Game Over

Pablo Iglesias y la apoteosis del régimen

Hace ya algunos años, un periodista, hoy caído en desgracia, me contaba una breve anécdota. Durante un ágape al que asistían políticos y periodistas, conversaba con el presidente de una comunidad autónoma cuando súbitamente el político, molesto por alguna razón, decidió poner fin a la conversación diciéndole: “Fulano, tu problema es que eres demasiado honrado”. Luego sonrió y se marchó.

Aquella frase podría interpretarse de muchas maneras, no todas tremendas, desde luego. Sin embargo, aun la interpretación más banal deja entrever una realidad tan oscura como el fondo de esa frase. Y es que, en España, quien más y quien menos ha de calcular constantemente hasta qué punto le conviene ser honrado. Porque la honradez hace tiempo que dejó de ser un valor absoluto y sus supuestos beneficios suelen mutarse en graves perjuicios.

Reconozcámoslo, la honradez es una virtud que se ha vuelto demasiado cara y que, en todo caso, exigimos a los demás

En efecto, tal es el estado de cosas en España que la expresión “demasiado honrado”, además de ser una etiqueta que puede acarrearnos el exilio forzoso a ese universo alternativo donde vagan los marginados, evidencia una terrible realidad: que hacer lo correcto es demasiadas veces contraproducente. De hecho, por más que el hombre de la calle se rasgue las vestiduras cada vez que tiene noticia de un caso de corrupción, lo cierto es que en su esfera privada también opta por no ser "demasiado honrado" porque puede suponerle perder un suculento contrato, renunciar a una ganancia económica o a un reconocimiento social. Así que reconozcámoslo, la honradez es una virtud que se ha vuelto demasiado cara y que en todo caso exigimos a los demás.

¿Quién quiere un gobierno honrado?

Puestos a hablar de la honradez, imaginemos por un momento que en España se produjera un milagro y accediera al poder una persona cabal, absolutamente honrada y con un profundo sentido del deber. Y que ésta eligiera a sus ministros en base a su mérito y competencia, y no por su servilismo, y formara un gobierno racional, eficiente y dispuesto a conseguir grandes logros a largo plazo aun a costa de exigir sacrificios a corto.

Imaginemos ahora que tal gobierno, en el ejercicio de sus funciones, se viera en la obligación de advertirnos que el “invierno demográfico” hace inviable el actual sistema de pensiones y que, en consecuencia, las jubilaciones tienen o bien que reducirse a la mitad o bien duplicarse las aportaciones o bien reformar radicalmente el sistema, y que además nuestro Estado de bienestar necesita un ajuste porque, una vez erradicada la corrupción y acorralados los defraudadores, sigue siendo ineficiente y demasiado gravoso. 

¿Qué opinión merecería ese gobierno para los diferentes y virtuosos colectivos que se integran dentro del llamado Estado de bienestar, y también para sus “clientes” (los ciudadanos), una vez se vieran todos en la tesitura de tener que asumir sacrificios? ¿Cuántos verían con buenos ojos ese ejercicio de honradez y responsabilidad? En definitiva, ¿estaría dispuesta la sociedad en su conjunto a acompañar a los gobernantes en ese viaje hacia la sacrificada honradez? Evidentemente no. Ese gobierno imaginario tendría los días contados.

De mal en peor

Es cierto que estamos en manos de personajes entre abyectos e incompetentes. Pero conviene recordar que Roma no se destruyó en un día, y menos aún sin contar con el valioso concurso de los propios romanos. Son demasiados años dando por bueno que las instituciones podían ser suplantadas por los partidos políticos (y más concretamente por un puñado de jefes), que las leyes eran de quita y pon; y que las elecciones generales no eran más que grandes transacciones económicas que debían reportarnos pingües beneficios, aunque luego todo nos saliera mal.

Jamás hemos exigido a los gobernantes que hicieran lo correcto sino aquello que nos favorecía. Les pedíamos que especularan en nuestro beneficio aún a costa de generar burbujas políticas que tarde o temprano estallarían

Jamás hemos exigido a los gobernantes que hicieran lo correcto sino aquello que nos favorecía. Les pedíamos que especularan en nuestro beneficio aún a costa de generar burbujas políticas que tarde o temprano estallarían. Y al final, cuando la realidad se ha manifestado en toda su crudeza, cuando la corrupción lo salpica todo y la honradez brilla por su ausencia, nos afiliamos a las teorías milagrosas para que cada grave problema tenga una fácil solución. Si no hay dinero, se imprime; si no hay trabajo, el Estado lo crea; si nos empobrecemos, redistribuimos; y si la deuda pública es odiosa –¿acaso hay alguna deuda que no lo sea?–, no pagamos.  

Muy pronto hemos olvidado que llegamos a poner de presidente a un personaje de la estatura política de Rodríguez Zapatero, porque estábamos tan convencidos de que los peces crecían en los árboles que confundimos voluntariamente la incompetencia con el genio. No contentos con ello, sustituimos al inefable José Luis por un personaje tan gris, tan corto de miras, tan inane, como Mariano Rajoy, porque nos urgía ir de pragmáticos por la vida o quizá porque nos hacía falta un enterrador. ¿Qué ocurrencia vendrá a continuación? Para saberlo, bastaría con mirarnos en el espejo de las crisis institucionales de América Latina de finales del siglo XX, tan estudiadas y sin embargo tan poco sabidas.

Que a las puertas de palacio se encaramen las hordas de Podemos, con Pablo Iglesias en el papel de Jesucristo Superstar, dispuesto a expulsar a los mercaderes del templo, no es lo más preocupante

El final o el principio, según se mire

Que los partidos tradicionales hayan degenerado en organizaciones de malhechores, que el independentismo catalán, hasta ayer marginal, gane adeptos rápidamente sin que nadie le ponga remedio o que a las puertas de palacio se encaramen las hordas de Podemos, con Pablo Iglesias en el papel de Jesucristo Superstar, dispuesto a expulsar a los mercaderes del templo, no es lo más preocupante, puesto que son consecuencias lógicas de un modelo político en el que las instituciones eran artefactos huecos e inservibles al servicio de un puñado de jefes de partido. Lo que sí debería preocuparnos y mucho es que los españoles no seamos capaces de llegar a convenciones estrictamente democráticas y libres de prejuicios ideológicos. Porque gracias a esta terrible incapacidad las reglas del juego seguirán siendo arbitrarias y tramposas, de tal suerte que quienes mañana “asalten el cielo” podrán meter la mano en nuestro bolsillo como hacen los demás. Incluso es muy posible que la ausencia de líneas rojas les anime a inmiscuirse en el ámbito privado de las personas, a decirles lo que deben hacer, decir y pensar. Y a lo mejor no asistimos al final del régimen sino a su apoteosis. Eso sí, será nuestra elección… una vez más.


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