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1621-2015: de Olivares a Soraya

En 1621, con la llegada al poder de Olivares, se instauró en Madrid un activismo sin precedentes que se prolongaría durante las décadas de 1620 y 1630. El objetivo era devolver a España a la primera línea internacional y afrontar con éxito los desafíos de la guerra con Holanda y su propagación a Alemania. A tal fin, el conde-duque se propuso realizar reformas radicales en el estado de Castilla y del conjunto de la monarquía española, tanto en las instituciones como en las actitudes mentales, pues sabía que el éxito de sus propósitos dependía de unas bases políticas y económicas sólidas de las que España carecía, de ahí su empeño reformista.

El reformismo de Olivares no fue inspiración propia sino consecuencia de un movimiento general europeo que estaba transformando la naturaleza y papel del Estado

En realidad, el reformismo de Olivares no fue inspiración propia sino consecuencia de un movimiento general europeo que estaba transformando la naturaleza y papel del Estado. Así, hubo impulsos semejantes en la Francia de Richelieu y, aunque en menor medida, también en la Inglaterra de Carlos I. Se trataba, en definitiva, de una corriente de maximización del poder del Estado, cuyo fin era asegurar la preponderancia en el plano internacional de los diferentes reinos que, agrupados bajo ese nuevo paraguas, aspiraban a ampliar y asegurar sus dominios.

Es sabido que Olivares, pese a que logró durante un tiempo insuflar al conjunto de los territorios de la Corona un cierto dinamismo, finalmente fracasó al tener que recurrir por la fuerza de las circunstancias a una Castilla envejecida y debilitada y a un nacionalismo castellano ya por entonces devenido en mesiánico. Fue quizá en ese momento cuando España perdió el tren de la historia.

Atrapada en la maraña de las supersticiones religiosas, las corruptelas, las disputas internas y la fuerza centrífuga de regionalismos irreconciliables, España fue incapaz de aglutinar esfuerzos. Y pronto se vio superada por naciones que supieron adaptarse al nuevo concepto de Estado y usarlo como instrumento con el que organizar y acrecentar sus fuerzas.

Nación de penitentes

Para explicar este declinar imparable, durante mucho tiempo se recurrió a razones exclusivamente morales e incluso a explicaciones divinas. Así, en 1626, Juan Pablo Mártir Rizo escribió que “los imperios facilmente se conservan con las costumbres que al principio se adquirieron, mas quando la ociosidad en lugar de la fatiga, la luxuria por la continencia, y la soberbia en vez de la justicia cobrar bríos, la fortuna y las costumbres se mudan. Y entonces los imperios se deshacen”.  O el propio rey Felipe IV, que se lamentaba de la caída en 1629 de Hertogenbosch y Wesel en manos de los holandeses con estas palabras: “Juzgo que está enojado Dios nuestro señor contra mí y contra mis reinos por nuestros pecados y en particular los míos”.

El corolario fue que España había disgustado a Dios y estaba pagando por sus pecados. Y esta relación directa entre inmoralidad y fracaso se trasladó a los dirigentes

En general, el corolario fue que España había disgustado a Dios y estaba pagando por sus pecados. Y esta relación directa entre inmoralidad y fracaso se trasladó a los dirigentes, quienes desde siempre se habían considerado responsables exclusivos de los éxitos y las debacles políticas y militares, quedando la sociedad en el papel de convidada de piedra y excluida de cualquier juicio.

Puesto que, tal y como se creía, el problema era la debilidad moral de los dirigentes, la solución se limitó a intentar regenerar la Corte. Y más concretamente a los individuos que la componían, dejando al margen las instituciones y, en lo sustancial, la organización política y económica. Todo ello, lejos de resolver los problemas, derivó en un recalcitrante puritanismo enemigo acérrimo de “lo nuevo” y, lo que resultó aún peor, antagónico a la racionalidad que se imponía en Europa.

La crisis del miedo

Hoy, ante el evidente agotamiento del modelo político, de forma similar a entonces, millones de compatriotas hacen juicios morales inspirados en esa relación directa entre pecado y castigo, como si nunca hubieran dejado de ser el hombre del subsuelo creado por Dostoievski. Claman por la renovación de la Corte y exigen toda suerte de proteccionismos, desde el económico, pasando por el territorial –ese renacer de los gobiernos nacionales para que se interpongan entre ellos y las transformaciones globales–, hasta recalar en el proteccionismo social con el que el Estado se cierra sobre sí mismo, y sobre nuestras cabezas, en una ceremonia de derechos fundamentales. Incluso, a poco que se les alienta, llegan a creer que es posible detener el reloj de la historia y evitar que todo aquello que creían sólido, garantizado, pueda deteriorarse con el paso de los años.

El desmoronamiento como castigo es solo un espejismo, una sensación óptica. No existe, aunque George Packer lo haya relatado hermosamente

Sin embargo, el desmoronamiento como castigo es solo un espejismo, una sensación óptica. No existe, aunque George Packer lo haya relatado hermosamente, a la medida de Estados Unidos, en su libro titulado, precisamente, El desmoronamiento (Ed. Debate 2015). Sí, las crisis existen. Y sí, son inevitables por más que intenten prevenirlas. Pero su prolongación y su, en ocasiones, extraordinaria profundidad son factores mucho más relacionados con la resistencia a los cambios de la clase política y, por ende, de las sociedades que con el dinero organizado.

La decrepitud no es una cuestión moral o divina, tampoco esa conspiración novelesca que los mensajeros del miedo hacen viral para agitar a los crédulos: es consecuencia de la resistencia numantina a los cambios, de esa obcecación en que lo viejo prevalezca, lo cual no hace sino dejar sus ruinas expuestas a las inclemencias del Tiempo. 

Pese a todo, la Historia nunca se repite. Para que eso sucediera, los nombres propios de los protagonistas habrían de ser los mismos. Y poco o nada tienen que ver, por ejemplo, Felipe IV y Felipe VI; Olivares y Soraya. Y menos aún los sufridos españoles de hace 400 años con los que hoy tiritan ante la más leve brisa. Lo que se repiten son los errores. Y lo que agrava las crisis es el rechazo a lo nuevo, a lo desconocido, a lo extraño. Es el miedo, en definitiva, lo que hace que las sociedades se paralicen y finalmente se desmoronen. 

Así pues, este 2015, que a priori se presenta como el año del cambio, tal vez sea el de la continuidad; es decir, el de la parálisis. ¿Qué otra cosa podrían estar anticipando unas televisiones tan entregadas a los partidos que no son ya otra cosa que el destartalado régimen adulándose a sí mismo? ¿Y esos políticos aventureros que aseguran podrán detener los engranajes que mueven el mundo capitalista una vez lleguen a la Moncloa? ¿O esos otros más moderados que prometen sacarnos del apuro cambiando los muebles de sitio y, acaso, entreabriendo alguna ventana?


Imagen: Batalla de Rocroi (1643) por Augusto Ferrer-Dalmau


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