Game Over

El PP como tragedia

“Confío en el futuro de España”. Así, según informaba Raul Pozo en este medio, Carlos Slim, la segunda mayor fortuna del mundo, celebraba su entrada en el capital del Grupo FCC en calidad de primer accionista. Por el módico precio de 650 millones de euros, el sagaz “emprendedor” mexicano se aseguraba, una vez se consume la ampliación de capital prevista, el 25,6% del centenario grupo de construcción y servicios español con sede social en Barcelona.

Dos años antes, Slim ya había entrado en el accionariado de CaixaBank, a través de Criteria. Y poco después, proporcionó un oportuno balón de oxígeno a Isidro Fainé con la compra de 439 inmuebles al banco por importe de 428,2 millones de euros, lo que generó a la antigua Caja unas plusvalías de 212 millones en un momento en el que la liquidez era crítica. Gesto que Fainé quiso agradecer de palabra: “La química con Slim no puede ser mejor; la relación de confianza es muy profunda y muy amplia”. Sin embargo, detrás de esa “relación de confianza” estaba la posibilidad de acercarse a Telefónica, su principal competidor en América.

Hoy, puesto que las ambiciosas pretensiones del magnate mexicano parecen no llegar a buen puerto, se le ha proporcionado la oportunidad de participar en otras empresas españolas, cuya proyección tiene mucho más recorrido que el que hoy reflejan los libros.

Paso a paso, no sin algunas dificultades y no pocos resquemores, Slim va construyendo en España una réplica en miniatura de su particular imperio mexicano

Así, paso a paso, no sin algunas dificultades y no pocos resquemores, Slim va construyendo en España una réplica en miniatura de su particular imperio mexicano, evitando cuidadosamente aquellos sectores de mayor riesgo, y decantándose por otros mucho más seguros, en tanto que, dependientes del favor político, suelen dar buenos réditos.

Y es que, desde que su aventura en Estados Unidos terminó abruptamente en los tribunales de Dallas con una multa de 454 millones de dólares, todo lo que huela a competencia provoca en el magnate mexicano una reacción alérgica, lo cual, hay que decir, no le ha disuadido de adquirir el 17% de las acciones de The New York Times, quizá porque piensa que ser accionista de referencia de un gran medio de información le servirá para que, en el futuro, el correoso legislador yankee se lo piense dos veces antes de aguarle la fiesta.

Es de preocupar que quien tuvo que salir con el rabo entre las piernas de los EE.UU., porque, pese a todos lo males que aquejan a la democracia norteamericana, allí saltarse la reglas no es ninguna menudencia, termine recalando en España. Y que, además, lo haga en sectores tan dependientes del poder político como son el inmobiliario, el de las infraestructuras y servicios y el financiero.

Sea como fuere, no parece que este Rey Midas haya desembarcado en España para crear riqueza y ser el revulsivo contra la molicie de una élite empresarial acostumbrada a hacer negocios siempre con el viento de cara, sino que habría venido, como todos los que llegan de la mano de una élite que a la que huele el dinero se tira en plancha, atraído por el suculento pastel de las rentas no competitivas. 

Sirva el caso de Carlos Slim para poner en evidencia que aquel viejo modelo económico, que nos dejó a los pies de los caballos cuando estalló la burbuja inmobiliaria, el del pelotazo, sigue estando vigente

Sirva el caso de Carlos Slim para poner en evidencia que aquel viejo modelo económico, que nos dejó a los pies de los caballos cuando estalló la burbuja inmobiliaria, el del pelotazo, sigue estando vigente. Y que Mariano Rajoy, por más que diga lo contrario, se ha guardado mucho de tocarlo, porque este registrador de la propiedad con ínfulas de hombre de Estado sabe muy bien que reformar España a fondo, tal cual es necesario, implicaría desmontar el corralito económico. Pero entonces sí que iban a rodar cabezas. La primera, la suya.

Por eso, las rentas no competitivas continúan siendo el pilar de los grandes negocios y efecto llamada para una tropa de inversores perfectamente prescindibles. Por el contrario o, mejor dicho, como consecuencia de esta deliberada anomalía, España es la nación de Europa, y casi del mundo, donde más difícil es para las personas corrientes no ya constituir una empresa o darse de alta en cualquier actividad económica, sino sacar a delante un proyecto y hacerlo crecer en el tiempo si que le cueste a uno la hacienda y la vida.

Para el modesto emprendedor, todo son impuestos, regulaciones, sanciones y normas, muchas de ellas imposibles de cumplir de puro contradictorias y absurdas, tal cual es, por ejemplo, tener que insonorizar una escuela de yoga u obligar a una bodega perdida en medio del campo a pagar un informe sobre el impacto luminoso en el cielo nocturno. Sin embargo, para el magnate que sabe ser generoso con quienes le allanan el camino, todo son alfombras rojas y trámites informalmente abreviados.

Es en esta maliciosa asimetría, que impide adrede generar un tejido empresarial diverso, mucho más competitivo y sofisticado, donde está el origen de nuestro elevadísimo paro, el empleo precario, poco cualificado y mal remunerado, y, también, ese triste ir y venir, según salga el Sol o se ponga, de la economía sumergida a la prohibitiva legalidad y viceversa. Es el nuestro un ecosistema letal que ha convertido a la Corrupción en la única institución vigente. Y a la economía, en un muro infranqueable, en cuyo portalón de entrada Rajoy y los suyos hacen las veces de rodete. 

Decía Max Weber que los valores no se pueden demostrar, sino solo mostrar. Que defenderlos desde la retórica implica falsearlos. Y que solo podemos manifestarlos en nuestra forma de ser y actuar

Decía Max Weber que los valores no se pueden demostrar, sino solo mostrar. Que defenderlos desde la retórica implica falsearlos. Y que solo podemos manifestarlos en nuestra forma de ser y actuar, con nuestras decisiones cotidianas. Sin embargo, para el Partido Popular, los valores solo existen en los discursos enlatados, en esa retórica infantil y vacua de la que echan mano cuando, al fin, se ven perdidos. Pero, en la práctica, mercadean con todo, desde la millonaria concesión y obra pública, hasta el suministro de bombillas de bajo consumo; desde un escaño en el Congreso, hasta la última concejalía en una ciudad de segunda.

Y es que esta organización, que pasa por partido político, todo lo administra, en todo media y a todo le pone un precio; sea el pago en dinero o en especie, al momento o en diferido, mediante el servilismo descarnado o el voto de silencio. Por ello, el Partido Popular de Mariano Rajoy es algo mucho peor que ese perro del hortelano, que ni come ni deja comer. Es la ley de hierro de la oligarquía devenida en hojalata, la guardia de corps de los amos del dinero fuera de control, un inoportuna escollera de escombros que cierra el paso a una España moderna y próspera, capaz de salir de la crisis por sus propios medios, sin necesidad de grandes pelotazos ni empresarios de postín. 


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