, agrupados bajo la marca paraguas Podemos, exacerban el romanticismo justiciero del ‘pueblo’.

Como digo, nada de eso es lo que más debería preocuparnos a quienes defendemos la causa de la libertad contra oligarcas y dogmáticos; contra Casta y Costra (si dejamos al margen, claro está, que mientras ambas facciones tienen acceso a los cañones de los ‘mass media’, el resto vamos a la guerra con un palo).  Lo que debe alarmarnos es que muchas personas corrientes sigan queriendo la luna. Y que en los momentos de desesperación la deseen aún con más vehemencia. Porque los totalitarios siempre se la prometen.

En cualquier caso, sea cual sea el plan de los neocomunistas, lo que sabemos es que éstos, siguiendo la tradición, son ante todo oportunistas. Necesitan pues que la corrupción progrese y que quienes manejan los resortes del poder, ciegos, sordos y mudos, se muestren tan estúpidos como avariciosos y crueles. Y es que, tal y como advirtió Albert Camus, “la tiranía totalitaria no se edifica sobre las virtudes de los totalitarios sino sobre las faltas de los demócratas”.

Y en ese camino de perdición estamos, cumpliendo el guión hasta la última coma. Demasiadas faltas cometidas y, lo que es peor, ninguna voluntad de enmendarlas por parte de quienes aún tienen la sartén por el mango. Muy al contrario, es tal su cerrazón que el régimen nacido en 1978 parece irremediablemente condenado a emular a Calígula: “Hasta ahora mi reinado ha sido demasiado feliz. Ni peste universal, ni religión cruel, ni siquiera un golpe de Estado; en una palabra, nada que pueda haceros pasar a la posteridad. En parte por eso, sabéis, trato de compensar la prudencia del destino. Quiero decir... no sé si me habéis comprendido, en fin, yo reemplazo a la peste.


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