Game Over

Odiar el Capitalismo, amar el Estado

“Una tierra seca, estéril y pobre: el 10% de su suelo no es más que un páramo rocoso; un 3%, pobre e improductivo; un 4%, medianamente fértil; sólo el 10% francamente rico. Una península separada del continente europeo por la barrera montañosa de los Pirineos, aislada, remota. Un país dividido en su interior mismo, partido por una elevada meseta central que se extiende desde los Pirineos hasta la costa meridional. Ningún centro natural, ninguna ruta fácil. Dividida, diversa, un complejo de razas, lenguas y civilizaciones distintas: eso era y es España”.

España sigue siendo en lo fundamental aquello que Elliott acertadamente expresaba en el prólogo de su libro: un país heterogéneo, geográficamente complicado y, sobre todo, pobre, muy pobre

Así daba comienzo John Huxtable Elliott a su libro La España Imperial (1469-1716). Esta cita, pese a que el libro de referencia se remonta en su primera edición (en inglés) al año 1963, sigue siendo en lo fundamental plenamente vigente. Por más que durante décadas se hayan derramado sobre esta vieja tierra decenas de miles de millones de euros en forma de líneas férreas de alta velocidad, y quién sabe si centenares de miles de millones en carreteras, autovías, autopistas, aeropuertos y puertos –todos, por su puesto, a través de la indómita maquinaria que llamamos Estado–, España sigue siendo en lo fundamental aquello que Elliott acertadamente expresaba en el primer párrafo del prólogo de su libro: un país heterogéneo o, si se prefiere, una nación –¿por qué no?– geográficamente complicada y, sobre todo, pobre, muy pobre.

Los españoles no hemos tenido la misma suerte que otras naciones. Y, a decir verdad, de un tiempo a esta parte tampoco parecemos estar dispuestos a buscarla. No hay bajo nuestro yermo suelo grandes reservas petrolíferas y de gas o yacimientos de minerales preciosos. Tampoco el campo es demasiado fértil y, por lo general, no proporciona abundantes cosechas, salvo que recurramos al riego intensivo y a los planes hidrológicos, cuyo simple esbozo genera de continuo enfrentamientos que sacan a relucir lo peor de cada casa. Nos queda, eso sí, el sol y la playa. Pero el turismo no es suficiente para una sociedad tan ávida de prebendas como la nuestra.

Siendo esta tierra tan poco afortunada en cuanto a recursos naturales, lo único que podría ayudarnos a vislumbrar un mañana prometedor sería que confiáramos en la creatividad, en el talento y en la capacidad de emprender, en ese espíritu de frontera que sirve para hacer de la necesidad virtud. Esa sería la convención lógica a la que llegaría sin vacilar cualquier sociedad en parecidas circunstancias y con un mínimo instinto de conservación. Pero lamentablemente, aquí no solo nos son adversos la orografía, el clima y la naturaleza, también lo son las mentes, o mejor dicho, lo es la mentalidad imperante; la administrativa y la inoculada individualmente:

"Yo recibo todo del Estado. ¿Puedo tener alguna cosa sin permiso del Estado? No, todo lo que podría obtener así, me lo arrebata advirtiendo que carezco de títulos de propiedad: todo lo que poseo lo debo a su clemencia…”

¿No son acaso las burbujas financieras el reverso de las otras burbujas, las de las demandas sociales infinitas que patrocinan los estados?

Por si esto no fuera ya suficiente desgracia, desde que la crisis financiera estalló, hemos desarrollado una aversión superlativa hacia el mundo financiero, el cual es también, mal que nos pese, el de los pequeños ahorradores (nosotros mismos, nuestros padres y abuelos). En efecto, hay un odio enfermizo hacia ese flujo de capitales sin fronteras que trae consigo la globalización y que, al decir de los nuevos predicadores, se ha constituido en un poderoso cuerpo de ejército que desafía la soberanía de las naciones, especialmente de las más corrompidas. Por el contrario, obviamos las mil y una ineficiencias de los estados de bienestar, como si no hubieran tenido nada que ver en el cebado de la bomba.

Hoy, incluso el término eficiencia, antaño muy estimado por las comunidades al estar íntimamente relacionado con la prosperidad y el progreso, ha devenido en tabú, en palabra enemiga de la democracia, porque ajustarnos a la realidad, nos dicen, atenta contra derechos que, sin ser fundamentales, fueron sacralizados en el altar del Estado providencia. Pero, ¿no es cierto, acaso, que ya antes de la crisis dedicábamos casi la mitad de nuestros ingresos a sufragar la maquinaria del bienestar, y que si manteníamos la ilusión de un nivel de vida aceptable era porque aún nos estaba permitido endeudarnos a un precio más que razonable? ¿No fueron precisamente los políticos y burócratas, con su prodigalidad interesada, los que nos llevaron –y con gusto nos dejamos llevar– a apoyarnos en el sistema financiero para mantener en pie la arcadia? En definitiva, ¿no son las burbujas financieras el fiel reflejo de las otras burbujas, las de las demandas sociales infinitas que patrocinan los estados?  

Que el sistema financiero internacional vitupera la soberanía de las naciones y somete a la esclavitud a sus ciudadanos es una verdad a medias o, mejor dicho, una mentira que aparenta ser verdad. No hay nada nuevo bajo el sol. Los criterios de solvencia y de credibilidad siempre han sido los mismos, poco más o menos. Lo que desde luego no es igual es el volumen de las deudas, la velocidad a la que hoy somos capaces de generarlas, a poco que el político de turno pierda los papeles, ni tampoco el nivel de derroche de los estados actuales.

Las peores barreras al progreso y a la prosperidad son internas, se encuentran dentro de los sistemas institucionales de los países, en las malas costumbres promocionadas y adquiridas, y también en esa forma de pensar pueril

Las peores barreras al progreso y a la prosperidad son internas, se encuentran dentro de los sistemas institucionales de los países, en las malas costumbres promocionadas y adquiridas, y también, como apuntábamos unas líneas más arriba, en esa forma de pensar pueril, según la cual por el solo hecho de nacer han de asegurarnos el sustento. Una mentalidad delirante que, ahora, azuzada por la urgencia e imbuida de un miedo irracional hacia el inevitable ajuste, nos empuja a la peligrosa pendiente de la regresión, es decir, la incivilización.

Viendo la evolución durante estos últimos años, no es descabellado aventurar que vamos camino de una nueva taxonomía en la que la jerarquía cambiará por completo y “igualdad” se antepondrá a la “libertad”. Si definitivamente tal cosa sucede, el número de prohibiciones, de trabas legales y administrativas, alcanzará tales cotas que la libertad desaparecerá por completo. ¿Qué será entonces de esta España intrínsecamente pobre?, ¿qué futuro será el nuestro si a la iniciativa individual, lejos de allanarle el camino, la declaramos proscrita?, ¿qué sucederá cuando hayamos expoliado el último patrimonio, la última renta?, ¿a quién vamos a canibalizar para mantener la mentira?


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