Game Over

Pastoral socialdemócrata

Este año, o quizá el que viene, dependiendo del calendario de estrenos en España, estamos a priori de enhorabuena, la novela Pastoral americana, del escritor Philip Roth (Nueva Jersey, 1933) ha sido adaptada al cine. Lo que servirá, es de suponer, para hacer llegar al gran público no sólo una historia inquietante, poderosa, sino una metáfora sobre el brusco cambio generacional que tuvo lugar en Estados Unidos en los 60 y que, a pesar del tiempo transcurrido, contiene claves fundamentales del presente. Y es que Pastoral americana es una constante pregunta sobre una de las grandes incógnitas sociológicas de la modernidad: ¿Qué sucedió para que, de una generación a otra, se produjera un cambio de valores tan radical? ¿Por qué los hijos más amados, mejor cuidados y educados de la historia de Estados Unidos se revolvieron contra sus padres de forma tan vehemente?

¿Por qué los hijos más amados, mejor cuidados y educados de la historia de Estados Unidos se revolvieron contra sus padres de forma tan vehemente?

En Pastoral americana, el protagonista, Seymour Levov, encarna el sueño americano. Atractivo, ex atleta universitario, ex marine y empresario, tiene una vida de ensueño que se ha ganado a pulso y cuya guinda es la bella Dawn, Miss New Jersey, con quien contrae matrimonio. Ambos, Seymor y Dawn forman una pareja perfecta según los cánones de la época y tienen una hija, Merry, a la que procuran dar todo su cariño y educar correctamente. Sin embargo, cuando Merry crece, reniega de ellos, huye de casa y recala en una organización subversiva donde termina involucrada en un atentado terrorista. Desde ese momento, la idílica vida de Seymour Levov empezará a desmoronarse. Incapaz de pensar en sí mismo, como sus amigos le aconsejan, se lanza a una búsqueda desesperada. Y, en su empeño por recuperar a su hija, se adentra en un mundo extraño donde es arrollado por el egoísmo atroz de sus personajes.

Pastoral Americana es más que una historia sobre un conflicto generacional. Es un relato lleno de aristas, de jugosas ramificaciones, que se adentra en esa fractura de la sociedad norteamericana que se gestó durante el periodo que va de los años 50 a los 60. Así, por un lado están los personajes que aceptan su naturaleza inmanente, y confían sus decisiones a unos valores intemporales que se heredan de padres a hijos, y por otro quienes tienen una visión trascendente de sí mismos y ven en esos valores un obstáculo para la consecución de sus fines. Para los primeros, el ser humano moderno, pese a los conflictos y contradicciones que se vislumbran, debe conservar su inocencia y no entrar en contradicción con su propia naturaleza. Para los segundos, el sueño americano se ha revelado como una peligrosa farsa, donde la inocencia es en realidad hipocresía. Y, por tanto, se hace necesaria una planificación social que limite la autonomía del individuo. Así, para la nueva generación, aunque sus padres hayan demostrado una conducta intachable y una bondad a toda prueba, son culpables de contemporizar con la farsa. Y por eso los detestan.

Hay quienes ven en Pastoral americana una crítica sin paliativos al llamado "sueño americano". Otros piensan que es justamente lo contrario. Y, cómo no, hay quienes se quedan en un nconfortable término medio. Sea como fuere, lo interesante son las dos visiones antagónicas que Roth explicita a través de sus personajes; dos formas de entender la vida condenadas a colisionar una contra otra. Y aunque el choque se desencadenó con la Guerra de Vietnam, aquel conflicto bélico no fuemás que el catalizador de una reacción que llevaba años gestándose.

No sólo las personas dejaron de comprender las reglas que regían el mundo sino que terminaron perdiendo el control sobre sus propias vidas

El choque generacional sobre el que Roth construye su argumento fue en realidad tan desigual que ni siquiera los bandos utilizaron las mismas armas. Mientras la vieja generación se mantuvo fiel a su visión filosófica, la nueva esgrimió como arma definitiva las nuevas ciencias sociales, y redujeron el conflicto a un análisis que, oportunamente, se situaba fuera del alcance de la filosofía. Así pues, el resultado de la contienda estaba decidido antes de que comenzara: los jóvenes vencerían y los padres serían derrotados. Podría decirse que el choque derivó en el enfrentamiento entre una tropa de nobles pero anacrónicos guerreros a caballo y una división de modernos carros blindados guiados por satélite.

El shock fue tremendo, tanto por la virulencia como por lo inesperado del choque. Pero las consecuencias serían aún mayores con el paso del tiempo, porque unas décadas más tarde el mundo dejó de ser comprensible para el ciudadano corriente; es decir, no sólo las personas dejaron de comprender las reglas que regían el mundo sino que terminaron perdiendo el control sobre sus propias vidas. Y hoy, por más que formalmente el pueblo siga eligiendo a los gobernantes, lo cierto es que la política se ha convertido en algo extraordinariamente complejo, tan incomprensible como frustrante para las personas corrientes.  

Se explicaría así, a día de hoy, que los debates fundamentales, los que acaparan los focos no surjan de las inquietudes del ciudadano sino de la agenda de unas élites intelectuales, de unos grupos de interés que definen los objetivos a los que debe aspirar la sociedad como un todo, tal cual es, por ejemplo, esa igualdad que, de un tiempo a esta parte, se ha convertido en un ideal irrenunciable, en el Santo Grial del siglo XXI. Y sobre el que un ejército de politólogos y economistas proyectan el nuevo mundo, provistos de impresionantes arsenales de datos, estadísticas y teorías que corroboran, según ellos, la necesidad de aplicar políticas sociales cada vez más sofisticadas y expeditivas. Sin embargo, ninguno se plantea desde un punto de vista filosófico si tal ideal es óptimo, si de verdad la clave de ese mundo mejor está en que todos los hombres sean iguales y que esté mal visto en el futuro que alguien pueda alcanzar un bienestar por encima de la media. Como tampoco parece preocupar a nadie qué será de la humanidad si a las personas se les priva de incentivos y, a cambio, además de imponerles una solidaridad forzosa, se desactiva el binomio libertad-responsabilidad de manera permanente. Tal vez la clave no esté en que todos seamos iguales, o que todos tengamos lo mismo, sino en que cualquiera pueda aspirar a tener lo suficiente. Quizá también la felicidad sea un ideal imposible de alcanzar de forma colectiva porque cada persona lo interpreta de manera diferente o, al menos, con demasiados matices. Y si esto es así, por más que se demostrara que es posible un reparto más equitativo, convendría preguntarse hasta qué punto es ético imponer el mismo ideal a todo el mundo.  

Podria suceder que quienes ven el mundo como un problema, como algo que debe ser domeñado mediante la forzosa acción colectiva, son los que pecan de infantilismo 

Quizá para muchos, Seymour Levov, con su honradez, su sentido de la responsabilidad y su sencillo sistema de valores, encarna la ingenuidad e, incluso, un cierto infantilismo, mientras que sus antagónicos simbolizan con incontestable realismo un mundo complejo y pavoroso. Pero, en opinión de quien escribe, podría ser justamente al revés. Podria suceder que quienes ven el mundo como un problema, como algo que debe ser domeñado mediante la forzosa acción colectiva, son los que pecan de infantilismo. Y quizá por eso, para que no se desvele su secreto, necesitan que los Seymour Levov de este mundo desaparezcan para siempre.


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