Game Over

Pablo Iglesias que estás en los cielos

“Ha llegado la hora de decir basta a tanto golfo y a tanta golfería consentida”. Lo escribía el pasado domingo el director de este medio, a propósito del enésimo expolio de nombre “El Castor”, proyecto fallido, tan genial como innecesario, que nos va a costar la friolera de 1.300 millones de euros que ­–¡oh, sorpresa!– se elevarán a 4.731 millones tras aplicarse un interés anual del 4,27% durante tres décadas.

Sí, hay que poner pie en pared y decir que hasta aquí hemos llegado. De eso no hay ninguna duda. Sin embargo, ocurre que no hay pared, que no hay donde apoyarse. De pronto, hemos mirado a nuestra espalda y no hemos visto ni muro de contención, ni una miserable empalizada, ni siquiera una zanja excavada en el suelo que pueda hacer las veces de trinchera. Solo tierra yerma que termina en un abrupto acantilado. Y así estamos, entre el cabreo y el ataque de pánico. Mezcla explosiva que sigue agitando esa vieja “coalición gobernante”, incapaz de controlar sus propias inercias. 

Ni Transición modélica, ni democracia, ni representación, ni controles, ni contrapesos. Todo lo más un régimen de libertades y derechos de plástico y una carta otorgada llena de inconcreciones y agujeros a medida

Nada era lo que parecía y mucho menos como nos lo habían contado. Ni Transición modélica, ni democracia, ni representación, ni controles, ni contrapesos. Todo lo más un régimen de libertades y derechos de plástico y una carta otorgada llena de inconcreciones y agujeros a medida. 40 años de “coalición gobernante” a palo seco, investida de una legitimidad para la que en realidad nunca hubo alternativa. En definitiva, un sistema de acceso restringido, a la política y a la economía, donde las rentas no competitivas ha fluido como un maná inagotable, y aún lo siguen haciendo en tiempo de descuento, a favor de castores, ratas y mofetas.

Ocho años de agonía, que se dice pronto, son los que llevamos desde que sonó el silbato, anunciando el final del partido, y empezamos a ser conscientes de la paliza que llevábamos en el cuerpo. Ocho años de mirar al cielo, de cruzar los dedos, de votar con la nariz tapada esperando el milagro, mientras los “suyos” y los “nuestros” se ponían de acuerdo para enterrar los mil y un desaguisados con paletadas de deuda y leyes a medida. Era eso o el colapso, nos decían. Y en gran parte era cierto. Había que elegir entre la prolongación de la mentira o el shock definitivo que podría hacernos despertar y comprender que había algo intrínsecamente ineficiente en nuestro modelo político, un mal de fondo que la “teoría” del puñado de malvados contra la tropa de ingenuos no era capaz de explicar.

Para nuestra desgracia, en la vida real los desastres no se consuman ni con la claridad ni con la rapidez propias del cine de catástrofes. Ocurren de forma enrevesada y a cámara lenta, tan despacio que es muy difícil percatarse de que el terremoto no sucederá mañana, ni pasado mañana, sino que ya está sucediendo. Y a esa velocidad a la que crecen las plantas, imperceptible para el ojo humano, el régimen de 1978 ha ido descomponiéndose, pero también mutando, dispuesto a ofrecernos una última versión de sí mismo, la más sutil y perversa de todas, en tanto en cuanto quiere erigirse en utopía sin renunciar a su rasgo más característico: los abusos del Poder.

 “Política ordinaria” contra “política constitucional”

Decía Pericles que el Estado Democrático debe aplicarse a servir a la mayoría y procurar a todos la igualdad ante la ley. Pero que también debe protegerse contra el egoísmo y proteger al individuo contra la arbitrariedad del Estado. Porque la Democracia, más que un sistema de poder, es un sistema de control del poder. Y así es, la Democracia no solo se trata de aglutinar mayorías, sino de definir reglas del juego, dibujar claras líneas rojas y articular controles y contrapesos que limiten el ejercicio del poder y eviten el abuso de los gobernantes: los del presente y los del futuro.

Desde este punto de vista, las promesas de nuevos subsidios, la reestructuración de la deuda, la vigilancia de los medios de información, el referéndum sobre la permanencia de España en la OTAN, la expropiación de empresas de sectores estratégicos, la creación de una banca pública, la eliminación de las subvenciones a los centros de educación privados en beneficio de los centros de educación públicos, etc. no son más que medidas finalistas propias de la “política ordinaria”, donde la ideología tiene su terreno de juego natural.

Sin embargo, el origen de nuestros graves problemas poco tiene que ver con esa “política ordinaria y sí con una pésima “política constitucional”, y el consiguiente desbordamiento del marco constitucional por parte de las organizaciones informales sobre los que los ciudadanos no tenemos prácticamente ningún control.

La salida que los españoles necesitamos no vendrá nunca de esa “política ordinaria”, donde la ideología es un factor importante, sino de una correcta “política constitucional”

Y es que la salida que los españoles necesitamos no vendrá nunca de esa “política ordinaria”, donde la ideología es un factor importante, sino de una correcta “política constitucional” que, mediante un acuerdo transversal, establezca la separación y el equilibrio de poderes, los controles mutuos, la representación eficaz de los ciudadanos y los mecanismos de selección adecuados de los gobernantes. En definitiva, una Constitución clara y concisa que evite la confusión entre lo público y los intereses privados, elimine los privilegios, garantizando unas instituciones neutrales, e instaure la independencia de la justicia 

Pese a todo, muchos insisten en que decirles estas verdades del barquero a Pablo Iglesias y criticar a su reluciente y recién estrenada máquina de poder, que es Podemos, y a la que en breve habrá que añadir el sindicato Somos, es situarse del lado de “la Casta”. Porque hay que escoger entre seguir gobernados por incompetentes y corruptos o sumarnos a los únicos que pueden darles la patada. “O estás con nosotros o estás contra nosotros”, parecen decir. Como si no se pudiera ir contra todos, si la razón así lo aconsejase.

Sin embargo, además de que verse obligado a escoger entre dos únicas cartas (la “Casta” o Podemos) recuerda demasiado al viejo dogma bipartidista de elegir el mal menor, no veo qué sentido tiene apoyar a quienes en realidad no van a enterrar el viejo régimen sino que pretenden aprovechar su decaimiento y sus ineficiencias para gobernar, anteponiendo siempre su ideología e intereses de grupo a la imprescindible salvaguarda de la libertad. 


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